Luna nueva

Cansadísima por el larguísimo viaje pero como esas ansiosas enamoradas que en breve y después de mucho tiempo se reencontrarán con un amor. 

En ese estado aterricé en Kathmandu, así me tomé un taxi destartalado, atravesé la ciudad y llegué a Boudhanath. En el camino, con los ojos entornados por el sueño, comprobé que Kathmandu no ha cambiado nada en casi tres años: El polvo enturbiando el cielo, el tráfico enloquecido, los tuc-tuc, rickshaws y mini buses sobrecargados de gente, los edificios sosteniéndose uno a otro, las calles sucias y rotas. Pensé, cómo puede gustarme tanto este lugar.

Pero dejo Kathmandu para otro momento; ahora estoy en Boudhanath, ese lugar al que tanto deseaba volver. Boudhanath es un barrio ubicado a 11 km del centro de Kathmandu, tan distinto al resto de la capital de Nepal que parece que fuese un diminuto planeta boyando solitario en el universo. Este minúsculo mundo gira en torno de una de las stupas (templo) budistas más grandes y antiguas de Asia y es el refugio de una enorme comunidad de exiliados tibetanos. Cuentan que cuando Kathmandu ni siquiera existía, los mercaderes que iban y venían de Tibet a India se detenían en la Stupa de Boudhanath para agradecer el haber atravesado los Himalayas sanos y salvos o para pedir protección antes de cruzarlos. Aunque el barrio budista tiene una historia de más de 1500 años, creció y renovó su importancia a partir de la década de 1950, cuando comenzó a recibir una cantidad enorme de tibetanos que huían de la terrible invasión china a su país. Hoy Boudhanath parece un pequeño Tibet. En el barrio se han construido incontables monasterios y se vive según costumbres tibetanas. El sitio, aunque sencillo y humilde, es absolutamente mágico. Los rostros, las vestimentas, las tiendas, los objetos que se venden, la comida, el continuo sonido de las campanitas y de las ruedas de oración, las lámparas de manteca siempre encendidas, los cánticos de los monjes, las ristras de banderitas de colores sacudidas por el viento, las repetidas postraciones de los devotos, la circunvalación de cientos de tibetanos con sus trajes típicos, sus malas y sus ‘sonajeros budistas’ alrededor de la stupa desde el amanecer hasta el anochecer, hacen que Boudhanath sea hipnótico.

Volvía a ese sitio que amaba y eso me bastaba. Pero soy una mujer afortunada: Boudhanath estaba tal como lo recordaba pero algo extraordinario sucedía. La entrada de la stupa estaba cercada por varios voluntarios que se aprestaban a pintarla y engalanarla. La gente se arracimaba a su alrededor, donaba unas rupias y echaba un puñado de cal en los barriles. Los que podían donar unas rupias más, colaboraban para cambiar las ristras de banderitas que adornan la stupa. Pregunté y me dijeron que en cuatro días se festejaría la luna nueva, así que durante mis primeros tres días en Boudhanath presencié un inmenso y conmovedor trabajo comunitario. Haciendo equilibrio en las alturas, los hombres limpiaron la enorme cara dorada de Buda que remata la gran stupa, encalaron todo el templo, quitaron las interminables ristras de banderitas desteñidas y colgaron unas nuevas de colores brillantes. Las mujeres, en los pasillos y corredores que rodean la stupa, barrieron hasta la última mota de polvo, cambiaron el agua de miles de cuencos y en cada uno de ellos pusieron un flor recién cortada. Por último, durante el atardecer del tercer día, la cúpula del templo fue completamente decorada por frescas guirnaldas de caléndulas.

En la mañana del día de la luna nueva de marzo, la Stupa de Boudhanath era un destello de blancura contra el cielo.

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