Mingala-ba Rangoon

Me desenredo de las sábanas, abro los ojos, una luz lechosa se filtra a través de la ventanita de mi habitación. Miro mi reloj: todavía no son las seis. Me visto, evito el precario ascensor de la guest house donde me hospedo y bajo por las escaleras. En el minúsculo comedor huele a Fried noodles y a bananas. Las cuatro mesas están ocupadas, así que me siento a esperar en la salita donde está la televisión. Una señora muy mayor con un tradicional tocado de flores blancas en su pelo negro se me acerca y me da una taza con agua caliente y un sobrecito de café instantáneo. La saludo con un Mingala-ba (buenos días, la única palabra que sé decir en birmano) y ella, sus ojos desaparecidos bajo los pliegues de sus párpados, sonríe y me dice todo junto Mingala-ba-good morning. En un inglés muy básico me pide que la llame Mama y me aclara es la abuela de la casa. Mama se sienta a mi lado, me mira con curiosidad durante unos instantes y me pregunta cómo es viajar sola. A mí me gusta, le digo, si estuviera acompañada seguramente estaría hablando con mi acompañante y me perdería esta conversación que estoy teniendo con usted. Y cómo es vivir en Yangon, le pregunto yo. Nací aquí, en Rangoon, me dice, always very very difficult. Y ahora, ¿es mejor? vuelvo a preguntar, sabiendo que en Myanmar la mayor parte de la gente es reacia a responder preguntas que tengan que ver con la situación política del país. Same same, contesta en voz baja, nos dicen que ahora vivimos en democracia porque hubo elecciones, pero nada ha cambiado, los generales siguen estando aquí. Mama me palmea suavemente la rodilla y me pregunta: You no husband? Children? Want noodles?

El calor es pegajoso, el aire, como empapado, moja mi ropa y mi piel. Además de la vida, tantas cosas suceden al mismo tiempo cuando uno viaja. Ahora, en la calle, soy consciente de la tremenda adrenalina que me genera el primer encuentro con personas de una cultura que me es completamente desconocida. No sé si mi presencia los incomodará o si seré bienvenida, si me observarán o pasaré desapercibida, si me entenderán, si serán solícitos o me evitarán cuando les hable o les haga una pregunta.

Yangon recién amanecido ya es un hervidero de gente. Los light trucks y los tuk-tuk van colmados, los puestos ambulantes estrechan las calles, las mesas de los cafés están todas ocupadas. La actividad es intensa, sin embargo se percibe una extraña tranquilidad, como si la vida fluyera a un ritmo de otro tiempo. ¿Cuánto leí sobre Myanmar antes de viajar? Lo que pude, lo suficiente para desear estar acá. A media cuadra de mi guest house veo una vendedora de sandías con grandes rectángulos blancuzcos pintados en ambas mejillas. En un primer momento pienso que será una costumbre de una etnia en particular, con el correr de los días descubriré que casi todas las mujeres de Myanmar, adultas o niñas, untan su rostro con thanaka, una pasta hecha con la corteza de un árbol que sirve como protector solar y exótico make-up. Qué felicidad no saber nada, me digo, nada de nada a pesar de lo que leí, un paso y otro paso y sorprenderme, tener un mundo nuevo por descubrir.

Camino sin rumbo y me pierdo en un gran mercado callejero. Nada, no sé nada. Ni el nombre de las verduras ni el de los pescados, ni el del guiso que se cuece en grandes cacerolas de aluminio, ni el de las plantas que parecen raras algas, ni el de unos ¿moluscos? que se venden vivos. No sé en qué idioma habla la gente, no entiendo lo que dice. Nadie habla en inglés, los letreros están escritos en el redondeado alfabeto birmano, sin traducción. Los hombres mascan betel, la boca como una cueva oscura, los dientes teñidos de rojo sangre. Las mujeres, con longyis y blusas de colores, sonríen con el rostro embadurnado con thanaka y los ojos rasgados. Casi todas: no sonríen las musulmanas, cubiertas con sus tradicionales velos oscuros. Entre la mezcla de gente distingo también algunas mujeres con un bindi rojo en la frente. Son hindúes descendientes de inmigrantes llegados de la India hace décadas, cuando Myanmar se llamaba Birmania y era colonia británica; ésas tampoco sonríen, sólo miran con ese mirar fijo de los hindúes, esa mirada tan hermosa que casi da pudor. La calle por donde ando perdida desemboca en un gran galpón de madera construido por los ingleses hace más de 100 años. Dentro, todos los vendedores son hombres. Apenas iluminados por débiles bombitas que cuelgan desnudas desde lo alto del techo, los carniceros trozan carne y los polleros degüellan gallinas. La mayoría de los vendedores me saluda respetuosamente; algunos intentan decir unas palabras en inglés. What country? You budhist or muslim? Un hombre de unos 70 años, vestido a la occidental y dueño de un puesto de especias, me detiene y comienza a hablar, orgulloso de su buen inglés. Me cuenta que su familia llegó a Myanmar desde Madras cuando él era un niño. No recuerda nada de la India, sólo el largo viaje en barco a través de la Bahía de Bengala. Cuénteme cómo era el barco, le pido. Oh, it was a very big ship with white sails…

Cuando salgo del mercado miro por primera vez al cielo. Estoy a sólo tres cuadras de Sule Pagoda, el gran templo budista de techos dorados considerado centro neurálgico de la ciudad y los edificios que me rodean se caen a pedazos. Veo ruinosas casonas inglesas, deterioradas construcciones de la época socialista, mezquitas, una iglesia metodista, una sinagoga. Pienso: El 90 % de los 60 millones de habitantes de Myanmar practica el budismo, el 10 % restante esta compuesto por musulmanes, animistas y cristianos. El país tiene más de 100 etnias. Es uno de los países más pobres del mundo, sin embargo cuenta con extraordinarios recursos naturales. Un 1,5 % del PBI se destina a educación y salud. Cerca de la mitad del PBI se destina a las fuerzas armadas. Myanmar cuenta con 500.000 militares. También, aproximadamente, con la misma cantidad de monjes budistas. Datos, tengo un montón de datos, pero no sé nada. Son recién las 11 de la mañana; en un humilde y diminuto local atendido por indios me tomo un lassi tibio y me digo que si no me muero con esto no me muero con nada. Después voy hasta la entrada de Sule Pagoda, me acerco a la jaula donde un hombre tiene encerrados cientos de pajaritos, elijo uno, pago unos poquitos kyats y el pajarito vuela libre otra vez, confundido al principio, pero embriagado en seguida con tanto cielo.

Los datos sobre estadísticas los extraje de UNICEF, BBC, Lonely Planet y Rough Guide.

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