Dha, a la luz de las velas

Más allá de los límites. Un poco más, a donde nadie, o pocos, llegan. Teniendo en cuenta mis posibilidades, siempre viajo así. Fran, mi hija, no me va a la zaga. Todos van para un lado, nosotras vamos a contramano. Habíamos leído que dentro de Ladakh existe un pequeño valle habitado por arios budistas. ¿Arios en India? Sí, en Leh y en Likit nos contaron que la gente de Dha es alta, tiene la nariz grande, la piel blanca, y que parecen, dixit, ‘italianos’.

Dijimos vamos. El conductor del jeep-taxi tomó un desvío desde la carretera principal, que más allá de Likit se había convertido en una terrible pista de tierra y piedras angostísima y llena de agujeros. Al atardecer llegamos a un valle paradisíaco donde no se veía ni un alma. El conductor dijo saber donde había una guest house, pero donde buscó no había nada. Finalmente nos enteramos de que no se podía llegar con el jeep a Dha: la aldea no tiene pistas o calles.

Seis de la tarde, el sol bajaba, cargamos nuestras mochilas y nos pusimos a caminar. Al conductor lo amenazamos con matarlo si nos abandonaba en ese paraíso donde no había ni un ser viviente, así que nos siguió sin decir nada por una senda estrechita que bordeaba huertas floridas y cultivos amarillos y naranjas. Finalmente encontramos una casa. Salió un hombre que efectivamente por su color de piel y sus rasgos, hubiera podido ser mi hermano. Claro que antes habría que haberlo dejado sumergido en agua y jabón durante unas horas: Cuentan que la gente de Dha no se baña nunca. El conductor tradujo: allí podíamos quedarnos a dormir. Oscurecía, ya casi no se veía nada. A mí me dio miedo. Mucho miedo. La casa no tenía luz, los pisos eran de tierra y nuestro cuarto era cuatro colchones en el piso y una maravillosa ventana a la que le faltaba el vidrio mirando hacia valle.

Lo que siguió fue gracioso: Yo estaba desesperada y Francisca estaba extasiada. La madre quería, a toda costa, que su hija le dijera que a ella también le daba miedo pasar la noche allí. Pero Fran, fascinada, ya estaba instalada en un colchón debajo de la ventana.

-Ma, la que está muerta de miedo sos vos.

-Este lugar está perdido en el mundo. Y la puerta no tiene ni cerrojo. ¿Vas a poder dormir aquí, Frani?

-Claro, estoy genial, ma. Me encanta este lugar.

Finalmente hablé con el conductor y me dijo que cenaría con nosotras y que después se iría a dormir al jeep, que había quedado estacionado como a un kilómetro. No me quedó más remedio que relajarme, cenar a la luz de dos velas la sopa que nos trajo el ‘ario’, y calzarme mi linterna de minero para atravesar el patio e ir al baño, que consistía en un elemental agujero en el suelo. Dormimos vestidas, con camperas y capuchas puestas, y nuestros ángeles estuvieron atentos, porque no pasó nada. Al día siguiente charlamos con el dueño de casa. Con su básico inglés se las arregló para explicarnos que la gente de Dha desciende de los soldados de Alejandro Magno. Se habían quedado allí, quizá fascinados con la fertilidad del valle, y siglos después se habían convertido al budismo.

Antes de partir caminamos por la aldea. Los poquitos habitantes de Dha (se calcula que son sólo 200) tienen su propio dialecto, sangre aria y un valle maravilloso que los provee de comida durante todo el año. Pero viven olvidados, perdidos, en medio de la mugre más grande.

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