Sola

Otra mañana, esta vez ya de primavera. El sol pega contra el paredón del Convento de las Trinitarias y su reflejo a través de mi ventana me hace entornar los ojos. He dormido no sé cuántas horas. Tal vez sea por el antialérgico que el aire madrileño me obliga a tomar, tal vez porque ayer a la tarde caminé desde mi nuevo piso en Huertas hasta Malasaña, de ahí a Salamanca y otra vez de vuelta a casa. LLegué a las 11 de la noche, después de recorrer con lentitud las callecitas que salen de Sol y bajan hasta la Plaza del Ángel. Jamás había estado por ahí a esas horas. Conocía la zona como turista de las tres de la tarde, pero surquearlas a la luz mortecina de los faroles antiguos es otra cosa. Éste es otro Madrid, o el único, o simplemente uno diferente al que yo creía conocer. Desde que uno deja atrás Alcalá, la gente cambia. Salvo parejas amarradas del brazo que bajan despacio charlando preciosamente de nada, la impresión es que los que caminan por ahí son en su mayoría hombres, hombres solos. Tal vez amparados por la noche, de pronto parecen haber dejado atrás el ritmo acelerado del día, van con el paso aminorado y en su andar hay algo de alivio, como si en cierto momento hubieran cruzado una línea de frontera y ahora estuvieran en un sitio que nadie más ve, un lugar que es propio y que a la vez no tiene dueño.

Algunos son trabajadores que antes de volver a su casa se han tomado una caña en un bar cualquiera; otros, en cambio, parecen estar dando vueltas sin un rumbo preciso, como si estuvieran perdidos o tuvieran pocos lugares adónde ir. Buscadores, parecen. Más que en ninguna otra parte de Madrid, se mezclan en las sombras de estas calles personas de todo tipo y color; todas diferentes a todas y sin embargo hermanadas por una estrella de luz indefinida que parece brillarles en la frente: la soledad. Hay unos pocos negros que avanzan hacia Lavapiés con la cabeza gacha, dando grandes zancadas, españoles enjutos, morunos, con facha de gitanos, latinoamericanos de cara aindiada y pelo renegrido y europeos orientales, ésos que no se sabe si son albaneses o rumanos o georgianos. Éstos me impresionan más que nadie, tal vez por el brillo acuoso un tanto febril de su mirada, una mirada que parece haber estado llorando hasta hace un rato, nomás. Los venidos del Este, como les dicen acá, usan los pantalones oscuros un poco cortos que dejan ver las medias, zapatos y campera negros y sweaters multicolores. Me he fijado que siempre van vestidos así. Durante el día se los ve en grupo, con mujeres y chicos tocando el acordeón en la Plaza Mayor o en la puerta del Corte Inglés, pero ahora, en la oscuridad, de pronto están solos, parados en una esquina, fumando despacio un cigarrillo. Cada tanto uno se cruza con un norteamericano perdido que sigue todavía con la guía Fodor´s en la mano, tratando infructuosamente de salir del laberinto de calles y callejones. Son como marcianos en la Luna, absolutamente fuera de contexto. Te ven rubia y te piden que los orientes, y uno se pregunta cómo hacer para explicarles la mejor ruta hasta la Gran Vía, cómo es que han llegado hasta acá y cómo alguna vez se irán…

Las calles se cierran y mueren en un pasaje; otra vez, con un nombre nuevo, se vuelven a abrir. A esta hora están sucias, son el resabio de la intensa vida de un día. Los bares se suceden, bajo las barras un cúmulo de palillos, carozos de aceitunas y papeles engrasados. Algunos son de mala muerte y ya tienen las sillas sobre las mesas, otros, en cambio, tienen la cortina baja y están cerrados a candado, a la espera de media noche. Suristán, por ejemplo, donde estuve hace unos meses escuchando música étnica en vivo, es a esta hora una boca negra entre vidrieras iluminadas. Los restaurantes donde se puede cenar están en pleno trajín. En todos se exhiben las exquisiteces de la casa como trofeos: gambas, rabas, boquerones, chipirones, anchoas, pescados cocinados de distintas maneras, patatas fritas y jamones de todo tipo. Me detengo en uno y miro, tentada de entrar. Varias mesas están ocupadas. En una, un hombre y una mujer maduros gozan con la boca llena. Se ríen, comen y beben vino. Ella tiene el pelo crespo, mal teñido, y una boca pura sonrisa. Él la mira, le comenta algo y la disfruta con los ojos. Seguramente, después, harán el amor. Los dos son tan deliciosamente comunes… En otra, dos viejos mastican despacio sentados de costado. Cada tanto, alguno de los dos farfulla algo entre dientes que el otro parece ni escuchar. Tienen el aspecto de cenar en la misma mesa todas las noches desde hace una eternidad. Más allá, un grupo joven toma cerveza y discute sobre política. Son latinoamericanos, lo sé porque hablan a los gritos, vehementes, mezclando la seriedad con alguna carcajada. Su mesa es un desorden, hay un montón de vasos y platos vacíos, ceniceros llenos de colillas de cigarrillos y un diario arrugado escrito con marcador rojo. Los mozos van y vienen, uno se acerca a la entrada y con sonrisa ruda me dice, Oye, bonita, ¿te decides a entrar?. Otro día, digo yo…

Camino nuevamente la noche, dejo atrás la Plaza del Ángel, entro en mi calle recién remozada y otra vez todo vuelve a cambiar. La sensación de tremendas soledades se pierde, se respira al barrio, detrás de los postigos cerrados se intuye a las viejas ya durmiendo, las jaulas de los canarios tapadas con un mantel, las cocinas ya fregadas, las televisiones encendidas. El aire, porque voy cuesta abajo, se ha aligerado, los pasos se espacian, se ahuecan entre paredes. Me cruzo con gente que ya reconozco, con un brasilero que toca bossa en un garito de la Plaza del Matute, con Micky, mi vecino gay que ha sacado a pasear a su perro Lester.

Ya dentro de casa enciendo la computadora, miro mi correo, me preparo un tazón de té verde y me voy a la cama. Entonces, desde el silencio, escucho. Como todas las noches, la gente, allá abajo, no parece gente, sólo voces… Hace una semana, recién mudada, me pregunté si podría dormir con semejante murmullo. Incluso las dos primeras noches me asomé al balcón para ver si sucedía algo fuera de lo normal, y no descubrí nada extraño, salvo gente, que caminaba. Algo me decía que no podía haberme equivocado en la elección de mi piso. El destino me había traído hasta él, aunque ésa es otra historia… Ahora sé que todo está bien porque entendí lo que sucede. Mi calle es, durante todo el día, silenciosa y tranquila, y de noche, ya tarde, se transforma en un valle encajonado por donde se pasean fantasmas. Sí, sus voces, a veces estridentes, otras rodando en susurros, vienen retumbando a través del tiempo. Las escucho venir de lejos, subir la cuesta de Huertas desde el Paseo del Prado o tal vez desde el oscuro corazón del Retiro, y crecer como una gran ola de aire que nunca acaba de romper.

Así me duermo y así sueño. A la mañana siguiente, cuando despierto, la calle está otra vez silenciosa y vacía. Entonces, como ahora, vuelvo a escribir.

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