Después de Ramadan

Ana recordaba perfectamente que Hamid le había abierto la puerta la primera vez que entró en el Riad Camilia. Pero también recordaba que no había reparado en su sonrisa ni en sus ojos. Había llegado a Marrakech concentrada en el largo reportaje sobre el sur de Marruecos que la agencia para la que trabajaba en Madrid le había asignado y sólo pensaba en eso. Entendió, sí, que Hamid era uno de los encargados que por turnos se ocupaban del buen funcionamiento del hotel, que además de árabe marroquí hablaba francés y un poco de inglés, y que estaba al tanto de su llegada y de su nombre.

Yes, I´m Ana, I don´t speak French, nice to meet you, Hamid.

El antiguo riad transformado en hotelito era precioso. Tenía sólo 6 ó 7 habitaciones que desde el segundo piso daban a un patio interno donde murmuraba bajito una fuente. Ana recordaba que mientras Hamid le servía té de menta y le decía que estaba a su disposición para lo que necesitara, trinaban desde algún lado cientos de invisibles gorriones. Durante los días siguientes no lo vio, o si lo vio, no lo vio, sólo trabajó. Caminó todas las calles y derbs de la Medina hasta que se grabó cada recoveco en la retina, se perdió en los souks hasta que dejó de tener miedo de estar perdida, tomó notas, sacó fotos. Volvía al riad completamente desbordada de tanto estímulo sensorial, escribía, leía, comía y dormía. Después dejó la ciudad, cruzó el Alto Atlas, se internó en el desierto, recorrió Taroudant y se regocijó con el aire marino de Essaouira. Fueron 1500 kilómetros durante 15 días.

Regresar a su habitación del Camilia fue un poco como volver a casa. Extenuada, Ana se dijo que nada más le cabía ni en la piel ni en la mente, así que durante sus últimas 24 horas en Marrakech antes de regresar a Madrid no salió de la cama. A la mañana siguiente, ya arrastrando su maleta, Hamid estaba allí, de turno, aguardando a despedirla.

Usó un par de frases formales y le deseó buen viaje. Aunque de pronto, sin poder contenerse, cambió de tono, la miró a los ojos y le dijo I like you. You are special.

Ana contestó: Thank you Hamid, merci beaucoup, y por pura amabilidad y medio perpleja añadió, I like you too.

No pensó que volvería a Marruecos tan pronto, en realidad ni siquiera pensó que alguna vez volvería. Pero regresó en agosto: debía escribir sobre Ramadan. Como la primera vez, Hamid estaba ahí, sus ojos marrones llenos de luz y una increíble sonrisa blanca.

Hacía un calor sofocante y Marrakech parecía otra ciudad, su frenético ritmo habitual había desaparecido. Era el día número 24 de Ramadan y la gente estaba agotada; los comerciantes, en vez de intentar vender, dormían de cualquier modo y a cualquier hora sobre sus mercancías. A la tarde Jemma el Fnna se llenó de gente, cientos de personas esperaban la puesta del sol para saciar la sed y comer. Cuando la voz del almohacín retumbó en el cielo anunciando el Iftar, Ana vio cómo los hombres se abalanzaban sobre los puestos que vendían leche. Tomaban un vaso tras otro o directamente del pico de los bidones a borbotones, chorreándose las chillabas blancas. Leche, agua, zumo de naranja y dátiles, eso vio que todos bebían y comían. Después ella misma probó los platos típicos de Ramadan que, recién hechos, se ofrecían en todos los rincones: harira, caracoles, bocadillos de huevos duros y mantequilla, pescaditos con oliva, ají y tomate. Con la llegada de la noche, el día 25 de Ramadan había comenzado y Marrakech era una fiesta.

A la mañana siguiente Hamid le preguntó qué le había llamado la atención de Ramadan. Ana le contó lo que había visto y comido en Jemma el Fnna; entonces él la invitó a cenar. Allí, en el riad, él le prepararía comida especial de Ramadan.

I like you. You are special. Ella dijo que sí.

En el riad no había nadie, ni un solo huésped. Así sucede en Ramadan, especialmente cuando cae en pleno verano: los turistas desaparecen. Nadie en el patio donde murmuraba la fuente y Ana sintió que era intimidante. Nadie en los corredores, las luces apagadas, las puertas de las habitaciones vacías atrancadas con cerrojo. Sólo el silencio y ellos dos. Y la noche inmóvil, porque ya casi ni luna había y las estrellas estaban quietas. La mesa estaba cuidadosamente puesta y había velas encendidas. Hamid no dejó que lo ayudara; a pesar de su ayuno parecía no tener apuro y sirvió con lentitud cada uno de los platos que había preparado. Comió, pero entre bocado y bocado la miró comer. Su mirada y su sonrisa. Y su deleite cada vez que ella le decía que lo que había cocinado era una delicia. Cada media hora Hamid se disculpaba y se retiraba a rezar. En la penumbra del patio se ponía encima de su ropa una chillaba blanca. Volvía a los diez minutos, ya sin la chillaba, comía unos pocos bocados y le contaba sobre Ramadan. Ana escuchaba fascinada. Había leído sobre Ramadan, había investigado, pero se daba cuenta de que no sabía nada de nada. Ramadan se trataba de ponerse en el lugar del otro, de sentir el hambre y la sed del que no tiene nada. Ramadan se trataba de ser generoso. Olvidados él de su árabe y ella de su español hablaron hasta las 2 de la madrugada. Esa noche sucedió sólo eso. Mucho, pero nada de nada. Hamid, con una extraña mezcla de ternura y determinación, aunque sin siquiera acercársele, lo intentó todo. Ella dijo cien veces que no, que esa noche no. Sí, recordaba Ana, tuvo mucho miedo. Al día siguiente, temprano, partió en tren hacia Fez. Estuvo allí casi una semana y volvió a Marrakech dos días antes de marcharse a Madrid.

Regresó de noche muy tarde, le abrió la puerta el sereno, durmió, se levantó, salió de su habitación. En el recodo de la escalera se encontraron. Hablando bajito, Hamid la invitó a su casa. A las 3 en una esquina de rue Dabachi, allí la citó. Ana dijo que sí.

Hamid llevaba puesto un sombrero blanco y en la mano tenía un maletín. Marrakech ardía bajo el sol, Ramadan había terminado y la ciudad había recuperado su ajetreo habitual. De camino hacia la parada de ómnibus entraron a un bar y Hamid pidió dos licuados de palta. El bus arrancó recién cuando estuvo repleto de gente. Consiguieron dos asientos, Ana era la única extranjera. No corría el aire; su shawl, empapado, se le pegaba a la espalda. Poco a poco la ciudad quedó atrás, comenzaron las huertas en la tierra ocre, las nuevas urbanizaciones en medio de la nada. Anduvieron tanto que a lo lejos Ana distinguió la silueta del Alto Atlas. Finalmente se bajaron en un conglomerado de viviendas todas iguales que parecía vacío. Caminaron dos cuadras por una calle de tierra y Hamid se detuvo frente a una puerta de latón pintada de verde, en la planta baja de un edificio de tres pisos.

-Welcome to my home, Ana.

Hamid vivía en una habitación diminuta con una ventanita tan alta que sólo dejaba ver un trocito de cielo. Tenía una cama, una mesita con una televisión, una heladerita, un lavabo y una encimera que hacían de cocina. Del techo pendía una bombita desnuda y no había ropero; la ropa de Hamid, muy ordenada, estaba apilada sobre una silla. Detrás de una cortina había un inodoro al estilo turco.

El aire estaba inmóvil, hacía mucho calor. Hamid le dijo que iba a comprar algo fresco y la dejó sola. Volvió con yogourt de vainilla y jugo de naranja. Bebieron, Hamid fumó un cigarrillo apuntando hacia la ventanita que miraba al cielo. Estuvieron juntos hasta que oscureció. Todo lo que hicieron lo hicieron en silencio, aunque durante las pausas él le contó trozos de su vida. Del pueblo de agricultores de donde venía, de su decisión de trasladarse a Marrakech para estudiar hostelería. Había descubierto que ni trabajando de sol a sol podría alguna vez ser dueño de un hotel, así que desde hacía unos meses, después de salir del trabajo, asistía a un curso de diseño de indumentaria. Hamid no tenía idea de cómo se le había ocurrido semejante plan, no sabía nada de moda y esas cosas, pero creía que si aprendía a hacer ropa algún día iba a tener su propio negocio. Entonces, de debajo de la cama sacó su tesoro: envuelta en el embalaje original tenía una máquina de coser. La desembaló con cuidado, le dijo que la había comprado con sus ahorros y que todavía no sabía cómo funcionaba. Hamid volvió a guardar la máquina y siguió contándole sus sueños. Ana le acariciaba su pelo corto y duro y no sabía qué hacer con la ternura que sentía. Cerca de las ocho salieron de la casa y tomaron el bus de regreso a Marrakech. Sentados uno al lado del otro y sin que nadie los viera, iban tomados de las manos, sus dedos sudados entrelazados.

En la plaza frente a la terminal de ómnibus (ésa donde aparcan las calesas, a un paso de la Koutoubia), se despidieron. Hamid amagó hacer lo que no se puede hacer en público, acariciarle el brazo, darle un beso; pero ninguno de los dos hizo o dijo nada, sólo se miraron y se rieron.

Ana sabía que tenía que irse a dormir; temprano a la mañana siguiente volaba a Madrid y de Barajas debía ir directo a la agencia. Pero no quería que la noche terminara. Caminó sin rumbo por el laberinto del Gran Souk, comió un tajine en Rahba Kadima, volvió sobre sus pasos hasta la rue Semarine, se compró pastas de almendras y pistachos en la Patisserie des Princes y las fue comiendo por los callejones oscuros.

En Madrid trabajó sin descanso varios días. No hubo tiempo para otra cosa: su vida era darle forma a toda la información acumulada y editar fotos. A la noche tomaba una caña y un bocadillo en el bar de Alex, veía la mitad de una peli y se quedaba dormida. Finalmente entregó el trabajo; se quedó consigo misma. Entonces, después de tenerlo tan guardado, afloró lo que había vivido con Hamid como un torrente desbordado. Vio el humo de su cigarrillo trepando lento hasta la ventana alta por donde se veía un pedacito de cielo, olió el cigarrillo en el aliento de Hamid. Lo besó en ese primer beso hasta que sus besos fueron interminables, le acarició el pelo corto y duro y sintió un desborde de ternura que la conmocionó. Se enredaron después en abrazos, se desenredaron para respirar, secarse el sudor y tomar jugo de naranja. Y siguieron amándose hasta el atardecer en la habitación de la ventanita alta y la puerta de latón verde donde hacía tanto calor. Lejos de Marrakech, en un poblado que nunca supo cómo se llamaba, si es que tenía nombre.

Ana me contó esta historia una tarde mientras tomábamos unas cañas en el bar de Alex. Alex, el rumano hermoso de pelo platinado y rostro lleno de piercings, también escuchaba emocionado acodado sobre la barra.

-Ana, guapa, tienes que escribir esta historia preciosa.

-No encuentro las palabras Alex, no lo logro, no puedo. Hamid en mi vida es un secreto.

La historia de Ana y Hamid la escribí yo, cuando al fin un día me brotaron las palabras.

(Madrid, 2013)

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