La carpa azul

Los preparativos estaban en la cabeza de papá, o mamá. No lo sé; tal vez en las de ambos. Pero un día de enero nos subíamos todos a un DKW amarillo (más adelante fue un llamativo Valiant color lila pálido) y nos íbamos al Sur. Papá y mamá, hermosos, jeans gastados y en zapatillas. Y nosotros sus hijos, al principio cinco, luego seis y finalmente siete. El viaje era larguísimo y siempre tenía incidencias. Una vez quedamos varados un par de días en una pensión de Bahía Blanca porque se rompió algo muy importante que se llamaba “cruceta”. Fue terrible, recuerdo; el presupuesto de mis padres era muy acotado, así que nos metimos todos en una gran habitación. Me acuerdo el baño compartido, los viejos en camiseta (no sé por qué en la pensión había tantos viejos) fumando en el comedor enorme donde una noche comimos fideos con tuco y osobuco. Pero el DKW o el Valiant finalmente anduvo y seguimos viaje. Recuerdo el calor y el viento de la Patagonia metiéndose por las ventanas que se abrían sólo hasta la mitad, la sonrisa enorme de mamá, su pelo castaño hasta la cintura, los chicos todos en el asiento de atrás, flequillos rectos, bermudas a cuadraditos, remeras rojas. Llegábamos extenuados a algún lado. A veces era el desolado Aluminé, otras el Steffen o la orilla boscosa del Laccar, en Quila Quina. Entonces había que trabajar. Del baúl del auto salían mil cosas: cacerolas metidas unas adentro de otras, platos y vasos de metal enlosado, bolsas con comida y pañales para mi hermano más chico, nuestros anoraks (en esa época no les decíamos camperas), una palangana naranja que hacía de bañadera y donde también se lavaba la ropa, herramientas, un botiquín, un sol de noche. Y la carpa.

La carpa era azul marino y era el orgullo de papá. Era gigantesca, casi como de circo, y yo amaba y admiraba a papá porque sólo un tipo como él podía lidiar con tantas estacas, sogas, techos y sobretechos. Mientras papá buscaba el lugar perfecto donde armarla y decidía su orientación, mamá prendía el calentador y cocinaba risotto o puré Chef. Los varones más grandes asistían a papá entregando una a una las estacas y los más chicos correteaban alrededor. Yo juntaba Amancays y aunque tenía 6 ó 7 años jugaba a que estaba enamorada y tenía novio.

Finalmente la carpa estaba armada. Mirarla desde el bosque de Coihues o desde el lago era una fiesta. Es que era fabulosa. El toque final era la cama-catre que papá, sin poder ocultar su satisfacción, armaba para mamá. Él y los chicos dormíamos en bolsas de dormir, pero ella, gran madre de siete, dormía en una camita angostita, como de delicada princesa, que se plegaba y desplegaba mágicamente.

La noche era preciosa. Dormíamos ordenados uno al lado del otro, con olor a jabón porque no había día en que no nos bañáramos a pesar del agua helada. Y así eran las vacaciones, los viajes, la vida aventurera cuando yo era chica. Así, supongo, fue que comencé a soñar con hacerme viajera.

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