¡Jule!

Todo el tiempo pienso en cómo voy a contar esto. Qué palabras voy a usar. Las que existen no me van a alcanzar.

Ladakh, norte extremo de la India, región budista delimitada por China hacia el este y las imponentes montañas de Kashmir hacia el oeste. A Leh, su pueblo más importante, llegó el avión. ¿Conté lo que es volar sobre los Himalayas con el cielo sin nubes? Allá arriba uno sólo piensa que el planeta en donde vivimos es de una belleza inaudita.

Siete y media de la mañana y de pronto el frío, muchísimos soldados, formularios para llenar como si hubiéramos aterrizado en otro país, un sol inmenso asomando rojo entre las montañas. Estamos en un altiplano marrón rodeado de puro cielo azul y picos nevados. Por aquí corre joven el río Indus. El río Indo, pienso, y me recuerdo leyendo sobre los persas, sobre Alejandro Magno, sobre el imperio Otomano. Tengo un lío de aquellos en la cabeza, intento hacer memoria a 3500 metros de altura: sí, el río Indo siempre fue frontera, mito e hito en los avances de los grandes imperios hacia el lejano este. Estoy aquí, Oh, María, sin ejército, pero tan lejos como el gran Darío.

Leh es un caserío acurrucado a los pies de un enorme palacio semi derruido del siglo XV y de la ‘gompa’ (monasterio budista) más alta de todo Ladakh. Por un caminito bordeando un arroyo llegamos a la guest house. Qué veo primero. Un jardín lleno de flores, un manzano lleno de manzanas. La luz entrando a raudales por los ventanales de nuestro cuarto, el color amarillo de las camas antiguas, edredones rosados, muebles viejos, techos de vigas gruesas. Todo medianamente limpio, o, para decir la verdad, bastante sucio. ¡Jule! (pronúnciese ‘yulei’), exclama el dueño de la casa. Jule en idioma ladakhi quiere decir hola, adiós, por favor, y gracias. ¡Jule! y salimos a las callecitas bordeadas por álamos dorados. Veo vacas caminando orondas por cualquier lado, tiendecitas de pashminas, joyas de plata y artesanías espectaculares, un laundry donde se lava toda la ropa a mano. Friega una mujer contra una gran piedra; un hombre, con los pantalones arremangados, lava como si estuviera pisando uvas en una inmensa palangana de latón. Ahora me cruzo con mujeres ladakhis. Son bajitas, de ojos achinados, manos diminutas y caras redondas como lunas llenas. Sus atuendos, qué belleza, cuánto color. Largas y pesadas túnicas marrones o negras, fajas rojas, turquesas o amarillas, espectaculares collares de piedras de colores y figuras de plata, grandes aros y gruesos gorros tejidos o pañuelos en la cabeza. Las ladakhis llevan siempre el pelo negro dividido en dos larguísimas trenzas. Las ancianas las tienen tan largas que se las sujetan en varias vueltas con hebillas de plata.

La gente de Leh tiene sangre mongol y aunque ellos dicen orgullosos que son originarios de Ladakh, llegaron aquí hace muchos siglos desde el Tibet. Nunca en mi vida me he cruzado con seres tan sonrientes. Sonríen con la mirada, la boca y la actitud. Te saludan: ¡jule!, y, como si los entendieras, te hablan en ladakhi un larguísimo rato. Hagan lo que hagan siempre están orando con un collar de cuentas en la mano o con una especie de sonajero –a veces sólo de madera, otras recubierto de bronce o piedras turquesas- que hacen girar continuamente. En las veredas las mujeres venden frutos secos y verduras de sus huertas; desde cierta distancia intento sacarles fotos. No puedo: como siempre que me enfrento con personas extraordinarias me parece una intrusión tremenda enfocarlas. En cambio miro cohibida y embobada. Los ladakhis conservan una ingenuidad inaudita. Aunque tengan cien años parecen niños. No están contaminados por lo que hay más allá de sus montañas, parecen no tener maldad y ser felices.

Mañana, cuando nos acostumbremos a la altura, subiremos a la gompa. La miro desde la callecita principal del pueblo. Encaramada a una gran roca se la ve blanca y ocre, adornada por interminables ristras de banderitas de colores. En el valle marrón, contra las enormes montañas, las banderitas se agitan con la más mínima brisa, contándole al mundo que ése es territorio budista.

Es de noche ahora. Escucho el silencio y la respiración acompasada de mi hija, que duerme como una niñita en la cama de al lado. Me dormiré y en la madrugada oiré entre sueños los increíbles cánticos budistas que anuncian el alba. A la mañana el sol me ayudará a salir de debajo de las frazadas. Qué difícil será vivir aquí en invierno, varios meses de aislamiento, metros de nieve y ningún tipo de calefacción. ¿Agua caliente? Hoy no nos bañamos: el agua salía helada. Sir, there’s no hot water, le digo al dueño de la casa con la piel y la ropa llenas de polvo. ¡Jule! se ríe, y creo que no me entiende nada. Los ladakhi tienen fama de ser muy sucios. Y sí. Habrá que acostumbrarse, como dice Frani, a los baños de gato.

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