En Kochi

Los cuervos me despiertan a la mañana; los cuervos y una tenue brisa que viene del mar. A los cuervos le siguen otros pájaros y, un rato después, una música melodiosa y antigua que llega desde algún lugar. Duermo como una niña en el bungalow de Mr Walton. Mi cuarto parece el camarote de un barco viejo, será porque tiene las paredes y el piso de gastados listones de madera, como si hubieran estado mucho tiempo impregnados de sal. Cuando a la noche comienzo a dormirme, cansada por el calor húmedo del día y mecida por el silencio y el run-run de las aspas del ventilador, ya sé que voy a soñar hasta que me despierten los cuervos, ya sé que hasta que no escuche sus graznidos estaré viajando por tierras aún más lejanas de las que estoy.

Kochi está sobre el Mar Arábigo, en el estado de Kerala, en el extremo sudeste de India. Como el resto de los estados del sur de India, Kerala parece otra India, muy diferente a la que yo conozco. Aquí no se habla hindi sino malayalam; el cristianismo sirio – ortodoxo está tan o más presente que el hinduismo y el islam, y el aire no huele a curry, cosa curiosa, sino a cardamomo verde y vainilla, a pimienta negra y canela, a coco, jengibre y clavo de olor. Kochi es pequeñito y dueño de una fabulosa historia colonialista. Durante siglos, mercaderes chinos, judíos, holandeses, portugueses e ingleses dejaron huellas en la arquitectura y en las costumbres de la gente. Sombreadas por enormes palmeras y árboles de tamaño extraordinario, las calles son angostas y tranquilas. Las casas tienen tejas portuguesas y están pintadas de colores estridentes. Hay iglesias por doquier -Santa Cruz, St. Francis, St. Xavier-, palacios de estilo holandés, grandes mansiones inglesas, y sugestivos cementerios de distintos credos mirando al mar. Unas enormes redes chinas, que se bajan y se levantan manualmente mediante un sistema antiquísimo de poleas, todavía son usadas por los pescadores al amanecer y al atardecer. Los hombres –incluso los sacerdotes cristianos- usan longhis que aquí se llaman mundus; las mujeres, aunque vayan a la iglesia, usan saris con el vientre al descubierto.

India que no es India pero es tan India, India que era tan mía y ahora se me agranda corriéndome las fronteras…

Sueño toda la noche hasta que graznan los cuervos. Durante el día siento. Todo lo que veo, todo lo que escucho, todo lo que saboreo, todo lo que huelo, todo es nuevo. Y de todo eso lo que más recuerdo en este momento -no sé por qué, no sé por qué- es la sinagoga de Mattancherry, el viejo barrio judío. Absolutamente hermosa, tan preciosa y silenciosa como la que hace muy poco descubrí en el mellah en ruinas de Essaouira, en Marruecos, la sentí llena de pequeñas y grandes historias de vidas. Anónimas ya todas ellas, pero tangibles entre las cuatro inmaculadas paredes blancas.

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