Khamsah ya no está

Conocí a Khamsah hace cuatro o cinco años, en la terracita llena de aire donde funciona el Bleu Kafe. En ese entonces Khamsah, que evidentemente era un recién llegado a Marrakech desde Senegal, no interactuaba con los clientes y, concentrado y en silencio, sólo se acercaba a las mesas para recoger los platos sucios. Pero había algo en él que lo hacía resplandecer. No sólo era su preciosa piel ébano, su altura y esbeltez, su ropa inmaculada y sus maneras elegantes. Era sobre todo su sonrisa enorme y constante, y su risa, que se le escapaba porque sí a pesar de su timidez.

Volví al Bleu Kafe a lo largo de los meses y los años. Un día Khamsah me saludó y me acompañó a mi mesa. Otro día me trajo el menú y tomó la orden de lo que comería. La siguiente vez hablamos. Supe su nombre y un poco de su historia. Khamsah senegalés, de una aldea cercana a Dakar. A los veinte años se puso en marcha en busca de una vida mejor. Pensaba cruzar a Europa, pero las vueltas del destino hicieron que se quedara en Marrakech. Tuvo la suerte de que lo contrataran para lavar platos, después aprendió, fue camarero, y terminó como encargado del Bleu Kafe.

Cuando volvía a verlo después de un tiempo y le preguntaba cómo estaba, Khamsah siempre me decía que era feliz. Me lo decía como si no existiese otra posibilidad, como si la felicidad en su vida fuera obvia. Y se reía con esa risa inolvidable. Preciosa. Suya y de nadie más en este mundo. En mayo de este año me dio su teléfono para que lo llamara cada vez que quisiera reservar una mesa. Prolijamente me anotó su nombre y su celular en una tarjeta. Esa vez me conmoví. Pensé, qué admirable Khamsah llegado de tan lejos sin nada, sólo con deseos de prosperar, qué maravilla Khamsah siempre feliz.

Hoy volví a Marrakech. Trabajé en el patio del riad toda la tarde y a la nochecita me fui a dar una vuelta. El cielo y las calles eran una fiesta. Entonces decidí ir a comer un tajine al Bleu Kafe. En la puerta me atendió un amable marroquí y pensé que tal vez Khamsah estaría en la terraza. Subí las escaleritas y no lo encontré. Todo estaba igual, la tarde llena de golondrinas, el color rosado de Marrakech, los minaretes de las mezquitas a la distancia. Pero Khamsah no estaba. Pregunté, pronuncié su nombre lo mejor que pude y nadie me entendió. Lo describí. El senegalés precioso de sonrisa enorme.

Comí en silencio mientras oscurecía, pensando que una historia había terminado. Y que otra, la que Khamsah habrá decidido escribir en otro lugar del mundo, había comenzado.
Me alegré por él, porque sé que a donde vaya lo acompañarán los buenos vientos, y brindé conmigo misma por los encuentros que aquí y allá me regala la vida. Pero Khamsah ya no está. Marrakech, mi Marrakech, no será la misma sin él.

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