La magia de la quietud

Una vez que logramos atravesar las calles de Amritsar sin que nos pise un rickshaw o una moto, entramos a su Old Bazaar junto con una descomunal horda de gente. Vamos hacia el Golden Temple y no hace falta preguntar el camino: basta seguir a la multitud. Dicen que esto es así los 365 días del año, pero estamos en la semana previa a la festividad de Diwali, una especie de Navidad de origen hindú que se celebra a lo largo y ancho de India, y las aglomeraciones son aún mayores. Caminamos por las estrechas callecitas cual ganado, siguiendo el paso atropellado de la gente. Somos dos occidentales en medio de saris de colores estridentes, flacos sadhus medio desnudos que vienen en peregrinación quien sabe de dónde, familias con niños, ancianos que apenas pueden caminar. Muchos son sikhs, pero también hay personas de otras religiones y de distintas partes de India. El Golden Temple es una maravilla y es visitado por gente que llega de muy lejos con curiosidad de turista.

El apretuje, el sol rajante, los olores especiados y nauseabundos, los ruidos ensordecedores, la suciedad, los perros famélicos y los mendigos enfermos e inválidos se acaban a las puertas de este enorme paraíso. Es como si India quedara atrás y entráramos en otro planeta. El templo es blanco níveo, enorme, y guardias vestidos de azul marino custodian sus puertas. El caos al que estamos acostumbradas da paso a la más impresionante quietud. Tres sitios donde dejar los zapatos atendidos por voluntarios sikhs, ya que en el templo se entra descalzo, una urna llena de shawls gratuitos para la gente que llegó allí con la cabeza descubierta, un piletón chato donde enjuagarse los pies, un lavadero con varias canillas donde lavarse las manos y la cara. A pesar de los cientos de personas que entran al templo nada da aprensión: el agua fluye constantemente, los lavaderos están inmaculadamente limpios. Antes de entrar ya siento que se me eriza la piel. La reverencia y devoción de hombres y mujeres sikhs es emocionante. Todos se toman su tiempo en la entrada, preparándose con algún tipo de ritual para acceder al sitio sagrado. El gentío sigue siendo impresionante, sin embargo nadie empuja, todos entran en silencio y en el más completo orden.

Dentro el sol reverbera contra los muros blancos y el piso de mármol. La luz enceguece. El cuadrilátero, rodeado de anchas galerías con columnas, tiene en su centro una enorme estanque escalonado de agua turquesa. En el medio, como una isla, el Golden Temple. El templo, construido totalmente en oro, es impactante, aunque es lo que a mí menos me interesa. Yo quedo pasmada por la quietud de ese lugar mágico, por los cánticos sikhs que suenan como un arrullo, porque la gente súbitamente se ha transformado y camina a paso lento alrededor del gran estanque o se sienta bajo las galerías a disfrutar de la nada. El ambiente del Golden Temple induce a eso, a entregarse a la más completa nada, a perderse en un soporífero vacío. En India la paz es esto, el cielo es esto.

Muchos hombres de distintas edades leen pequeñísimos libros santos. Otros, siguiendo una especial y púdica ceremonia, se sacan las ropas, aseguran la pequeña daga que suelen llevar los sikhs en el turbante, y hacen abluciones con el cuerpo sumergido en el agua. La música sigue sonando. La gente sigue caminando alrededor del estanque. En esa claridad son todos tan hermosos. Las mujeres envueltas en increíbles saris, los bebés con los ojos pintados con khol, los ancianos con túnicas naranjas o blancas y turbantes de seda color fucsia, violeta o amarillo.

En las esquinas del gran cuadrilátero hay cocinas donde se da de comer gratis. La ración es sagrada y se sirve durante las 24 horas de los 365 días del año. La gente come con la mano, cuidando de no arrojar al suelo ni un grano de arroz. Los cocineros son voluntarios, los que se ocupan de mantener constantemente el suelo impecable también. En una zona sombreada un viejo cuenta-cuentos cuenta una historia. La gente lo sigue absorta, fascinada, hipnotizada con el relato.

Doy tres vueltas al estanque, siempre siguiendo las agujas del reloj. Como yo, Fran anda quién sabe dónde, entregada a su fascinación.

Mientras la espero busco un lugar en la sombra. Me apoyo contra una columna, cierro los ojos y me entrego al acopasado vaivén de mi respiración. Cómo ansiaba esta quietud.

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