Callada siempre se ve mejor (Primera parte de Cincuenta días en Nepal)

Voy acumulando vidas; se me hace que este viaje se suma a las varias que ya he vivido. Había estado en Nepal tres años atrás, aunque lo había recorrido llevando a cuestas el cansancio de un largo trajinar por India. La sensación que tenía ahora era extraña: Volvía a un sitio que conocía deseando constatar lo que recordaba o redescubrirlo y verlo de otra manera. A diferencia de la primera vez era dueña del tiempo, el apuro no existía, así que me entregué, sin planes, sin horarios, sin itinerarios, a que Nepal me mostrase lo que me quisiera mostrar. En Kathmandu evité el turístico Thamel y me instalé en la guest house de un monasterio budista de Boudhanath.

Durante los días que estuve allí no hice nada extraordinario. A la mañana iba hasta la gran Stupa, observaba el circunvalar de los devotos budistas, y junto a ellos, y haciendo rodar las innumerables ruedas de oración, yo también circunvalaba. Después vagaba por las callecitas entre el trajín de los laboriosos tibetanos, visitaba algún monasterio y escuchaba el recitar de los monjes. Pero siempre volvía a la Stupa, y si no volvía a circunvalarla me ubicaba en un rincón muy quieta, observándolo todo.

Un día decidí ir a Lumbini, donde hace más de 2500 años nació Siddartha Gautama, el Buda. El lugar queda en la región de Terai, cerca de la frontera con India. Saqué un pasaje en una compañía de autobuses que me recomendaron y a las 6 de la mañana, todavía de noche, me tomé un taxi hasta la estación de Kalanki. Durante un tiempo indeterminado estuve sumergida en el más completo caos y por esas cosas que tiene Nepal, terminé viajando a Lumbini en un destartalado mini bus que rebasaba de gente y que en vez de las usuales 7 horas tardó 12.

En Lumbini me alojé en el Korean Temple, alquilé una bicicleta y recorrí la zona, hoy salpicada de monasterios budistas de todo el mundo. Lo que más me gustó de Lumbini fue el perfume a Dama de noche que extrañamente se olía bajo el sol y en pleno mediodía. Era intensísimo y me estremecía. Un día devolví mi bici y me tomé un bus local a Tansen, un viejo pueblo Newar trepado a una colina. En el trayecto me hice amiga de cuatro chicos que recaudaban fondos para su escuela vendiendo lapiceras. En una parada comimos pepinos abiertos al medio rociados con comino; se los compramos a un vendedor ambulante a través de una ventana. En Tansen, y porque sí, me quedé sólo un día; partí a la mañana siguiente en un largo viaje lleno de conexiones hacia Pokhara. Viajé en la caja de un jeep, en una combie, y en un autobús viejo y desvencijado donde no cabía ni un alfiler y en cuyo techo se amontonaban personas, gallinas y cabritos.

El estar sólo conmigo misma y la lentitud con la que corría el tiempo hicieron que fuera mutando de piel y de ropa. Como en otros viajes me di cuenta de que se me habían agrandado los ojos, sensibilizado las manos, ensanchado la sonrisa. Podía mirar con todo el cuerpo. El silencio fue mi mejor amigo: callada siempre se ve mejor. También se intuye mejor. Se oye mejor. Se oyen cosas lejanas, palabras que nadie dice, se escuchan pensamientos ajenos y los latidos del propio corazón. Fue en la caja del jeep, rodeada de pastores y mujeres Newar, que me di cuenta de que me había convertido en una esponja que absorbe y mágicamente nunca chorrea, una esponja que aunque se colma de agua no pierde ni una gota. Todo lo llevaba en mí.

Llegué a Pokhara muy tarde y cansada. No había hecho ninguna reserva y por suerte encontré una habitación libre en una guest house simple y preciosa que recordaba de mi primer viaje. Mi cuarto estaba pintado de azul, daba al lago y tenía una silla y una mesa en la terraza. Estando allí me escuché hablar largo y tendido por primera vez en muchos días. Además tuve sorpresas. Erik, un chico vasco que junto a su madre estaba alojado en la habitación de al lado, resultó ser voluntario de la misma ONG con la que yo había contactado hacía tiempo y con la que me había propuesto colaborar. Los dos estábamos sorprendidos con la coincidencia, ya que él vivía en Kathmandu y estaba en Pokhara sólo por unos días, acompañando a su madre que desde Hondarribia lo había venido a visitar. La otra sorpresa fue reencontrarme con el dulce Kiran, mi guía durante el primer trek que tres años atrás había hecho por la cordillera de Annapurna. Había perdido sus datos de contacto y parecía imposible dar con él, sin embargo las cosas y los encuentros suceden cuando tienen que suceder.

En Pokhara me dediqué a caminar a lo largo del lago y a conversar con los refugiados tibetanos que venden artesanías. Un día volví a alquilar una bicicleta. La vendedora tibetana que estaba siempre en la puerta de mi guest house me había relatado su penosa huida de Tibet en 1959, cuando siendo una niñita había cruzado a pie los Himalayas con sus padres y sus hermanos, así que quise ir a conocer el campamento de refugiados donde todavía vivía. Pedaleé toda la mañana cuesta arriba y llegué a un barrio humilde adornado con miles de banderitas budistas. En su centro había un monasterio con las puertas abiertas. Durante un rato escuché los cánticos de los monjes resonando en la penumbra y luego, el viento en la cara y los pedales libres, regresé a Pokhara.

Las conmovedoras historias y la situación de los inmigrantes tibetanos ocuparon toda mi atención durante varios días. Supe que muchos de ellos permanecían en Nepal indocumentados, lo que les impedía acceder a servicios de salud y educación. También me enteré de que la policía china tiene libertad para apresar a los huidos del Tibet y expatriarlos sin dar cuenta a la policía nepalí. Por otra parte, China está colaborando mucho con el gobierno nepalí en sanidad (los hospitales de Kathmandu están repletos de médicos chinos), educación y otorgamiento de créditos para viviendas. A primera vista esto es muy bueno, aunque muchos nepalíes temen que éstos sean los primeros pasos de China para fagocitarse a Nepal, tal como hace ya más de sesenta años hizo con Tibet.

Me encantaba mi cuarto de mi hotelito, me gustaba tener señal de internet desde mi cama y el agua muy caliente que salía de la ducha. También me gustaba el Nepali Thali y el Palak Paneer que servían en el restaurante de abajo y la mesa y la silla de mi terraza. Así que me quedé hasta que me dieron ganas de moverme otra vez. Partí hacia Bandipur: otra vez un montón de conexiones de buses, otra vez la situación de estar parada al costado de la polvorienta highway esperando a que de algún lado apareciera un vehículo de cualquier tipo que me llevara. Llegué a Bandipur al atardecer.

El pueblito Newar, perdido entre colinas verdes, me pareció mágico. Me alojé en una muy antigua casa de techos bajitos, ventanas pequeñitas y escalera empinada. Las paredes y el piso eran de rústicos listones de madera; todo crujía de tan viejo. Durante dos días compartí el único baño con una pareja canadiense y un francés. Los canadienses salían a trekear desde temprano, el francés se pasaba el día leyendo en el balconcito que miraba al valle. Yo me iba por ahí. Recorrí el pueblo cientos de veces, curioseé en cada recoveco y un mediodía bailé al son de campanitas invitada por unas viejitas que bajo el alero de un templo adoraban a Krishna. Bandipur, perdido en el tiempo, me enamoró. Era precioso, después de andar todo el día, cenar comida Newar y tomar una cerveza Gorka mirando al valle mientras el sol se ponía.

La mañana en que me iba de allí hice algo extraño. Me subí al bus, mi bolso fue a parar al techo y mi mochila a un asiento. Pero el bus estaba vacío y hasta que no se llenara no partiría. Así que le dije al conductor que yo comenzaría a bajar hacia la carretera principal a pie, que me recogiera en el camino. No sólo mi bolso quedó en el techo, conscientemente dejé mi mochila con mi pasaporte y demás documentos. Me di cuenta de lo que había hecho unos 30 minutos después, cuando aunque feliz con la caminata me empecé a preguntar por qué el bus no venía. Tenía todo mi dinero en mi pantalón, pero si alguien robaba mi mochila yo pasaría a ser una indocumentada en Nepal. Lo sorprendente es que esta posibilidad no me asustó. Si sucedía, ya lo arreglaría. El bus finalmente me alcanzó, tocó bocina y frenó con grandes aspavientos. Estaba repleto, mi mochila sana y salva entre el chofer y el asiento de madera del ayudante.

Me había propuesto no detenerme en Kathmandu y seguir hasta Bhaktapur, emplazado a poco más de media hora de la capital. Difícil, porque todos los caminos en Nepal parecen morir en Kathmandu. Me dije que si había superado la prueba de la estación Kalanki podría con cualquier cosa. No sé en qué parte de Kathmandu el bus se detuvo, tampoco sé cómo di con un bus que me llevara hasta Bhaktapur. Creo que grité desesperada a cada colectivo que pasaba: ¡¡¡Bhaktapur!!! Finalmente uno se detuvo; el ayudante me levantó al vuelo y arrojó mi bolso al fondo. Durante los primeros 10 minutos pregunté a todos los pasajeros: ¿Bhaktapur? ¿Bhaktapur? ¿Bhaktapur?, completamente convencida que había errado la dirección y estaba yendo a cualquier lado. Por eso, cuando a la distancia reconocí las torres del pequeño ex reino medieval me sentí exultante. Había amanecido en la ya muy lejana Bandipur, andado un buen rato por un camino boscoso y desolado sin equipaje ni documentos y esa noche dormiría en alguna guest house de Bhaktapur.

Click aquí para leer la segunda parte de este relato: “Mi vida en Bhaktapur”. 


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