Diwali

Delhi, completamente adornada con guirnaldas de flores naranjas, se ha vaciado. Cuando caiga el sol la gente acudirá a los templos a venerar a Lakshmi, la diosa de la prosperidad y la salud, y con velas de manteca, lucecitas de colores y fuegos artificiales la invocarán.

Si en Holi se celebra la llegada de la esperanzadora primavera, y con ella el comienzo de la época de siembra y de mucho trabajo, en Diwali se festeja la llegada del tiempo de cosecha y el descanso que pronto traerá el invierno. Las dos fiestas son las más importantes del calendario hindú, una imposible sin la otra, la siembra y la cosecha, la vida y la muerte, el círculo eterno, Holi en marzo y Diwali en octubre.

Diwali ya se palpaba en pueblos y ciudades desde hacía semanas. Los bazares de Jaipur, en el Rajasthan, estaban más atiborrados que nunca y las calles de Amritsar, en el Punjab, estaban ocupadas por puestos donde se vendía de todo. Y es que en esta fiesta, como en una Nochebuena, la gente regala y recibe regalos.

Me asomo a la ventana de mi hotel y el panorama de la ciudad vacía es fascinante. Entre las altas torres que rodean Connaught Place ya se ven los primeros fuegos artificiales. Sin embargo mi cabeza está en otro lado. Me han contado que en las aldeas y pueblos rurales esta noche las mujeres dejarán las puertas de sus casas abiertas para que Lakshmi entre y las colme de abundancia. Veo las humildes casitas sin luz entre arrozales, las chozas de barro donde en una habitación duerme una familia entera. Veo a las mujeres que envueltas en saris amarillos trabajan de sol a sol en los campos de trigo; las veo ya en sus casas, encendiendo un pequeño fuego. Cocinan dhal y arroz en el suelo. Esta noche darán de comer a sus familias y después de lavar los trastos se quedarán solas. Entonces, con las puertas abiertas a la noche, se irán a dormir pensando que tal vez Lakshmi, esposa de Vishnu, les traiga un poquito de su hermosa e infinita abundancia.

Entre tantas cosas, una historia de amor

Ensimismada, atrapada por sensaciones sobre las que quería escribir y no podía, desde Alleppey, a través de un mar de palmeras, cafetales y bananeros, viajé en un sleeper train a Varkala. Apenas iluminados por débiles luces de neón, los compartimentos tenían las ventanas empañadas y estaban repletos de pasajeros que venían de Mumbai. Llevaban en el tren más de 30 horas, sin embargo se movían al compás del suave traqueteo con total parsimonia, sin demostrar cansancio. Después el cielo se puso violeta y diluvió aunque el monzón ya terminó, después –siempre mi ropa, mi piel y mi pelo húmedos-, caminé bajo el sol otra vez ardiente y velado por la bruma a lo largo de los impresionantes acantilados de Varkala. Pero nada de eso me conmovió, porque yo sólo pensaba en cómo escribir sobre el amor en la lentitud de los trópicos.

Iba perdida, iba a deriva.

Siempre bordeando el mar Arábigo hacia el sur llegué a Trivandrum, la capital de Kerala. El tuc-tuc que me llevaba dio muchas vueltas hasta encontrar “Varikatt”, la guest house donde había reservado. Rodeada por un jardín antiguo lleno de flores, aunque extrañamente enclaustrada entre altos edificios modernos, la vieja casa tenía un aura de lejanía y misterio, como si perteneciera a otro mundo. Al otro lado del portón me esperaba Mr Roy, un coronel retirado que guerreó en la frontera entre Kashmir y Pakistán y fue herido en Bangladesh. Siempre secundado por su fiel asistente Anil, ex soldado nacido en Haryana, me mostró mi habitación y los salones de la casa, intactos a pesar de sus 150 años. Cuando le dije que Varikatt era una joya, Mr Roy me invitó con una taza de té y comenzó a contarme una historia de amor.

El tiempo súbitamente detenido en la galería sombreada por esteras, los ventiladores arrullando la mañana, los cuervos, el ruido de la calle más allá del portón de madera. Y la voz melodiosa de Mr Roy, su inglés perfecto y ese encanto innato, irresistible, de los buenos cuentacuentos: “La historia de Varikatt comienza en 1850 en Inglaterra, cuando Miss Bluncket escucha en el Yorkshire Club los relatos de Mr Brown, un tea planter recién llegado de India. Aunque no tiene la oportunidad de cruzar con él ni una sola palabra, Miss Bluncket se enamora perdidamente, así que cuando se entera de que Mr Brown ha emprendido el regreso a su plantación de té en las colinas de Kerala, decide seguirlo. Entonces compra un pasaje en un barco a vapor cuyo destino final era Kochi y desde allí continúa por tierra hacia los trópicos. Su viaje demora seis meses. Era su primera vez fuera de Inglaterra, y así como se había enamorado del tea planter, se enamora perdidamente de India. Miss Bluncket construyó Varikatt, donde durante años recibió frecuentes visitas de Mr Brown, y vivió aquí hasta su muerte”. 

La historia de Miss Bluncket se encadenó con otras historias. Las noches heladas pasadas en un hoyo cavado en la nieve en la frontera de Ladakh y China, la terrible avanzada de los pakistaníes sobre Kargil, las huellas de gran un tigre en las selvas de Bengal. Sentada en una vieja silla de ratán, mis codos apoyados sobre la mesa de la galería, yo escuchaba a Mr Roy embelesada, sabiendo al fin que mi deambular de viajera me había llevado al lugar correcto, que a veces el viaje no es un paisaje, ni una ciudad, o un pueblo. A veces el viaje es una persona.