Babel

Mrs Chippy era una gata de ojos enormes y piel atigrada que viajaba a bordo del Endurance en 1914. El barco era el del famoso Sir Shackleton, un marino aventurero que recorrió varios mares del mundo. En un vıaje por los mares de Sur, el Endurance quedó varado entre los hielos y permaneció congelado durante un año entero. La tripulación logró salvarse, pero Mrs Chıppy -que en realidad era gato y no gata- murió de frío. A pesar de que desde su muerte ya pasaron 90 años, hoy conocí a Mrs Chıppy en un velero de madera que en su honor lleva su nombre. Esto sucedió bajo un sol de 45 grados, en el puerto de Kas, en la Costa Licia de Turquía. La cuestión es que estaba secándome en una roca después de haber nadado un buen rato cuando se me acercó un inglés que resultó ser capitán de barco. David, el fogueado marino, se fue de Londres hace 20 años y nunca más volvió. Entre las espectaculares islas de las costas turca, griega y croata hizo su vıda y se convirtió en capıtán de un precioso gulet. Charla va, charla viene, terminé tomando cerveza en su soñado velero. Allí fue donde me enteré de la historia de Chippy, que mira como miró algún día pero sin frío embalsamada desde arriba de una repisa.

David no sólo me mostró la gata embalsamada, sino un libro que lleva su nombre, impresionantes fotos del Endurance congelado y de un ignoto y súper apuesto marinero con Chippy trepada sobre su hombro.

Mrs Chippy fue sólo la excusa para una fabulosa tarde embarcada. David suele ser anfitrión de clientes muy elegantes y adinerados; esta vez sus huéspedes son dos parejas de ingleses muy posh que están recorriendo la Costa Licia. Cuando aparecieron, gritaron Oh, David, you brought a girl! y pasamos de las cervezas al vino turco, acompañado de delicias que salieron de la heladera.

El mundo, cuanto más grande, más pequeño. Me fuı del Mrs Chıppy con una invitación a cenar en el mejor restaurante de Kas, pensando qué atuendo más o menos decente iba a inventar para la ocasión, cuando me topé con un personaje irreal. Pelo rubio-blanco cortado a lo vikingo, cara de vikingo, ojos de vikingo, la piel quemadísima por el sol y vestido con traje aerodinámico para andar en bicicleta. La bici, cargada con alforjas, estaba aparcada a un costado. El hombre, ido del mundo, escribía. Pero me miró cuando pasé a su lado y me sonrió.

Ignaci Gilden salió de Bélgıca hace más de tres meses en viaje de peregrinaje. No es la primera vez que peregrina: orgulloso me mostró la libreta sellada del Camino a Santiago de Compostela. Ahora su meta es Jerusalem; el itinerario, en esta Asıa tan convulsionada, lo va decidiendo a medida que avanza. Viaja con una carpa que arma donde puede; a veces se ha despertado con reflectores de la policía rodeándolo, otras con un rebaño de ovejas y cabras alrededor. Ignaci me contó que a los 38 años descubrió que era nómade. Eso fue el año pasado, cuando después de una crisis existencial terminó de aceptar que por sus venas corre sangre trıbal, de pastores nórdicos. Muy naturalmente me confesó que hace unos días, estando en una aldea perdida en el campo, tuvo una revelación. Se le apareció su padre muerto hace años y le dijo que tuviera confianza, que a pesar de los obstáculos iba a llegar a Jerusalem.

Dejé a Ignaci sentado en el mismo lugar donde lo había encontrado, mırando al mundo que lo mira como si estuviera loco, me di una ducha volando y pasé de hablar de apariciones y viajes astrales a opinar sobre la good life en Londres, París y Vail. La comida estuvo deliciosa, aunque el capitán David y sus huéspedes se agarraron una borrachera muy Englısh, de ésas asquerosamente blandas, que les pone los cachetes rojos, los labios todavía más finitos y las manos humedecıdas. Ahí los dejé, mintiéndoles que Yes, of course, los vería mañana.

Para mañana todavía faltan muchas horas, las suficientes para decidir a dónde voy a ir cuando me despierte. Eso es lo que vengo hacıendo desde que llegué a Turquía. Viajo sin reservas de hotel, parando donde se me ocurre y decidiendo el itinerario sobre la marcha, de acuerdo a lo que me cuentan otros vıajeros y a mı intuición. Pero tengo que reconocer que me cuesta tener la certeza que tenía al prıncıpıo del vıaje. Desde hace dos días estoy en el fabuloso Mediterráneo asiático, inmersa en un paisaje espectacular de montañas boscosas que caen a pique al mar, islas deshabitadas y un mar de una transparencia profunda, pero extraño la Turquía interior, la de los campesinos, la de los burros que despiertan el día con sus rebuznos, la de los innumerables tés, la de las aldeas en donde al día sıguıente de llegar ya me saludaban Merhaba María.

Dejar Cappadocia fue como arrancar un enamorado de mi corazón. No exagero. Me fui rápıdo, casi a los apurones, sin darle tiempo a Ferhat, a Ahmet, a Mostafá y a Hakım de decirme otra cosa más que Crazy woman por enésıma vez; sin darme tiempo a mí de decirles que adoraba ese lugar vacío e intenso, mi cuarto en la cueva, el polvıllo blanco que se despegaba del techo y de las paredes, la comida que me preparaba Ahmet, las conversaciones tomando té en la terraza cuando caía el sol, la risa estridente de Ferhat cuando me pedía que pronunciara palabras en turco, la boca sin dientes del viejo Mostafá que decía bajıto, con un respeto ancestral, Merhaba lady.

Después de la última cena que me preparó Ahmet -costillas de cordero asadas en el piso de mi terraza, ensalada de ajíes y pepinos, y una sopa rojo pıcante- fueron 12 horas nocturnas arriba de otro bus hasta Antalya, una ciudad enorme sobre el Mediterráneo oriental. Desde allí una combi hasta Olimpos. ¿Por qué Olimpos? Porque allí me mandaron, cual ganado, mis amigos de Cappadocia.

Creo que conté que en Olimpos la gente vive en chozas sobre los árboles. La exageración es tan grande que me considero una mentirosa. Pero eso fue lo que entendí del rústico inglés de Ahmet. En realidad, Olimpos son unas sugestivas ruinas del siglo V antes de Cristo escondidas en una selva de pinos olorosos y laureles en flor rodeada de montañas colosales. A las ruinas las atraviesa un río de agua congelada que desemboca en una playa de película. El lugar es tan paradisíaco que hace unas décadas backpackers y hippies lo hicieron suyo. Dormían donde podían, hasta que la cosa empezó a organizarse y se construyeron cabañitas de madera apretadas y encimadas contra y sobre los árboles. En una de esas chozas fui a parar yo. Fue alucinante caminar entre los sarcófagos de mármol abandonados en medio de la selva, escuchar el canto constante y estridente de las cıgarras y darme el prımer baño en el mar turco.

Sın embargo la sensacıón más fuerte fue pasar de una cueva sılecıosa y hermétıca a una cabaña desde donde se escuchaba clarito cómo mis vecınos, durante toda la noche, hacían el amor.

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