Color Cartagena

Me salteo Bogotá, me salteo los kilómetros en bus hasta San Gil, las caminatas por el precioso Barichara y el trek demoledor hasta la Cascada de Juan Curi.

Estoy en Cartagena y no puedo pensar para atrás. Caliento mis dedos y mi cabeza con una Águila bien helada y trato de no moverme al compás de la música que suena en el bar Media Luna, en el barrio de Getsemaní.

Son las cinco y media de la tarde y el viento ha comenzado a soplar. Las copas de las palmeras barren la modorra de la siesta caliente y la ciudad se prepara para fiestear. Ahora se puede respirar, los ventiladores de las casitas del barrio causan algún efecto, por las ventanas entran rachas de viento marino, por las calles se arremolinan olores a pescado frito, a fruta madura, a jugos tropicales, a asfalto eternamente calcinado.

Es la tarde, qué felicidad. Las olas golpean enloquecidas y transparentes contra las viejas murallas, se vuelan los vestidos blancos de las bellas mulatas, los hombres se regalan la primera cerveza del día y un cigarrito.

En la ciudad vieja las plazas se llenan de turistas. En la de Santo Domingo, en la de San Pedro Claver, las mesitas invaden cada rincón. En la plaza Bolívar -la única de la ciudad vieja sombreada por enormes árboles- los cartageneros miran otra tarde pasar.

Desde que estoy aquí ando perdida en los recuerdos. Me digo que nada de lo que he vivido importa, sin embargo Cartagena me lleva continuamente a otros lugares. Tiene los destellos de la fantástica Cádiz, el viento aliviador de Essaouira, los colores de La Habana. Sí, qué locura, en Cuba todavía no he estado. No en esta vida, pero de alguna forma o en otro momento la habré visitado. Las campanas de las iglesias me traen nuevamente aquí. En ninguna parte del mundo he escuchado estos tañidos horadados de sal y humedad de mar.

Otra vez doy la vuelta entera a la ciudad vieja caminando por la parte más alta de las murallas; saco las mismas fotos que saqué esta mañana. No puedo con tanta maravilla. Bunganvillas moradas enredadas con blancos jazmines, malvones cayendo en cascada desde los balcones de madera, torres, cúpulas y campanarios asomando entre desconchados muros amarillos, celestes y granates.

Atravieso la Puerta del Reloj, me voy hacia Getsemaní. En el barrio, mucho más popular, late fuerte la vida. Los puestos de comida -chorizos y queso fritos, palitos de carne asada- han invadido las esquinas. Las familias han sacado las mecedoras a las veredas. Conviven con la vida, con borrachos perdidos, con alguna prostituta que ha salido a hacer la calle desde temprano. Los restaurantes ya están llenos. El Plato típico (pescado, carne o pollo con arroz moreno medio dulzón -hecho con pasas y coco-, yuca frita y ensalada aderezada con cilantro) ha pasado a ser mi preferido.

Cartagena, poco a poco, se apaga. Se encienden los faroles y huele a noche. Se escucha música; las mujeres –tan mujeres- caminan al compás; los hombres no se cansan y siguen diciendo piropos: Ah, mi reina, mi sol, vente conmigo lady, te regalo mi vida, todo te lo doy. Mira qué noche, mira qué luna cosita rica, vámonos al mar, que en la vida lo que vale es disfrutar.

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