El Amor

Escribo desde la pensión de Otilia, en Sitges. Sobre la mesita azul con mantel de encaje donde tengo apoyado el ordenador hay un tomate, una tajada de queso manchego, una hogaza de pan casero, una cerveza a medio tomar, un yougurt, un Toblerone. Esto se llama pic-nic en mi cuarto y lo festejo porque adoro esta habitación, adoro esta mesa y su color azul, adoro la perfecta combinación del celeste y el blanco de la pared, adoro estar comiendo tan rico sólo por 3 euros con 85 céntimos y no necesitar nada más.

Partí esta mañana temprano a Barcelona como una autómata, como si no pudiera hacer otra cosa, dispuesta a hartarme –o por lo menos a intentar saciarme- de Gaudí. Es que de cuándo en cuándo –muy de vez en cuándo- alguien que aparece en escena nos da vuelta como un guante, nos estremece, nos conmueve y todo él –él quien sea- nos provoca entera sumisión. Enamorarse, le dicen. Hago un repaso rápido de mis grandísimos y frustrados amores: me enamoré perdidamente de Vargas Llosa a los quince o dieciséis y maldije no haber nacido peruana y no tener veinte años más para salir corriendo a buscarlo. Después fue Hemingway, el que ya tenía el pelo y la barba casi blanca y escribía que pescaba y recordaba amores en Islas en el Golfo, mientras fumaba habanos en algún lugar de Cuba. Pasaron años hasta que otro logró tocarme hondo una vez más: Rothko, impresionante desde las paredes del Whitney, me hizo llorar de gozo parada en la mitad de la sala, sin pañuelo y sin explicación. Ahora que saco la cuenta compruebo lo difícil que es enamorarse de verdad. Millones me han gustado, miles me han encandilado, pero lo que se dice amar… Ni siquiera García Márquez, Auster o Matisse, que me encantan, me provocan lo que me han provocado estos tres. Es que evidentemente lo que me enamora no es sólo la obra, sino el hombre que puede más que su obra, que la trasciende, que la supera con su intensa humanidad. Así me pasó con Gaudí. No más verlo in-situ, digo, ya no en foto sino con volumen, en una esquina del Paseo de Gracia llamándose La Pedrera y casi en frente, en la casa Battló, me enamoré. Hasta los tuétanos, lo juro. Automáticamente hice lo que había hecho las otras veces que el amor llamó a mi puerta: me puse a llorar. Yo siempre lloro, es cierto, pero este llorar de amor es bien distinto, lloro bajito, sin ruido, y las lágrimas como por arte de magia se me quedan ahí, gordísimas en las cuencas de mis ojos. El gran problema que surge en estos momentos es cómo conjurar tanta emoción para seguir viviendo, o caminando por el Paseo de Gracia sin que me pise un auto. Lo único que tengo a mano es escribir. Y lo primero que brotó fue una pregunta, que te hago a vos y que la contesto yo:

¿Sabés qué es lo que hace Gaudí desde sus obras?

TE BESA
TE BESA
TE BESA

Sabiéndome perdida caminé hasta La Sagrada Familia. Ahí me quedé, bajo el sol y con la piel erizada. En mi cuaderno, con letras enormes sólo escribí:

HOSANNA, GAUDÍ ESTABA LOCO

Como pude me fui, como pude anduve todo el día por ahí, esquivando autos, motos y bicicletas.
Pero hoy volví. Otra vez. Ya lo dije, como una autómata, ni hastiada, ni remotamente saciada.

Miro para arriba y me estremezco. La misma sensación de ayer está ahí, no puedo hablar; es que no hay nada que decir. Sólo muevo la cabeza, incrédula. Que alguien me explique cada cuánto llega al mundo un loco de éstos, que alguien me diga de dónde vienen, de qué están hechos, cómo sienten, qué sienten, cómo logran domesticar tanta intensidad y convertirla en genialidad.

Esas palomas blancas que se vuelan…
Esas torres que se desmoronan y que sin embargo no dejan de subir y subir…

Más tarde fui al Parque Guell, lo caminé entero.

Esa piedra burda convertida en piedra preciosa…
Ese baile de columnas, tantas columnas…

Gaudí es imposible, imposible. No me creo que alguna vez haya existido, cuesta creer sus arcos, sus helicoides, sus vaivenes de piedra, sus chimeneas guerreros, sus tramas de hierro, la libertad para mezclar y expresar…

Ah…

Cómo hago ahora para irme de Barcelona, cómo hago para dejar de imaginármelo entre los andamios, la piedra y los trozos de mosaicos de colores de su iglesia en obra…

Sé que estoy vencida. Sumisa me entrego entera y dejo que me ronde, que me ronde como sólo rondan los locos, como sólo rondan los amores.

Sepan todos que estoy enamorada.

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