Cabo de la Vela bajo el sol

A pesar de calor seco que durante el día abrasa la tierra, las noches en La Guajira pueden ser heladas. La primera oscuridad trae un frescor delicioso, pero más tarde la humedad del mar caracolea por la arena, trepa por el aire e invade las hamacas. Lo sabía de antemano, así que antes de dormir me disfrazo de esquimal con una muda que traje especialmente. Un esquimal raro, porque entre la ropa y mi piel navega un montón de arena.

Hace tres días que estoy en Cabo de la Vela. Aquí el tiempo pasa a su aire, así que es difícil saber si esto es mucho o poco. Si tuviera un espejo vería que tengo el pelo más claro de tanto bañarme en el mar y la piel más oscura de estar todo el día al sol, o sea que tres días me han cambiado. También he perdido mi olor natural y mi decoro, ahora huelo a sal y mi ropa está blancuzca y acartonada. Por lo demás, cada vez que me levanto veo todo igual, todo sucede igual, como si la vida aquí fuera una eterna ceremonia: Al amanecer el Cabo tiene un color entre gris y amarillento. El mar está deslustrado; la arena, la calle terrosa y la paja de las chozas parecen mojadas. Apenas un rato después el mar se ha puesto turquesa-verde-azul. El aire se ha secado, la arena se llena de brillos, la tierra reverbera rojiza y la paja de las chozas despide aroma a quemado. Los pescadores que han salido con sus barcas en la madrugada vacían sus redes en la playa. Mujeres y críos, acuclillados en la orilla, limpian parvas de pescado.

El español, la colombiana, mi amigo austríaco y nuestro querido hippie argentino hacemos todos los días lo mismo: desayunamos pescado, banana frita y arroz y después caminamos. Caminamos sin saber demasiado hacia dónde vamos, sólo guiándonos por lo que nos dice la gente. Los cinco nos llevamos increíblemente bien. Debe ser, seguramente, porque todos somos, antes que nada, viajeros solitarios. Podemos hablar y reírnos un rato larguísimo y quedarnos callados un montón de tiempo; cada cual entra y sale de su mundo cuando quiere, sin avisar ni pedir permiso. Cuando conversamos, hablamos de los sitios donde estuvimos y de los que deseamos conocer. Entre viajeros siempre es así. El español es un trotamundos nacido en Azlor, un precioso pueblecito del Somontano de Barbastro, en Huesca, sobre el que escribí para las Rutas Audi hace un par de años. Azlor tiene sólo 150 habitantes y todavía el oscense no puede creer que yo haya estado allí. Su novia colombiana abandonó su Bogotá natal huyendo de la violencia de la FARC y se echó a andar por Latinoamérica. De mi amigo austríaco sólo basta un dato: hasta hace unos meses estaba sacando fotos a los monjes budistas en mi ansiada Birmania.

Nuestro joven hippie argentino lleva varios meses de viaje y es evidente que va a salir airoso de su bautismo de fuego. Es un “pichón de viajero” y de él podría escribir una novela. Adoptado de mil amores por el resto de nosotros, agradece cada vez que nos sentamos a comer y pregunta y pregunta, ávido por saber. Todo le sorprende, especialmente el hecho de estar viviendo lo que está viviendo. Con su alma de niño al aire, mirando la nada y dirigiéndose a él mismo más que a nosotros, a cada rato dice Qué buena vibra, Qué hermoso, Cuando crezca quiero ser viajero. Yo me río y le digo que ya es viajero, que después de esta experiencia jamás podrá quedarse quieto por mucho tiempo. Cada vez que lo miro, que lo escucho, la ternura me desborda. Es que yo sé la enorme distancia que ha recorrido. Nuestro hippie viene de uno de los mil barrios porteños. Puedo imaginarme su casa, su familia, sus amigos y a su madre, que lo debe extrañar a cada instante. A veces estoy tentada de pedirle su teléfono. A mi vuelta a Buenos Aires podría llamarla y tranquilizarla, decirle que su hijo está muy bien. Pero me muerdo la lengua y no le pido nada, me digo que cada cual elige su viaje y lo que hace con él.

Nuestras caminatas cada vez nos llevan más lejos. El primer día bordeamos la bahía y trepamos hasta el faro que la cierra. Desde allá arriba descubrimos que al otro lado del agua quieta se extiende una costa accidentada, desolada y salvaje. El Pilón de Azúcar, una gran montaña que se desbarranca en el mar, pasó a ser nuestro siguiente destino. Durante horas y bajo un sol de fuego caminamos por un paisaje rojo oscuro, tapizado de extrañas piedras que parecían caídas del cielo. En todo el trayecto nunca nos cruzamos con nadie; el único vestigio humano fue un cementerio wayúu con pequeñas tumbas blancas. Estaba rodeado por un cerco de cactus, como queriéndole impedir la entrada a quién sabe quién, o qué cosa. Cuando finalmente bajamos a la playa del Pilón parecíamos cinco Robinson Crusoe enloquecidos. Teníamos tanto calor y estábamos tan agotados que nos zambullimos en el mar sin saber lo que hacíamos. Al instante la violencia de las olas nos dio miedo. Nos engullían para después arrojarnos a la playa con los trajes de baño desacomodados y el pelo enmarañado con algas y arena.

Punta Gallinas es nuestra próxima aventura. Dicen que si Cabo de la Vela es remoto, Punta Gallinas es el fin del mundo. El trayecto a través del desierto es duro y lleva más o menos 5 horas. Nuestro dueño-cocinero, quien tiene una camioneta con bastante buena pinta, nos llevará. Hablando de él, ya van tres noches que cenamos langosta. La hemos comido asada, rellena y con mayonesa. Suena un poco monótono, pero a la vuelta de nuestras caminatas tenemos tanta hambre que la devoramos con fruición, manjar de los manjares, acompañada por cerveza tibia y arepas recién hechas.

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