Una cantina en Takayama

No tengo foto, estaba oscuro. Pero ella tenía el pelo violeta. Corto, apenas más abajo de los lóbulos de las orejas, aunque no lacio, sino como en los sesentas, medio abultado, peinado con fijador. Tenía los ojos delineados de negro con trazo grueso o quizá con un trazo fino que a lo largo de las horas se había ensanchado, y los labios pintados de rojo opaco. Ojos cansados, ojos muy bellos, labios cuarteados, labios muy bellos.

Se veía poco en la cantina. Lloviznaba esa noche, las calles estaban desiertas y oscuras. Preguntando llegamos. Y al entrar nos inhibimos. No era un sitio para extranjeros, no era ni siquiera un sitio para turistas japoneses. Era una minúscula cantina en un vecindario alejado del centro de Takayama.

Dije que estaba oscuro, lo cierto es que estaba muy oscuro. Reinaba una penumbra cargada de humo y olía a alcohol y a madera. En la barra había 2 ó 3 personas, hombres. Un par de mesas estaban ocupadas, hombres.

La mujer no hablaba inglés -casi nadie habla inglés en Japón (para qué y por qué tendrían que hablar en inglés?), pero la miré y sin hablar me enamoré de ella. Fue un instante y escribí una novela. Viajé al pasado, tal vez 1930, antes de la guerra, me la imaginé japonesa emigrada en China, trabajando en un bar prohibido de Shangai. Tenía el pelo violeta. Negro azabache, como todas las japonesas, pero teñido de violeta. Sonreía y se le formaban hoyuelos. Era hermosa así, con muchos años, en Shangai y joven debía haber sido tan bella.

Nos sirvió sake de la cantina. Uno hotto (caliente) y el otro frío. A mí el sake me gusta frío. Y nos dijo algo como que nos daría a probar pequeños platos de la casa. Pescados del río que atraviesa Takayama y pescados del mar que por todas partes rodea a Japón. También cosas que crecen en el bosque. Please sit, dijo, orgullosa de las únicas palabras que sabía en inglés, y recuerdo que nos indicó dónde sentarnos haciendo un gesto lento con las manos. Sus manos como de bailarina, sus dedos finos, las uñas largas y en punta pintadas con esmalte ya percudido. Sonreía con sus labios rojo opaco y sus ojos delineados de negro. Llevaba un cardigan verde musgo ajustado y un pañuelito de seda alrededor del cuello. Era tan bella.

Nos sentamos, tomamos sake. Comimos de pequeños bowls y platitos, comimos de una sartén con aceite hirviendo que llegó a la mesa haciendo estrépito. Usamos palillos y cucharitas de porcelana. No sé bien qué comimos. Tal vez trocitos de carne de vaca o de caballo, tal vez mariscos, tal vez caracoles u otros bichos. También, quizá, en el platito con vegetales crudos había flores entreveradas. Todos hombres a nuestro alrededor, todos hombres en la barra, todos hombres en la cocina. Y sólo ella, la japonesa de pelo violeta que añosa, hermosa, era la reina de la cantina.

Nos despedimos inclinando la cabeza, seguramente dijimos Oyasuminasai. Afuera estaba tan oscuro como en la cantina. Ya no lloviznaba y del asfalto, lentamente, subía vapor. Las calles desiertas, las luces mortecinas, cruzamos el río que corría murmurando cristalino. Sólo eso se oía. En el ryokan intentamos no hacer ni el más mínimo ruido. Las luces tamizadas por las pantallas de papel, las sombras tras los biombos, los pies descalzos, el silencio. En la penumbra, con una levedad inusitada, nos desvestimos, yo me puse mi yukata, que era blanca y azul, y sobre el tatami hasta la mañana siguiente nos dormimos.

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