Mediterráneo

Todos hemos sido y seremos migrantes.

Me iba de Sicilia. Gianni, uno de esos milagrosos seres que suelen cruzarse en mi camino cuando estoy de viaje, me había llevado en auto desde Trapani al aeropuerto de Palermo y había insistido en acompañarme mientras hacía el check in. Recuerdo que no me dejaron pasar las flores que me había regalado y que una vez que pasé migraciones, sabiendo que todavía estaba mirándome a través de la pared vidriada, giré la cabeza, me reí, y haciendo gestos teatrales le envié dos besos. Ésa fue la última vez que lo vi.

Ya sumergida en mi mundo, pensé en el viaje un tanto insólito que me esperaba. No regresaba a Madrid por Roma sino vía Túnez, país por el que había estado viajando semanas atrás y desde donde, diez días antes, había decidido cruzar a Sicilia. Volar entre dos ciudades europeas haciendo un stop en un país africano era extraño, sin embargo me gustaba: otra vez atravesaría el Mediterráneo.

El embarque fue como todos los de un aeropuerto chico. Los pasajeros fuimos en un bus hasta la pista y luego subimos al avión de Tunis Air por la puerta trasera. Algo me llamó la atención: a corta distancia de la escalera, como cercándola, había varios autos de la policía. Y un detalle me pareció curioso: los pasajeros –a pesar del asiento asignado que tuviéramos- fuimos reinstalados uno al lado del otro en las primeras filas del avión. No pensé en nada en particular, atribuí el cambio a que éramos pocos, apenas unos treinta. En seguida me relajé y recordé los luminosos 45 minutos sobre el mar que separan Sicilia de Túnez. La visión del Mediterráneo en mi vuelo de ida a Palermo me había conmovido. Desde el cielo, perdida en su transparencia azul, tuve la sensación de que veía más allá de la superficie, como si desde las alturas hubiera estado buceando. Volaba sobre el Mediterráneo más antiguo, el de fenicios, griegos, cartagineses y romanos, y fantaseé con que si miraba con atención vería barcos hundidos, ánforas y tesoros. Qué pequeño era aquí el mundo. África y Europa casi se tocan; la isla de Pantelleria, aunque siciliana, está más cerca de Túnez que de Italia.

Unos ruidos violentos desde la puerta trasera me sacaron bruscamente de mis pensamientos. Se escucharon voces hablando fuerte y dando órdenes y, elevándose sobre ellos, unos horribles gemidos. Giré la cabeza y vi una escena que me dejó helada. Custodiado por 6 ó 7 carabinieri, un hombre esposado y amordazado estaba siendo empujado dentro del avión. El hombre, alto y corpulento, se resistía con todas sus fuerzas y los policías intentaban contenerlo. Entre todos lo sentaron en un asiento y comenzaron a amarrarlo. El hombre no paraba de moverse. Un gorro a rayas blanco y verde le cubría la cabeza y los ojos.

El pánico se apoderó de mí, tuve la sensación de que mi corazón iba a estallar. El resto de los pasajeros miraba estupefacto sin atinar a hacer nada. Pasaron instantes eternos, varias mujeres sollozaron aterradas, algunos hombres se pusieron de pie, pidieron explicaciones de lo que estaba sucediendo. El comisario de a bordo (la tripulación era toda masculina) intentó tranquilizarnos: el hombre que acababan de subir al avión no era un criminal, era un ilegal que deportaban a Túnez. Llevaba custodia policial por obvias razones, e iba maniatado y amordazado porque muchas veces ‘los sin papeles’ se mordían la lengua hasta cortársela o se herían con lo que encontraban a mano para evitar la deportación. El hombre seguía gimiendo de una manera espantosa, tratando de zafarse de las ataduras. Una italiana mayor se desvaneció; su marido, fuera de sí, gritó que el tunecino no podía ser transportado en un vuelo privado, sino en un avión de la guardia civil. El comisario explicó que Tunis Air, como línea aérea tunecina, estaba obligada a transportar al inmigrante. El griterío y los sollozos continuaron. Nadie se ponía de acuerdo, varios insistían en que todos debíamos abandonar el avión.

Yo estaba bloqueada por el miedo. Pero de algún lado saqué fuerzas, me puse de pie y dije en voz alta que lo que estaba sucediendo era inconcebible, que me iba. Tomé mi mochila, pasé rápido entre los guardias que custodiaban al tunecino y llegué a la puerta trasera del avión. Me asomé: al pie de la escalera había cerca de quince carabinieri. Les grité que yo en ese avión no volaba. Los guardias, con tremenda soberbia, se miraron entre sí y sonrieron sin decir una palabra. De pronto no supe qué me daba más miedo: bajar y enfrentarlos, o volar con el tunecino amordazado.

El comisario de abordo intentó serenarme. Me dijo que el deportado había sido sedado y que pronto dejaría de gritar. Y otra cosa más: yo podía desistir de volar, estaba en mi derecho, pero si lo hacía no sólo tendría que comprar un nuevo ticket sino que retrasaría el vuelo porque mi maleta estaba en la bodega del avión.

Con la cabeza a punto de estallar volví a mi asiento. Cerré los ojos y escuché cómo se encendían los motores. El avión despegó con 30 pasajeros, cuatro agentes armados y el ilegal amarrado.

Escribo en una de esas bolsitas para vomitar que están en los bolsillos de los asientos del avión. Volamos ya sobre el Mediterráneo, pero no puedo disfrutar. Pienso en el deportado. Quien será, cuál será su historia. Puede que sea un malviviente o un vago, pero también cabe la posibilidad de que sea uno de los tantos desesperados que buscan una mejor vida al otro lado del mar. A mi alrededor la gente parece haberse olvidado del asunto, come el típico bocadillo con sabor a plástico y toma coca-cola. Yo tengo un nudo en el estómago y me duele mucho la cabeza. El avión no se mueve, todo parece tranquilo, sin embargo, cada tanto, a través del rugido de los motores escucho los débiles gemidos del tunecino. A pesar de mí misma, me doy vuelta y miro. Enguantados, dos de los guardias se ocupan de él. Uno le mantiene la cabeza erguida sosteniéndosela con firmeza de la frente, el otro le aprieta un trapo sobre la boca y la nariz.

Los 45 minutos se acaban, aterrizamos en el aeropuerto de Túnez. El avión queda aparcado en un costado de la pista. El comisario de abordo nos pide que no nos movamos, que tengamos unos minutos más de paciencia. Se abre la puerta trasera, se escuchan ruidos, voces italianas y árabes dando órdenes, otra vez los forcejeos, un sofocado gemido. Cuando finalmente nos permiten desembarcar ya no hay rastros de los guardias ni del tunecino.

Túnez otra vez. Cuarenta y cinco minutos y otro mundo. Guardo los euros y pongo dinares en mi billetera. Un anciano con chilaba blanca y fez rojo acarrea mi mochila a cambio de una moneda, un taxi desvencijado me lleva hasta el viejo hotel Dorée. El conserje me reconoce y me dice Bienvenue madame. Me da una habitación mejor que la anterior, ésta no da a la ruidosa estación de metro léger. Por la ventana entran un rayo de luz azul y el bullicio de la medina.

Son las 5 de la tarde, podría salir a caminar, ir hasta la pastelería a comprar una cajita de makrough. Sin embargo me doy un baño y me meto en la cama. Sólo pienso, quién será, cuál será su historia, dónde estará.

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