Cuando lo único que importa en Bangkok es Myanmar

Me desperté en medio de la noche y no supe dónde estaba. Los relámpagos se metían en mi cuarto a través de las cortinas transparentes y la lluvia martillaba contra las ventanas.

Dónde estoy.

Pensé: Este diluvio es Bangkok. Esta habitación está en el cuarto piso de Wendy’s house. Volé hasta aquí desde Marruecos durante 20 horas. Estoy cansada y mareada.

En ésa estaba, intentando echar raíces en la Tierra, cuando caí en la cuenta de que a la mañana siguiente tenía que despertarme al alba: Mi meta no es Tailandia sino Myanmar, y debía estar en la Embajada para tramitar la visa lo más temprano posible. Así que dormí poco y las 6,30 estaba tomando el desayuno. Diez minutos más tarde viajo a la velocidad de la luz en el impoluto e insonoro Skytrain que desde las alturas atraviesa buena parte de Bangkok. Hora pico, teléfonos encendidos, headphones conectados, make up celeste, tacos altos, polleras cortas y ajustadas, peinados raros. Voy desdoblada: Veo las silenciosas pantallas de TV incitando al consumo con espectaculares avisos de autos, relojes, tecnología y ropa de marca, la ciudad ordenada y sus torres futurísticas. Sin embargo, aún puedo oler el aroma a sardinas asadas que inunda a toda hora las calles blancas de Essaouira, aún puedo escuchar los llamados a la oración desde los minaretes y el graznido constante de las gaviotas; puedo ver las mujeres veladas, los hombres en chilabas, los oscuros callejones donde anidan innumerables gatos. Atravesé el mundo en unas horas; de Marruecos a Tailandia tan rápido. ¿Dónde tengo mi alma? No en Bangkok, aquí mi única meta es lograr la visa para entrar a la ex Birmania.

Surasak, en esa estación me bajo. Camino 4 cuadras, son las 7 y media y ya hay gente, soy la novena en la fila. Tengo todo: el formulario que compré por 5 Baht en un kiosco, 2 fotos color, fotocopia de mi pasaporte, el ticket de mi vuelo a Myanmar para dentro de 2 días. De pronto me pesa el jet lag, me siento en la vereda y cierro los ojos, pasa una hora, la fila atrás mío ya da vuelta a la esquina. A las 9 abren las puertas. Todo es simple y los empleados son muy amables, aunque a los italianos que están adelante mío no les darán la visa en el mismo día. Yo insisto, muestro mi ticket de avión, pago 1260 Baht y me dicen que a las 15,30 estará lista.

Decido ir a conocer la zona de Silom. Me pierdo en los interminables mercados. Apretados, atiborrados y a la vez ordenados, camino entre mil puestos de comida, zapatos, artículos para el hogar y ropa. El olor de la comida Thai me vuelva loca: Si pudiera comer con la nariz me alimentaría respirando. En un puesto callejero almuerzo una Crab and Tofu salad, tomo té verde helado, como piña y coco y mango recién cortados. Entre las torres el cielo se pone violeta-negro y diluvia. Faltan todavía dos horas para recoger mi visa. Me refugio en una librería y compro la Lonely Planet de Myanmar. A las 14,30 vuelvo a la Embajada. Ya hay 4 personas esperando. Uno de ellos es un periodista canadiense. Me cuenta que ya ha estado en Myanmar 2 veces, pero que no le bastan las noticias de los diarios: quiere volver para ver qué sucede con el arribo de la democracia después de tantos años de dictadura y encierro, quiere comprobar con sus ojos este momento histórico. Como él somos varios; si la fila a la mañana era larga, a las 3 de tarde y bajo el sol inclemente que ha vuelto a salir entre los nubarrones es interminable. Esta vez no hay orden: a las 15,30 la gente aprieta e intenta llegar de cualquier forma a los mostradores. Finalmente me toca a mí: primero me dan un pasaporte húngaro, después ¡sí!, mi pasaporte italiano. Chequeo: todo está en orden. Vuelvo a la estación de Surasak, tomo el Skytrain hasta el National Stadium y de ahí camino hasta Wendy’s house, el hostel donde me hospedo. A las cinco de la tarde ceno Chilli fried rice y me tomo una cerveza Chang helada. A pesar de que quiero escribir y leer, a las 7 estoy durmiendo.

Ahora son las 3 de la madrugada y estoy despierta desde la 1,30. Sí, padezco un tremendo jet lag, pero estoy feliz: tengo mi visa para entrar a Myanmar. Mi viaje a la ex Birmania está a punto de comenzar.

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