Delhi: Dormir para que esta vida pase pronto

Calor, calor, calor. Como nunca en mi vida había sentido. El pantalón mojado, la remera empapada, el cuerpo derretido. Si desde Europa uno tiene la intención de viajar por el norte de la India, no hay otra opción que llegar por Delhi. Yo tenía claro que la capital de la India, su polución, sus 13 millones de habitantes y su extrema pobreza no era lo que me interesaba ver, por eso había decidido sólo usarlo como stop para sacarnos el cansancio del viaje larguísimo (llegar desde Bs As a Londres, donde me encontré con mi hija Fran, me llevó 16 horas, después siguieron 8 horas más de vuelo) y desde allí empezar el verdadero viaje. Fueron dos días instaladas en un hostel recomendado por la Lonely Planet en The New Tibetan Colony, a 20 minutos de Old Delhi. Jamás los olvidaré. La colonia de exiliados tibetanos está al borde de una autopista y tiene tres cuadras de largo. Los edificios han crecido de cualquier manera, muy apretados, con pasadizos oscuros entre sí. Por ahí, como encerrados en una jaula triste, se pasean un montón de monjes rapados, con túnicas moradas y camisas amarillas. Todo el tiempo se escuchan cánticos tibetanos, todo el tiempo los chicos te persiguen pidiéndote algo para comer, todo el tiempo tenés que espantarte un enjambre de moscas zumbonas idiotizadas por el calor. En el espacio estrecho no corre un gota de aire, mil vendedores ambulantes sentados en las veredas ven la vida pasar de la mañana a la noche sin hablar ni moverse. En la colonia hay tres o cuatro hoteles. El nuestro -4 pisos, una terraza desde donde se ve el río Yamuna, secos campos de arroz y chozas paupérrimas de campesinos- tenía en nuestro cuarto un ventilador de techo y un cooler extrañísimo que para hacerlo funcionar había que llenarlo de agua con una manguera. El primer día nos la pasamos durmiendo y duchándonos con agua fría cada dos por tres. El ruido que hacía el cooler era una tortura, el ventilador no alcanzaba para nada. Doce de la noche y una ducha, tres de la madrugada y otra ducha. A las 6 de la mañana siguiente nos despertamos empapadas. 

Nos fuimos a conocer Delhi. Rickshaw (a pedal) hasta el metro modernísimo, con soldados ocultos tras trincheras de bolsas de arena y un montón de seguridad. Aparecimos en Conaught Place. Fuimos directo al ente de turismo oficial de la India. Es que teníamos que hacer algo para irnos pronto de este caos de ciudad. Sabíamos perfectamente a dónde queríamos ir, pero no exactamente cómo convenía encarar el itinerario. Gracias al cielo, un señor llamado Mr Happy nos puso al tanto de varias cosas y nos allanó los problemas. Esta costumbre mía de hacer todo por mi cuenta me iba a costar cara: había detalles esenciales que se me habían pasado por alto, como el cierre de caminos y cancelación de vuelos hacia Ladakh, en el extremo norte de la India, a mediados de octubre a donde yo calculaba llegar en noviembre. El resultado fue que el itinerario circular que había programado en un santiamén quedó invertido: en vez de comenzar a avanzar hacia el este con destino Nepal, comenzaríamos por el extremo norte, en Jammu y Kashemira. 

Recorrimos New Delhi, legado británico con calles arboladas anchísimas, mansiones y jardines exuberantes, y estuvimos un buen rato en Lodi Garden, un parque maravilloso con bellos edificios construidos durante el periodo Mughal, dinastía islámica más poderosa en la historia de la India.
Después almorzamos en un lugar ‘extremadamente popular’ (por no decir muy sucio) y partimos hacia Old Delhi. 

Cómo describir el Caos en su misma esencia. Miles de personas acarreando bultos, miles de personas yendo de acá para allá, los hombres medio desnudos, muchos durmiendo de cualquier manera y en cualquier lado. Todo lugar sirve: la angosta separación de una avenida, una vereda, el costado de la misma calle. Acá todos duermen. No sé si será el calor terrible o las ansias de que esta vida pase rápido sin que uno se dé cuenta. Entre el gentío uno ve cualquier cosa. Todas los vestidos, todos los tocados, todos los colores, todas las cabelleras –retintas, naranjas, blancas, teñidas con henna. Sikhs con turbantes y barbas, lánguidos hindúes, musulmanes, unos pocos budistas, locos, enfermos, mendigos, mujeres con saris glamorosos, hombres vestidos enteramente de blanco, otros de naranja, otros envueltos a penas con un diminuto pareo. Old Delhi parece un enloquecido hormiguero, una pesadilla, una bomba de tiempo a punto de explotar. Eso que vimos ayer a la tarde sucede todos los días desde hace una eternidad. Por otro lado se ven grúas construyendo torres en todos lados. También las obras de una enorme red de metro que atravesará la ciudad. Con el metro querrán aplacar el tránsito, el más inverosímil que he visto. Rickshaws a pedal o a motor, camiones, autos, motos y taxis, se cruzan de un lado a otro por las avenidas tocando permanentemente bocina. A esto hay que sumarle las vacas, consideradas sagradas, que andan solas o en manada por el medio de las autopistas.

Volvimos a la New Tibetan Colony con alivio y destruidas. Varias duchas de agua fría otra vez, una comida tibetana por 5 dólares (las dos) y a la cama. Estamos felices y ansiosas. Aunque no queríamos tomar aviones en nuestro viaje –sólo trenes y buses-, haciéndole caso a Mr Happy tenemos pasajes para volar al norte más lejano de la India para mañana a las 6 de la mañana. Huimos del caos, del calor y la humedad; nos vamos a Leh, una ciudad medieval en el valle del río Indo, en Ladakh, a pocos kilómetros de la frontera con China.

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