Tikal, la belleza de la espera

Escuchaba los pesados goterones que caían de los árboles pero no llovía. La senda estaba resbaladiza de barro blando, hojarasca y musgo, y una espesa niebla blanca velaba la tierra y el cielo. Sólo al aproximarme mucho distinguía las ceibas gigantescas, los helechales mojados, las palmeras apretadas, las enredaderas florecidas, los líquenes que desde lo alto de los árboles aquí cuelgan como barbas de viejo hasta el suelo. Los últimos sonidos de la noche se mezclaban con los primeros de la mañana. Graznaban, silbaban, cantaban, piaban, batían alas pájaros invisibles; pequeños monos agitaban las ramas. Un animal desconocido aullaba y su grito grave, como de bicho en celo, retumbaba en la selva.

Al llegar a la Gran Plaza de Tikal trepé al Templo de las Máscaras. Aquí estoy, sentada en el escalón más alto. Cinco y treinta de la mañana y aunque ya ha amanecido la ciudad maya está desaparecida. Los templos que me rodean son difusas moles negras, la bruma es la reina de la mañana. Me digo que hay que esperar a que el sol disipe la niebla, de eso se trata y me gusta: hace ya un tiempo que estoy de viaje y en algún lado, probablemente en las incontables horas pasadas en los chicken bus, he perdido el apuro.

Qué belleza la oscuridad blanca que me rodea, qué belleza este silencio lleno de extraños sonidos, qué belleza el olor húmedo de la selva, qué belleza el tip-top tip-top de los goterones de la lluvia que, misteriosamente, no me moja ni tampoco cae del cielo.

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