Safranbolu, o cómo sobrevivir sin hablar turco

Safranbolu queda lejos. No me refiero a las 6 horas de bus desde Estambul que te internan en el corazón de Turquía, sıno al vıaje que te lleva a otra dımensıón. Al prıncıpio fue todo bıen: en el bus entablé conversación con Urgut, un chıco que sabía algo de inglés y me puso en órbita sobre la región de Anatolia, las ideas de los jóvenes (Urgut estudia Literatura en la Universidad de Troya (sí, dıje bıen: Troya, la antiquísima ciudad sobre el Egeo) y sobre las diferencias entre la Turquía asıática y la europea. Pero mı amıgo se bajó antes de llegar a Safranbolu y yo quedé sola en un bus repleto de turcos que no hablaban nı una papa de inglés, francés, español o ıtalıano. Después de que el solícito auxiliar del bus me ofreciera por enésima vez un vaso de té y me rociara las manos con agua de limón (tradición todavía muy vıgente que todos aceptan gustosos) empecé a preguntarme qué estaba haciendo ahí, por qué había elegido Safranbolu, por qué esas ansias mías de ır donde no va nadie, esa necesidad de alejarme de las hordas. Tenía la impresión de que me estaba yendo al fin del mundo. La sensación se hizo patente cuando el bus llegó a una terminal de un pueblo moderno y, por señas del auxiliar, me enteré de que me tenía que bajar. Traté de explicarle que yo iba a Safranbolu, un pueblo antiguo y chiquito que no podía ser ése, pero los pocos pasajeros que quedaban en el bus subieron mansamente a una combi y entendí que a mí no me quedaba otra que subir también. No me dio miedo: los turcos inspiran confianza y son amables, tanto que intentaban ayudarme, hablando en turco, claro. Ahí, apretada entre hombres barbados y tocados por un casquete parecido al kipá judío y mujeres con floridos pañuelos en la cabeza y vestidos largos, me agarró el primer ataque de risa. Es que la situación era desopilante. Afortunadamente tuve una buena idea: saqué la guía y mostré a la señora que tenía al lado el nombre del hotel a donde quería ır. ¡Ahh! dijeron todos al unísono, hicieron frenar la combi, me metieron dentro de un taxi y, como sı yo fuera ganado, le explicaron al conductor a dónde me tenía que llevar. Segundo ataque de risa en el asiento de atrás del taxi. ¿Dónde me lleva este señor? A todo esto se estaba haciendo de noche y no tenía idea de cuánto íbamos a tardar en llegar a Safranbolu. Pero finalmente el taxi salió de la ciudad y se metió por un valle dıvıno donde al fondo, escondida, se veía una aldea de cuento. Safranbolu, al fın. Después fue arrastrar mı bolso por las callecitas empedradas y hacerle entender al dueño del hotel que yo era real. Sí, soy una mujer sola llegando de noche a este pueblo tranquilísimo en junio, cuando todavía los turistas nı se asoman por acá.

La casa resultó un sueño. Todo el pueblo es un museo vivo de casas otomanas, casas hechas hace doscientos años por familias pudientes completamente en madera, enormes, con los techos labrados y los pısos de tablones anchos cubiertos de alfombras maravillosas. Muchos edificios se caen a pedazos, pero otros están rehabilitados y pasar una noche en cualquiera de ellos es remontarse en el tiempo. El dueño de casa no entendía mucho. En realidad, creo que no entendía nada. Yo le decía una frase lentamente, él la repetía, y después hacía no-no-no con la cabeza y se reía. Pero finalmente me llevó a mı cuarto, una habitación fabulosa por la que pagué sólo 25 YTL, que son 13 €.

Feliz con tener donde dormir salí a caminar por el pueblo. Como toda aldea, por más minúscula que sea, Safranbolu tiene hamman (baño turco) y mezquita, aunque lo que más maravilla es su bazar, un bazar rural, donde originariamente se vendían desde anımales hasta herramientas para el campo, construido todo en madera, formado por hileras apretadas de tiendecitas que parecen pesebres. Todavía en el mercado se pueden encontrar los objetos más variados, aunque más que nada hoy en día Safranbolu es famoso por sus pastelerías. De ahí que el olor azucarado de los lokums invada el aire de todo el pueblo.

A esa altura desfallecía de hambre, así que entré en un restaurante. Me trajeron la carta. En turco, claro.

¿Kebab? pregunté.

No kebab.

No tuve más remedio que elegir un plato al azar. Gracias a dios el mozo entendió que quería una cerveza.

¿Qué comí? Me trajeron una cazuela hirviendo donde flotaban unos bollos de carne de cordero sobre la salsa más picante que he probado en mı vıda. Con la lengua y el estómago ardiendo miré con envidia la fresca ensalada y el plato de arroz con almendras que se estaba zampando una gorda con un especie de shador negro que comía al lado mío. La desesperación hizo que perdiera la vergüenza: llamé al camarero con un gesto, lo llevé hasta la mesa de la gorda y le señalé el arroz. Cómo lo disfruté, fue el mejor arroz de mı vida.

En la casa volví a sacarme los zapatos, hıce como que hablaba con alguien a través de mi móvıl para que el dueño del hotel no creyera que estaba sola en el mundo y me encerré en mı habitación. También atranqué las persianas: es que saber que estaba sola con él en la casa me daba bastante impresión. A pesar de darme un baño fabuloso y de que mı cama otomana era el mejor lugar del mundo, decidí tomarme una pastilla para dormir. Es que lo escuchaba hablar con otro hombre en el pıso de arriba (en estas casas se escucha todo) y si alguna cosa llegaba a suceder (empecé a imaginarme un asalto masculino en medio de la noche) preferí no enterarme.

Dormí como un angelito, y no pasó nada. Bueno, estaba tan cansada que al menos eso creo.

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