En scooter por el país de las chimeneas de hadas

Hay situaciones durante los viajes en solitario -especialmente por lugares remotos- que dejan a una expuesta, medio desnuda, y todo lo que una ES termina siendo tan evidente que resulta imposible hacerse la distraída. En Cappadocia (pronúnciese ‘cappadokia’) me enfrenté con mi tremenda tozudez: sí, cuando algo se me mete en la cabeza funciono como una mula. Por suerte entre mis virtudes (creo tener algunas) está el sentido del humor, así que si algo no sale bien por culpa de mi obstinación, también sucede que me río mucho de mí misma. 

Cappadocia está también en el centro de Turquía, pero bastante más al sur con respecto a Safranbolu. Llegar hasta acá me costó otro viaje larguísimo en bus con trasbordo en Ankara, o sea que me pasé 9 horas tomando té y lavándome cada dos por tres las manos con agua de limón. Pero el tiempo se me pasó rápido; el paisaje desde que dejamos atrás la moderna Ankara fue cambiando hasta convertirse en una llanura vacía, despoblada y enorme, sólo veteada con los colores de los cultivos. Durante un montón de kilómetros bordeamos un fantasmagórico lago de sal, después aparecieron montañas en el horizonte. Allí, en el medio de la nada, desembarcamos. Otra vez una combi me llevó hasta mi destino: Goreme, una de las aldeas de la mítica, mágica y antiquísima Cappadocia.

Imagínense lo inimaginable, ese sitio que no existe, lo que sólo una ve en sueños. A ese lugar llegué yo cuando las luces de las callecitas ya estaban encendidas. No hay foto, libro, documental, que pueda mostrar en profundidad lo que es esta tıerra. Hay que estar aquí, una tierra hecha de valles aparentemente áridos con formaciones naturales extrañísimas, lunares, irreales, enormes conos de arenisca naranjas, rosados y amarillos, rocas que parecen castillos medievales, hongos gigantes que se elevan al cielo. Salpicando los valles, aquí y allá, aparecen aldeas rurales y huertas. Eso es lo prımero que una ve, después se da cuenta que los enormes promontorios o ‘chimeneas de hada’, como son llamados, están habitados. Sí. Tienen puertas, ventanitas, habitaciones al ras del suelo y otras que asoman a las alturas. Esto no es un invento de ahora; Cappadocia ha sido refugio troglodita desde hace una eternidad. No se sabe muy bien desde cuándo las cuevas y desoladas montañas están habitadas, lo cierto es que a partir del siglo VIII los cristianos se refugiaron en estos valles encantados y tallaron iglesias y pequeñas ciudades a modo de monasterios o conventos. Visitarlas resulta impresionante, las más oscuras iglesias todavía conservan las pinturas originales, unas pinturas muy primitivas, toscas, ingenuas, aunque de algún modo muy reales. Los santos son hombres, la virgen es una mujer sin idealizar, a Jesús se lo reconoce porque siempre está pintado más alto que los demás.

Aunque hay museos al aire libre bastante organizados, lo más asombroso de Cappadocia es que cuando una se va a caminar por alguno de sus infinitos valles se encuentra, en medio de sembradíos donde trabajan a mano los campesınos, con cuevas e iglesias, ruinas romanas, palomares tallados en altísimos paredones, castillos horadados en la roca o simplemente casas de hace casi diez siglos con vestigios de decoración griega. Una alucina. Simplemente.

Llevada por mi entusiasmo y mi innata necesidad de devorarlo todo, decidí alquilar una bicicleta para recorrer cada rincón. En el puesto de alquiler de scooters y bicis del pueblo, supuestamente preparado para el turismo de aventura, me miraron incrédulos. El dueño, llamado Ferhat, me dijo que salir a pedalear a las 3 de la tarde me iba a matar. Sí, aquí, en primavera y verano, hace mucho, muchísimo calor. ¿Pero cómo frenarme, si allá me esperaban mil valles lunares, campesinos montados sobre burros, mujeres tejiendo increíbles alfombras en rústicos telares bajo la sombra de una higuera? Le dije a Ferhat que estaba todo ok, que yo estaba acostumbrada.

-Ok María, take care.

Salí de Goreme fascinada, pasaron diez minutos y en la primera subida me morí. La bici tenía sólo tres cambios, la ruta era toda cuesta arriba y toscamente empedrada, así que por más que intenté pedalear de a ratos, trepé a pie arrastrando la bici no sé cuántos kilómetros. Tozuda, obstinada, terca mil veces. El calor era infinito, por la carretera no pasaba nadie, salvo un viejo montado sobre un burro que me pidió que le sacara una foto. Yo no podía ni hablar, me fallaba la respiración. Me hice la que no entendía; supuse que el hombre quería que le diera una moneda. Pero no, de una cueva salió otro viejo que dijo llamarse Mustafá y me dio entender que él nos sacaría (al viejo del burro y a mí) una foto. Completamente transpirada, aunque con el pudor propio de una mujer en Turquía, me paré al lado del hombre montado en el burro. Pero he aquí que el viejo de un manotazo me sacó el sombrero que yo llevaba puesto, me revolvıó el pelo como si no pudiera creer que de verdad fuera rubio y no una peluca y me encajó un largo e intenso beso en la cabeza.

El camino siguió igual de espectacular, yo siempre con la lengua afuera y pensando que sería de mí si en el medio del desierto de Cappadocia me agarraba un ataque al corazón. Me imaginé: quedaría tirada bajo los 45 grados de sol hasta que pasara otro viejo con un carro, un tractor o un burro. La tarde no fue toda mala. Tuvo sus recompensas. Até la bici y me sumergí en la magia de uno de los tantos valles. La soledad era inmensa, la belleza de la tierra un regalo, el canto de los pájaros y de los bichos un encanto. Mi último esfuerzo fue subir hasta cierto lugar donde me habían dıcho que se veían los mejores sunsets del mundo. Qué contarles. El paisaje se llenaba de luces y sombras, a cada instante las chimeneas de hadas variaban del dorado al rosado.

Litros de agua, las piernas acalambradas, la espalda mojada, la mochila que pesaba como nunca, volví todo el larguísimo camino hasta Goreme cuesta abajo con los pedales libres. Imposible explicar mi alegría, aunque hubiese sido recomendable tener un casco. Volaba, ésa era la sensación. Tuve un único problema: después de no sé cuántos kilómetros apretando los durísimos frenos de mi vieja bici en las curvas, ya no sentía las manos, las tenía absolutamente paralizadas.

Por fin llegué a Goreme, con cara de loca pero feliz. Ferhat me recibió con un Crazy woman y yo le contesté como si nada que la tarde había sido espectacular. Fue cuando me invitó a tomar un té de manzana que de casualidad vi mi cara reflejada en un vidrio. Salvo alrededor de los ojos que habían estado sıempre detrás de los anteojos negros, estaba cubierta de polvo oscuro. Más reí a carcajadas, sin importarme ni mi facha ni el papelón.

La cuestión es que aunque las odio con todo el corazón por el ruído que hacen, no me quedó otra que preguntar a Ferhat si podía enseñarme a manejar una scooter. Yes Crazy woman, me dijo. O sea que hoy temprano tuve lecciones de ‘enduro’ en turco. ¿El resultado? Salí más que airosa, hice un montón de kilómetros por los valles de Cappadocia con una scooter viejísima y un casco del año del jopo que Ferhat me obligó a usar. Lo disfruté muchísimo, especialmente cuando me cruzaba -muy de vez en cuándo- con algún loco ciclista. Crazy guy, pensaba yo.

Como verán, la estoy pasando genial. La vida troglodita me resulta apasionante; de algún modo me resuena, como si hubiera vuelto a una vida pasada, de anacoreta. Y esto no lo digo por lo que veo, sino por lo que estoy experimentando. Es que estoy viviendo en una casa tallada en la piedra. Al principio me dio un poco de impresión, se me ocurrió pensar que tal vez habría ratones, pero después me di cuenta que ni las moscas pueden entrar: mi habitación es un cubículo de roca horadado en lo profundo de una montaña. Dormir allí es divino, fresco, silencioso y terriblemente íntimo. Además todo está muy limpio y la cama es un placer. Aunque hoy me desperté con un polvillo blanco, muy sutil, cubriéndome las partes del cuerpo que no estaban bajo las sábanas. Y es que las cuevas, desde hace miles de años, se deshacen muy lentamente, todo el tiempo, a cada instante un poco.

Me muero de pena de no tener mi computadora. Es que me encantaría escribir sin apuro desde un teclado normal y subir las fotos que estoy sacando. Tengo unas espectaculares. La que más me gusta es una que estoy arriba de mi vieja scooter celeste y blanca con el enorme casco encajado hasta las orejas.

¡Salud!

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