Il nonno y María del Carmen

Fue hace como 90 años y en Charata, un pueblo en ese entonces diminuto rodeado de monte chaqueño, a donde mi abuela fue un verano a visitar a su hermana Maruja. Increíble que mi tía abuela Maruja viviera en Charata, con lo estirada que era, pero se había casado con un médico extravagante que había decidido hacer patria. Mi abuela María del Carmen no era estirada, era divina. Al menos así se la ve en una revista de la alta sociedad porteña de aquella época: de aspecto delicado, piel muy blanca, mirada lánguida color miel y un espectacular vestido de satén.

La cuestión es que mi abuela, en Charata y a los 20 años se aburría como loca. Fue ahí que entró en escena mi abuelo. Lucio Battista Pellegrini, recién llegado de Italia. Bueno, recién llegado no, antes de desembarcar en Argentina había recorrido medio mundo. Quién sabe por qué se quedó en Buenos Aires y se puso a trabajar en una empresa dedicada al comercio. No sé qué vendía, pero mi abuelo debía viajar por el interior. Así llegó a Charata y así conoció a mi abuela.

Lejos del mundo propio y cuando una está aburrida todo se ve con otros ojos. A mí me pasó que durante un vuelo de Kathmandu a Bs As de 32 horas me enamoré perdidamente de mi compañero de asiento. Recién caí en la cuenta de que parecía un mamboretá cuando lo miré con cierta perspectiva mientras en Ezeiza esperaba mi valija: desde los zapatos, las medias, la camisa, el cinturón, al traje, estaba vestido de verde fosforescente.

Mi abuela, descendiente de próceres, pura creme criolla, aceptó de buena gana los flirteos del impresionante italiano que la rondaba. Porque mi abuelo, por más que era un inmigrante italiano, era despampanante. Imitando a los estancieros, andaba por Charata en alpargatas y bombachas. Hablaba pésimo el castellano, pero se lo veía muy educado y era todo un caballero.

El flirteo creció, Lucio siguió viaje a no sé dónde y mi abuela regresó a Bs As con la promesa de volver a verlo en la ciudad.

Mi abuela, divina, se reintegró a su vida de sociedad. Recapacitó junto a su otra hermana, María Teresa, y decidió que mareada por las circunstancias, probablemente se había enamorado de un italiano vulgar y muerto de hambre. Entonces las dos tramaron un plan. Sabían qué día llegaría Lucio a Bs As. Se fueron a Retiro y escondidas detrás de una columna esperaron a verlo bajar del tren. Lucio se demoró en aparecer. O mi abuela tardó en reconocerlo, no lo sé.

De pronto se quedaron heladas. María Teresa, que todavía no tenía novio, tuvo un ataque de celos. Lucio avanzaba por el andén enfundado en un traje de lino color manteca, camisa impecable, sombrero a la moda, y una facha estupenda.

Mi abuela y María Teresa esperaron a que Lucio se perdiera en la multitud para salir de su escondite. Al otro día, el galán, con un ramo de flores, se presentó en casa de mi abuela. Ella jamás le contó que había ido a espiarlo a la estación. Fue siempre un secreto de mujeres.

Al poco tiempo Lucio y María del Carmen se casaron.

De esa historia maravillosa vengo yo, María del Carmen también, como mi divina abuela, aunque con litros de sangre italiana en las venas.

(Bs As, agosto, 2009)

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