Mi vida en Bhaktapur (Segunda parte de Cincuenta días en Nepal)

Llegué a Bhaktapur ya añorándola, tal vez porque de todas las ciudades que había visitado durante mi primer viaje a Nepal, Bhaktapur había quedado grabada en mi corazón. Venía cansada, arrastrando mi bolso por la calle empedrada y no tenía ni idea de dónde iba a dormir. Al llegar a Dattatraya Square vi el cartel de una guest house. Funcionaba arriba de una tienda que vendía papel artesanal y tenía sólo 3 habitaciones muy sencillas. Jaya Ram, el dueño, me mostró la mía: aunque era oscura y tenía el techo muy bajito, una de sus ventanas miraba al antiguo templo de Dattatraya -poderosa deidad que combina los poderes de Shiva, Vishnu y Brahma. Cuando le dije ok me preguntó cuántas noches me quedaría. Le contesté que no sabía, que quizá 1 ó 2 noches, aunque el tiempo fue pasando y me quedé diez días.

Ya he escrito sobre el antiguo ex reino medieval Newar. Uno atraviesa una de sus puertas y entra en otra dimensión, como si por arte de magia se hubiera ido siglos atrás. Querría estar allí ahora, porque Bhaktapur es como un infinito cuento, como un sueño, y a mí me gusta vivir ensoñada.

Esa primera tarde salí a buscar todo eso que recordaba. Volví al hotelito en Taumadhi Square donde me había alojado durante mi primera estadía y el manager se acordó de mi nombre. Me senté a comer en la terraza y pedí lo que solía comer: vegetable chow-mein y una cerveza Nepal Ice. Mientras esto sucedía anochecía y en el templo que honra al temible dios Bhairab comenzaba la música. Plin – plin – plin, sonaban los platillos y campanitas de bronce.

Durante los días siguientes acomodé mi habitación: saqué el polvo del ropero y guardé mi ropa, corrí los muebles y hasta pensé en lavar las cortinas. Me dije que con un litro de pintura blanca las paredes quedarían como nuevas y que con un poco de lavandina el baño brillaría. No hice nada de todo esto, aunque me di cuenta de que fantaseaba con echar raíces. Cuando esta sensación me invade es que estoy muy enamorada.

Sin pensar, sin esfuerzo, casi como si caminara dormida, me entregué al ritmo de Bhaktapur. Me levantaba al alba y me iba atrás de las mujeres que recorren los templos con sus platitos de pujas, ofrendas de comida, semillas y flores para los dioses. Con sus saris negros con bordes rojos y amarillos, las tradicionales chaquetas que se cierran cruzadas sobre el pecho llamadas cholos, grandes shawls de colores, y rojas tikas pintadas en el entrecejo, parecían racimos de flores que se desperdigaban por las calles desiertas. Bajo la luz lechosa del amanecer quería seguirlas a todas, saber de sus vidas, dónde iban, de dónde venían. Hubiera querido multiplicarme, ser innumerables Marías, ya que yo no me bastaba: Caminaba a cierta distancia de un grupo y en una esquina, hipnotizada, me iba en pos de dos ancianas que arrojaban granos de arroz al aire, honrando a la deidad de la mañana. Una mujer adornada con un tocado de flores y un platito de pujas cubierto delicadamente por una tela a cuadros me distraía y me iba tras ella, pero en el camino me cruzaba con una madre y una hija preciosas que en grandes jarrones de cobre acarreaban agua de una fuente y las seguía hasta que desaparecían. A veces quedaba expuesta, arrinconada frente a un pequeño templo donde se amontonaban mujeres y tenía la sensación de que se incomodarían, que creerían que estaba espiando su intimidad, pero me miraban sin verme, como si yo no existiera. Entonces me quedaba muy quieta y las observaba con los ojos y el corazón. Todo lo que hacían me fascinaba: su murmurar frente a una imagen de Shiva o Garuda, la veneración con que pasaban sus manos por los dispensarios de tika para luego pintarse la frente, su andar sin ruido por las calles vacías. Las mujeres de Bhaktapur a la hora de las pujas me parecieron de las más hermosas que he visto en mi vida.

Después de tres días de seguirlas quise parecerme a ellas. Así que me compré un gran shawl de Cashmere y le expliqué a Jaya Ram que quería un cholo. Jaya Ram me recomendó una costurera que trabajaba en una tiendita con una máquina de coser a pedal. Sólo hablaba Newar, pero entre las dos nos entendimos; compramos la tela juntas, me tomó las medidas y al día siguiente yo me paseaba por Bhaktapur con mi shawl nuevo y un cholo precioso.

Mi atuendo no hizo más que acentuar mi felicidad: sin dejar de ser yo, también era casi una mujer nepalí. Como ellas andaba por los mercados y compraba manzanas, comía momos en los puestos ambulantes, me quitaba las sandalias y me sentaba a ver pasar la vida en los refugios de madera que están cerca de los templos. Un día una señora muy viejita me quiso enseñar a tejer con tres agujas. Otro día una chica me regaló una flor. La pescadera del mercado comenzó a decirme adiós con la mano. Muchos, mediante señas, me hacían entender que el cholo me quedaba muy bien.

Aunque ya no me perdía y me parecía que reconocía cada templo, cada callejón, cada pokhari (los grandes y antiguos estanques para almacenar agua que salpican la ciudad), mi vida en Bhaktapur se convirtió en un continuo vagar. Y siempre descubría cosas nuevas. Mi habitación -en mi imaginación ya pintada de blanco y con el baño inmaculado- era mi nido. Desde allí yo no planeaba nada, sólo disfrutaba. Me levantaba cuando todavía no había amanecido, deambulaba durante horas y me guardaba en mi cuarto cuando todavía no había anochecido. Metida en la cama, escribía mucho y editaba fotos y, sin moverme, desde allí mismo escuchaba a los hombres que todos los atardeceres tocaban música en el templo de Dattatraya. Plin – plin – plin, comenzaban, y yo me decía esto que me sucede es magia pura.

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