La oscuridad y su belleza

Esta mañana me enteré de que La Hora del Planeta, un movimiento a nivel mundial contra el cambio climático y la pérdida de diversidad, convoca a que hoy apaguemos todo desde las 20,30 hasta las 21,30 hs. Seguramente influenciada por los mundos fantásticos de la buena ciencia ficción por los que navego desde el tercer o cuarto día de la cuarentena, la idea disparó mi imaginación.

Así que aunque eran las 10 de la mañana, vi el planeta completamente oscuro. Lo vi desde muy arriba, como si estuviera mirándolo desde el mundo diminuto de El Principito. La Tierra se movía lentamente, apenas iluminada por la mínima luz que venía desde los insondables confines del universo. Fue emocionante cuando me di cuenta de que estaba viva: trasladar y rotar es otra forma que tiene un corazón de latir.

Parada en los abismos del planetoide de El Principito, al lado de su rosa – flor, recordé un momento muy especial de mi vida. Con el padre de mis dos hijos, ellos muy chiquitos, nosotros muy jóvenes, un día decidimos irnos a vivir al campo. Nos mudamos en abril o mayo, y vivimos rodeados de vastedad, pájaros, pasto, árboles y animales durante siete años. No voy a explayarme sobre lo rica que fue esa vida, sólo contar la primera noche. Había llovido toda la semana antes de la mudanza, todo era un barrial y la casa no estaba terminada. Tampoco existía lo que más tarde sería el parque; estábamos rodeados por un salvaje pastizal. Trabajamos para instalarnos durante todo el día y cuando logramos meter a los chicos en la cama, salimos a la oscuridad. Yo ya había estado muchas veces en el campo. Pero fue completamente diferente mirar la noche desde el que era mi nuevo hogar. Caminamos a tientas alejándonos, y mi casa, la casa donde dormían mis dos hijos, donde todavía en valijas estaba toda nuestra ropa, donde todavía en cajas amontonadas estaban mis libros, era una luciérnaga en la más negra inmensidad.

No me olvidaré jamás del cielo punteado de cientos de estrellas, del hondo silencio horadado de extraños sonidos, de la sensación de infinita grandeza y misterio que hipnotizaba y a la vez daba miedo. Tuve que acostumbrarme a eso, aunque no me llevó mucho tiempo. Aprendí muchísimo, entre tanto, que el silencio es hermosísimo y que la nada no existe, la nada está llena de cosas.

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