De Srinagar a Amritsar

Metida en la cama de nuestro hotel en Srinagar, mi hija Frani leía el diario. Ella tiene esa costumbre, se compra diarios (generalmente de días o semanas anteriores) del lugar en donde estamos y los lee de cabo a rabo. Yo no sé qué hacía, tal vez pensaba en cómo saldríamos de esa ciudad rodeada de soldados atrincherados. De pronto Fran me dijo: Mum, creo que nos tenemos que ir de Srinagar. Me miró con esos ojos que tiene y después leyó en voz alta una noticia que contaba que en la calle tanto, número tanto, fuerzas de seguridad habían atrapado a un hombre cargado de dinamita. Ok, eso era a una cuadra del Adhoo, el ‘maravilloso’ hotel en donde estábamos alojadas.

Entré en un ataque de pánico, o más bien, en un ataque de rabia contra mí misma. ¿Qué estamos haciendo acá? Mañana nos vamos. Se acabó Srinagar.

Pero irse de Srinagar no era nada fácil. Significaba días de hacinados jeep-taxis por carreteras espantosas, así que después de mucho pensarlo, a la mañana siguiente nos resignamos a invertir en dos billetes de avión. Nuestro destino: Jammu, todavía en el estado de Kashmir, pero fuera del tremendo cerco militar.

Confieso que esperaba el momento de aterrizar en Jammu con ansiedad. Sin embargo, la historia de volar hasta allí fue tan estresante como caminar por las calles militarizadas de Srinagar. Nuestro vuelo salía a las 10 de la mañana, así que partimos del hotel a las 7,30. A las 8 el taxista que nos llevaba nos anunció que ya habíamos llegado. ¿A dónde? Los radares del aeropuerto se veían a un kilómetro de distancia. Hasta allí nomás, más adelante no se podía seguir, había que continuar caminando. Nos bajamos del taxi y unos soldados salieron de sus trincheras para decirnos que no podíamos avanzar.

Our flight leaves at 10 AM.

-You wait. Wait. The airport is closed.

But we have a flight…

Nos sentamos en un costado de la calle polvorienta, esperando a que los soldados dejaran de apuntarnos y nos permitieran pasar. En el interín apareció un tal John, un comerciante de telas de Kashmir que tenía ticket para el mismo vuelo que nosotras. Conocerlo fue una bendición. Cuando finalmente abrieron el aeropuerto –y después de no sé cuántos registros (perros olfateándonos incluidos) y controles de seguridad- John, que conocía a empleados aduaneros, nos ayudó a embarcar y finalmente dejar Srinagar.

Aterrizar en Jammu fue un alivio, aunque no tuvimos ni un segundo para relajarnos. Queríamos tomar algún bus que nos llevara a Amritsar, en el estado de Punjab, así que John nos subió (literalmente hablando) en un tuc-tuc y nos dijo good bye. Lo que siguió fue algo de película. O sea, cuando lo recuerdo no me creo que Fran y yo estuvimos ahí. El tuc-tuc, (o moto-rickshaw), avanzó hacia cualquier lado a una velocidad descomunal. Las calles de Jammu estaban atestadas de camiones, de gente y de vacas enormes. Brillaba un sol infernal y el tráfico parecía enloquecido. Y de pronto tuvimos que bajarnos, You go. Go, go, dijo el conductor del tuc-tuc como espantándonos. A dónde teníamos que ir era la destartalada terminal de buses. Una multitud, el caos absoluto, mil hombres abalanzándose sobre nosotras hablando en urdú. Bañadas en sudor, de la mano y apretando nuestras mochilas como si fueran salvavidas, atinamos a decir Amritsar a los gritos.

– Amritsar, Amritsar, Amritsar, we want to go to Amritsar.

Alguien literalmente nos manoteó y nos empujó arriba de un bus. Yo tuve tiempo de preguntar a una viejita que estaba sentada en el primer asiento: Amritsar? La mujer hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Entonces pagamos unas poquísimas rupias y el conductor, haciendo honor a la amabilidad india, nos hizo lugar en un tablón que hacía de asiento al lado suyo.

Recién cuando logramos relajarnos miramos a nuestro alrededor y nos dimos cuenta dónde nos habíamos metido. El bus era extremadamente viejo y ruidoso. Y el conductor era mucho peor. Durante las seis horas y media que nos llevó recorrer los 200 kilómetros hasta Amritsar nunca dejó de tocar la bocina. Nunca. Afortunadamente, tampoco dejó de esquivar vacas y bicicletas, ni de clavar los frenos violentamente cada vez que alguien le hacía una seña, por más que dentro del bus ya no cupiera ni un alfiler.

A pesar del aturdimiento y el dolor terrible de cabeza me di cuenta de cómo mutaba el paisaje. Las montañas habían desaparecido por completo. Durante horas recorrimos tierras yermas y desoladas hasta que entremos en una llanura rica sembrada hasta el infinito de cañas de azúcar. Enormes vacas negras de piel lustrosa y cuernos puntiagudos pululaban por todos lados. Huyendo del calor, en los escasos espacios sombreados la gente descansaba sobre catres de lona.

En el bus conocimos a Ashok, un universitario musulmán de Amritsar que viajaba con su madre de vuelta a su casa. Él vestido con jeans, remera con un dibujo de los Rolling Stones y zapatillas; la madre –tan preciosa- con un austero sari negro. Cuando llegamos a Amritsar, con ellos y con dos pasajeros más subimos en otro tuc-tuc que nos llevó desde la caótica terminal hasta el hotel donde habíamos reservado. Eran las 8 de la noche, habíamos comenzado nuestro viaje a las 7,30 de la mañana y no habíamos comido nada, sólo unos buñuelos fritos envueltos en papel de diario que habíamos comprado a un vendedor ambulante por la ventana del bus. El mareo que teníamos era sideral. Nos dimos un baño, comimos un maravilloso plato típico punjabi a base de arroz y verduras y nos fuimos a la cama. Estábamos agotadas pero aliviadas. Todavía no habíamos visto nada de la ciudad, pero al menos sabíamos que en Amritsar no había barricadas.

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