Primero de enero

Colgué un sari de Kathmandu a modo de cortina en mi ventana nueva. Tan etéreo es que aunque no haya ni la más mínima brisa se mece y adormece como el vaivén de una cuna. Hoy a la mañana, colándose entre el silencio del 1 de enero y el canto de los zorzales, un viento sorpresivo hinchó el sari como una vela de un velero y por un momento dejó mi ventana vacía. Entonces vi que por la gran pared ciega y nada agraciada del edificio vecino viene trepando el solitario tallito nuevo de una ampelopsis. Dada su tenacidad, creo que en unas semanas habrá sobrepasado la altura del piso donde vivo. Cuando el sari de Kathmandu se meza en mi ventana, entreveré la ristra de hojitas verdes casi transparentes que en línea recta y por la medianera blanca avanza buscando el cielo.

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