Merhaba!

Otogar. Eso quıere decır estación de bus en turco. Aquı estoy, en un cíber esperando a que salga mi colectivo con destino a Safranbolu, un pueblo otomano muy cerca de la costa del Mar Negro, en plena Anatolia Central, tierra más que antigua por donde anduvieron los Hititas hace más de 3000 años. Me quedan 3 horas hasta que salga mi bus y luego 6 largas horas de viaje. No importa  también la espera en un lugar como éste es una aventura. Todavía no estoy repuesta del tram y el metro que me acabo de tomar para llegar hasta aquí, jamás me imaginé que iba a lograr no perderme en esta ciudad ENORME. Sí, eso es lo primero que apabulla de Estambul: su tamaño. Claro que la sensación es de un instante  después lo que impresiona  lo que fascina  son otras cosas. Una ciudad a caballo de Europa y Asia musulmana, llena de historia, pero sobre todo, multicultural. O sea que aquí se ve cualquier cosa. Mercados medievales como el Gran Bazaar o el de las Especias, las viejas Haya Sofya (la famosa Santa Sofía), la Mezquita Azul o el fastuoso Palacıo Topkapi mezclados con casas de madera otomanas medio destartaladas y torres modernísimas como las de la 5 Avenida neoyorquina. La gente: las turcas son preciosas, llevan la cara descubierta, a veces maquilladas, el cuerpo tapado y pañuelos de colores sobre el pelo recogido en rodetes altos. Andan mezcladas con chicas vestidas como occidentales aunque con bastante recato, mujeres venidas del lejano este mucho más ortodoxas, con shador y pintadas las manos con toneladas de henna. Los hombres visten a la occidental, se ríen a carcajadas, son increíblemente amables, terriblemente seductores, hablan mucho y a los gritos.

Estambul es una ciudad que llevaría meses intentar desentrañar. No creo ser la indicada, porque las metropolis me dan un sueño ınfınito y a toda hora me dan ganas de guardarme e irme a dormir. Ayer me pasó. Salí tempranísimo desde mi hostal en Sultanahmet y camiıné kilómetros y kilómetros  Primero el Gran Bazaar con sus callejuelas abovedadas y pintadas con arabescos llenas de alfombras, géneros, adornos, antigüedades  ropa y objetos de oro, salpicado de cafés donde los hombres sentados en banquitos fuman con toda la parsimonia del mundo olorosos narguiles de manzana, después el mercado de las especias con su penetrante mezcla de aromas y colores. Café, azafrán, cúrcuma, té, ajo, orégano, coriandro, curry, frutos secos, dulce de membiıllo, jabones hechos con aceite de olıva, lokum -típıcos dulces turcos-, higos confitados… Sin darme cuenta, medio perdida entre el griterío e invıtaciones constantes a tomar té, desemboqué en el Cuerno de Oro. Brillante, azul, transitado por barcos y ferrys de todos los tamaños, el brazo de mar entre el Mar de Mármara y el Bósforo es uno de los lugares míticos para empezar a entender a esta ciudad. Justo ahí, antes de cruzar el puente de Galata, tuve mi primer ataque de sueño. Es que la luz del mar, el gentío, el cántico desde los minaretes de la enorme mezquita de Yeni llamando a rezar, el vuelo rasante de las gaviotas, los hombres lavándose los pies y la cabeza antes de entrar a la mezquita, las viejas metidas en sucuchos de lona vendiendo comida para las palomas, es demasiado para cualquiera. Al menos lo es para mí: puffff, chıspas, fogonazos, y mis sentidos absolutamente rebasados. A pesar de las ganas de cerrar los ojos y tirarme a dormir, crucé el puente de Galata y caminé por Istıklal Caddesı, la calle más elegante de Estambul, llena de cafés donde la gente juega apasionada y a toda hora a una especie de backgammon hasta la plaza Taksim, centro neurálgico de la ciudad. Volví por una calle cualquiera bordeando el Bósforo, tratando de imaginar lo que cuenta el turco Orpham Pamuk en su libro Estambul, que leí antes de partir. Beyoglu, el barrio por donde anduve, lleno de recuerdos de la gran época otomana, es el que tantas veces, lleno de melancolía, describıó.

El Cuerno de Oro otra vez, una hora sentada en un muelle mirando la nada atiborrada, el puente de Galata hacia el otro lado, la imagen ınolvidable de Santa Sofía contra el cielo, un kebab de verdura, yogourt y carne de cordero, un jugo de naranja y vuelvo arrastrándome al hostal. Recién son las 4 de la tarde, subo a la terraza del hotelito con el libro que estoy leyendo y mi cuaderno. Las terrazas de Sultanahmet son incomparables. Desde ahí arriba se ven las cúpulas y minaretes de las mezquitas y el mar. La luz encandıia, las gaviotas graznan, por el Bósforo los cargueros no dejan de pasar y pasar. No leí ni escribí. En vez me quedé dormida sobre la mesa.

Me desperté una hora después; el sol había bajado un poco, ahora daba de lleno sobre los techos de la Mezquita Azul. Intenté salir y dar una vuelta. No pude, caminé un par de cuadras hasta el mar, compré queso, una cerveza, pan y aceitunas y cené a las 6 de la tarde en la terraza. El espeiıal color de Estambul desde las alturas también es una espectacular aventura.

Eso es algo de lo mucho que me está pasando. Ya sólo me queda media hora y parto para Safranbolu. Me voy a la Turquía ortodoxa, la menos occidentalizada. Quiero ver. Aunque me estallen los sentidos y muera de sueño otra vez.

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