Largo viaje a Srinagar

Srinagar está pegada a la frontera con Pakistan y es la capital de la conflictiva y militarizada Kashmir. La región que circunda a la ciudad fue la más afectada durante la guerra con Pakistan en 1999 y hoy continúa siendo un enorme problema en India: Kashmir pretende separarse de India y convertirse en un estado independiente. De ahí que desde hace años grupos extremistas hayan cometido atentados terribles y que la presencia militar en la región sea densa y ponga los pelos de punta.

¿Qué estamos haciendo en Srinagar, atiborrada de soldados armados hasta los dientes, llena trincheras, calles cortadas por tanques y barricadas de alambres de púas? Después de recorrer un camino extenuante en varios jeeps-taxis compartidos, cruzar las montañas de Kashmir por el inolvidable y terrorífico paso de Zozi-La –carretera estrechísima de tierra sin banquinas ni señales que bordea los más impresionantes precipicios, llena de camiones, donde para colmo nevó y diluvió-, dejamos la paz budista de Ladakh y entramos en territorio musulmán.

Llegar a Srinagar nos llevó todo un día desde las 6 de la mañana y confieso que fue muy duro. La carretera que sube a Zozi-La era como un monstruo que había que sortear y varias veces le dije a mi ángel que era una pena morir acá, con todo lo que me falta ver. Otro tema es la manera en que conduce la gente: son suicidas que además van enchufados a la bocina. El resultado de tantas horas por caminos de muerte y eternos bocinazos, sumados a la música y el palabrerío en urdú de nuestros compañeros de viaje, es un dolor de cabeza y un mareo difícil de imaginar. Así que cuando llegamos a Srinagar lo único que queríamos era un hotel decente, limpio, con agua caliente. El Grand Hotel era, según la Lonely Planet, el mejor y más caro de los mid-budget. Allí llegamos a las 11 de la noche.

Soy una mujer ultra pacífica, de las que se banca situaciones adversas con bastante optimismo. Pero en el Grand Hotel perdí absolutamente el control. Detrás de una fachada pretenciosa nos esperaba la habitación más vergonzosa del mundo. La alfombra estaba empapada, el baño estaba sucio y a un kilómetro de distancia se veía y se olía que las sábanas estaban muy usadas. Bajé hecha una loca a la recepción y pedí hablar con el manager. Lo obligué a subir a mi habitación. Mi monólogo fue histórico: I’m a writer, I’m going to write in every travel book about this shameful hotel. Look at the wet floor! See the stained banckets! Tomé la almohada con dos dedos y se la estampé en la cara. Look at this pillow! Smell it! Smell it! It has been used a hundreds times! El hombre decía Sory madam (los indios no dicen sorry, dicen sory), Sory madamSory madamSory madam y nos pasó a otra habitación. Él mismo se fijó que las sábanas estuvieran limpias, como si eso fuera absolutamente extraordinario. Obviamente, a esa hora no podíamos más que quedarnos ahí. Traté de serenarme, aunque cuando fui a ducharme descubrí que el agua solo salía de la ducha si apretaba con una mano continuamente la canilla. Mi furia era descomunal. Fran, asombrada de mi estado, me miraba puro ojos y me decía a cada rato Calmate ma.

Bañadas y entre sabanas supuestamente limpias dormimos como angelitos. A la mañana siguiente nos mudamos al hotel de enfrente. Descansadas, felices con nuestra habitación nueva y el sol en el cielo, salimos a descubrir la bella y tremendamente militarizada Srinagar.

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