Un nido en Dharamsala

Versión narrada de “Un nido en Dharamsala”

Los ríos desbordados por el agua del deshielo, el aire azul, las montañas nevadas. Eso es lo que veo desde el cielo. El avioncito da una curva sobre el enorme panorama y aterriza en el aeropuerto desierto de Dharamsala. Vengo de dos meses de estar permanentemente con gente, controlando buses, trenes, aviones y reservas de hoteles. Vengo de dos meses de contar todo lo que sé, de ofrecer mi mirada. Y de pronto ha terminado mi trabajo de guía y compañera y estoy sola. Escucho cómo me late contento el corazón. No sé dónde estoy y eso es de lo mejor que me puede pasar en la vida. El conductor del taxi no habla inglés, aunque logro entenderle que lo que se extiende a nuestro alrededor como un mar son plantaciones de té. La subida de 9 km desde Dharamsala hasta McLeod Ganj parece una trepada al cielo. Tanta nieve allá arriba, ahí donde el Dalai Lama y miles de emigrados tibetanos se han refugiado.

El primer día es como un sueño, ando sin mapa y me dejo llevar, como siempre que llego a un lugar desconocido. Camino y miro, completamente perdida. Al atardecer me refugio en mi cuarto y escucho a los monos saltar entre las ramas de los cedros buscando un recoveco donde pasar la noche. Arman tremendo alboroto, hasta que se apaciguan y todo es silencio. A las 7, ya de noche, bajo al comedor y ceno comida tibetana. Después, con la estufa encendida y una bolsa de agua caliente entre las sábanas, me duermo envuelta por el rumor hondo de las montañas.

McLeod Ganj se apretuja como una colmena en una altísima ladera, un puñado de edificios de colores rodeados por las montañas nevadas de Dhauladhar. Esperaba encontrar sólo budistas tibetanos, pero aquí conviven también Sikhs del cercano Punjab, musulmanes de Kashmir, e hindúes seguidores de Durga. Atraídos por la compasión budista y la prosperidad de la comunidad, además hay mendigos llegados del Rajasthan y hombres y mujeres de Madhya Pradesh que trabajan en la construcción. Me han contado que aquí ganan 250 rupias por jornada cuando en su tierra sólo cobran 110. De éstos últimos, como en toda India, impresionan las mujeres. Vestidas con saris muy modestos y muchas veces con niñitos aferrados a sus faldas, van y vienen acarreando sobre sus cabezas pilas de ladrillos o pesadas bolsas de cal y arena. Otros que me tienen hipnotizada son los hombres con correas y gruesas sogas a los hombros apostados en las esquinas de la diminuta y caótica Main Square. Con aspecto de afganos, la piel curtida por el sol, altos y delgados, esperan a que alguien los contrate como porteadores para subir cargas a las montañas. 


Camino en las mañanas, bajo y subo durante horas por toscas escalinatas de piedra. Al descender, descubro valles minúsculos atravesados por torrentes cristalinos; al trepar, entre bosques de cedros, aparecen cascadas y rododendros florecidos. No sé cuánto tiempo me quedaré aquí. Tenía una cierta idea, pero decidí olvidarla. Será cuando sienta que tengo que partir, como cuando fui y soy SerViajera. Y será simple y venturoso, adonde me lleve el camino.

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