La señora Esperanza

Entré al hostal como un náufrago: Por favor deme una habitación decente, una cama con sábanas blancas, un baño con agua caliente, un laundry donde vaciar toda mi mochila. Mi ansiedad contrastaba con la calma chicha de la Isla de Flores. Aquí todo funcionaba al compás lento de los ventiladores. Ovidio (quien después fue mi amigo) me dijo: Disculpe seño, no tenemos disponibilidad. Yo estuve a un tris de ponerme a llorar. El viaje desde Cobán hasta la pequeña ciudad de El Petén había sido larguísimo, con un montón de trasbordos de combis y el cruce del río Pasión en canoa. 
-Yo llamé, pero las líneas estaban mal.
-Así es, aquí eso es normal. 
-Y ahora adónde voy. 
-Pues seño, no sé.

Me quedé muda y me dije que el destino me lleve a donde me tenga que llevar, sino -la mochila como lastre- me tiro a las aguas del lago Petén-Itza. Pichón mojado, todavía abrigada aunque en Flores hacía más de 30 grados, escuché que alguien me hablaba. Veía televisión a un costado de la recepción, su gigantesca humanidad desparramada entre almohadones. 
-Y tú de dónde eres, española de Andalucía o qué?
La mujer tenía el pelo retinto, la piel blanca, los ojos color miel. Ladina le dicen en Guatemala a esta casta, mezcla de nativo y conquistador español.
-No soy andaluza, soy argentina. ¿Es usted la dueña del hostal? Mi nombre es María, encantada.
-Así es corazón, bienvenida. Yo soy Esperanza.

Esperanza no tiene cejas: se las ha depilado enteras. En vez de pelitos tiene dos trazos curvos café perfectamente dibujados sobre sus ojos. La boca como un bombón rojo, los pómulos llenos de colorete, una blusa con ristras de volados, un jogging azul y zapatillas blancas. Mamá no se parecía ni remotamente a Esperanza, pero de pronto lo único que quiero es volver a ser niña y que esta señora me proteja.
-Ya te ha dicho Ovidio, no hay disponibilidad.
-Pero duermo en cualquier lado, en un huequito que le sobre. Sólo présteme un baño donde ducharme, Esperanza. 
Esperanza ríe y dice que todas las argentinas, como las andaluzas, somos unas exageradas. 
-Es que me gusta todo, su hostal, Ovidio, usted y su nombre. Me gusta esta isla, me gustan los techos de chapa de las casas, las barcas de colores. Quiero dejar mis cosas en algún lado e irme a un muelle a no hacer nada mientras cantan los zanates.
La risa otra vez y a Esperanza se le sacunden las carnes. A que en tu tierra no hay zanates. Si los hubiera querrías una tarde sin ellos. Ah con estas mujeres lejanas, dice a un San Benito enmarcado en una pared, y luego da instrucciones a Ovidio para que me instale en la habitación número 6.
-Mañana te mudamos a una habitación como la gente-, me dice levantando una ceja café.
Yo me muerdo los labios para no llorar de alegría, vacío mi mochila entera en el laundry, me doy un baño, ceno frente a los muelles mientras arman barullo los zanates. Después me duermo rodeada de olor a limpio, porque la número 6 que me ha regalado Esperanza es una habitación extraña, más bien el depósito donde apiladas en estanterías se guardan las sábanas y toallas blancas.

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