Treinta años

Estabas vestida de hada y me peinabas. Hablabas sola, me deshacías la madeja de mi melena, me hacías peinados imposibles. Yo leía Crimen y Castigo, lo sé porque jamás olvidaré mi tamborilear sobre las tapas de ese libro. Crimen y Castigo sonaba como ningún otro libro y olía a chocolate.

Una cuchara de madera como varita mágica, un vestido mío que arrastrabas por el piso, la boca pintada a la perfección con uno de mis lápices de labios, convertías las tardes en fabulosos cuentos. Tus personajes vivían dentro del ropero de tu cuarto. Lo abrías y todos se desperdigaban por la casa. Subían las escaleras, se metían en la despensa, se escondían en el baño. Vos los buscabas, les hablabas, les dabas lecciones, los retabas. Y me peinabas.

Esas tardes en el campo eran maravillosas. Después del almuerzo tu hermano se iba al colegio con su delantal blanco y nos quedábamos solas. La chimenea prendida, el silencio del invierno, yo leía recostada en el sofá debajo del ventanal del living. Vos me peinabas con cuidado y me decías: ¿Así de despacito está bien, mamá? Yo asentía mientras leía, y de pronto desaparecías con tu cuchara de madera – varita mágica dejándome toda despeinada. Por un rato largo deambulabas por la casa; desde el sofá te oía hablar con tus amigos habitantes del ropero. Después volvías, dejabas la varita mágica, y disfrazada de hada -tus labios rojos, un vestido mío arrastrando por el piso-, me peinabas.

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