Karlo, te recuerdo

Lo que voy a contar sucedió durante un viaje que comenzó en Venecia y terminó en Montenegro. En esa época yo vivía en Madrid, trabajaba como cronista de viajes y me habían encargado notas sobre distintos lugares de la región de los Balcanes. En Venecia, a donde no había regresado desde mi luna de miel a los 19 años, se me ocurrió, no sé por qué, hospedarme en la lejana Murano. Recuerdo que convencida de que el trayecto en el vaporetto era gratis los primeros dos días fui y vine sin pagar. Por suerte no me pescaron. Amé Murano, especialmente cuando a la tarde se iban los turistas y la isla recuperaba su ritmo pueblerino. De Venecia tomé un Trenitalia a Trieste, y en autobús llegué al puerto esloveno de Piran. Hubo una tormenta tremenda con un viento huracanado esa noche y al día siguiente; todas las barcas pesqueras se apretaban entre los espigones, y Piran, medio gótico, medio veneciano, parecía abandonado. Otro autobús me llevó a Liubliana, la capital de Eslovenia. Hacía poco que Eslovenia había entrado a la Unión Europea y la ciudad destilaba una energía vibrante. El entusiasmo palpitaba en las calles, en los bares, en los parques a lo largo del río Ljubljanica, en los mercados. Seducida por tanta pujanza, por tanta alegría, por la comida deliciosa y la música que parecía sonar en todas partes después de muchos años de silencio, me quedé en Liubliana más tiempo del que había pensado, hasta que una mañana partí hacia Croacia.

Croacia y Montenegro me atraían lo indecible desde mi infancia. A mis 6 ó 7 años, sobre un enorme atlas desplegado sobre sus faldas y mostrándome el itinerario lenta y detalladamente con el dedo, mi abuelo italiano me había contado que siendo él un chico había navegado junto a su padre desde Venecia a través del Adriático deteniéndose en Split, en Dubrovnik y en varias islas croatas. Aquel viaje fascinante, lleno de situaciones increíbles, había culminado en Montenegro, donde habían sido invitados a almorzar al palacio del rey del diminuto país. Que mi abuelo hubiera estado en el palacio del rey de Montenegro había dejado en mí imágenes fantásticas. Y aunque ahora fuera adulta, para mí Montenegro era todavía ese rey con un aspecto descomunal y una gran barba negra, sentado en la cabecera de una larga mesa. También era un comedor en penumbras, candelabros encendidos aunque fuera mediodía y mi abuelo de chico, intentando no cometer errores con los cubiertos. Qué suerte tuve yo de tener semejante abuelo.

Considerando los días que disponía y los lugares en Croacia a los que sí o sí quería ir, había decidido saltearme Zagreb, la capital, ya que según lo que había leído no tenía demasiados atractivos. Pero el único tren que cruzaba la frontera iba hacia allí, así que me dije, ok, desde la estación de Zagreb me tomo una conexión hacia Split.

Recuerdo que desde mi hostel sobre el río caminé un larguísimo trecho hasta la estación de Liubliana. Recuerdo también que cuando un guardia me indicó mi tren sentí que me iba a meter en una película. De pronto todo era arcaico, la Unión Europea había quedado muy atrás y yo estaba en la antigua Yugoslavia. Los agentes migratorios, instalados en el angosto pasillo por el que se accedía a los compartimentos, me intimidaron con sus uniformes soviet y sus miradas como de la KGB. Los compartimentos eran muy oscuros y tenían largos asientos de gastado cuero color granate. Era una mañana soleada de primavera, sin embargo, dentro del tren hacía frío y olía al kerosene que se quemaba en las estufas.

En mi compartimento, para seis personas, no había nadie, pero segundos antes de que el tren partiera entró un hombre de unos 28 años, hermoso. Me saludó en inglés y todavía agitado por la corrida, medio hablando para sí mismo, dijo que casi había perdido el tren. Durante un rato no nos miramos, o intentamos no mirarnos. Pero con alguna excusa empezamos a hablar y ya no paramos de conversar durante las dos horas y media que duró el viaje hasta Zagreb.

Se llamaba Karlo, era croata y venía de pasar un fin de semana de vacaciones en Liubliana. Había vivido en Zagreb los seis años que le llevó recibirse de médico, aunque era de una ciudad cercana a las fronteras con Serbia y con lo que es hoy Bosnia y Herzegovina. Karlo no conocía el mundo, sólo Eslovenia, aunque tenía grandes planes para el futuro. Lo que más le importaba en ese momento era que después de trabajar en guardias hospitalarias, había terminado su especialización como traumatólogo y acababan de asignarle un puesto fijo. Era un tipo lindísimo, alto, pelo negro, ojos oscuros y piel muy blanca. Irradiaba frescura y se lo veía feliz.

Cuando le comenté que me saltearía Zagreb y que seguiría directamente hacia Split, me dijo que me entendía, casi todos los viajeros pasaban de largo por la capital atraídos por la espectacular costa croata. Se quedó callado un rato y después arremetió: Era verdad que Zagreb era pequeña, pero estaba llena de secretos, ¿me los iba a perder? Él se ofrecía encantado a guiarme y mostrármelos; tenía 5 horas libres hasta la salida de su autobús. ¿Cuántas horas tenía yo? No tenía idea, pero ¿cómo decirle que no?  En la estación de Zagreb Karlo se ocupó de todo: cambió al mejor precio mis euros a kunas, dejó mi mochila en la consigna y me ayudó con la compra del ticket hacia Split. Salimos de la estación exultantes, mi tren salía a las 4; teníamos 3 horas para que me mostrara la ciudad.

Recuerdo que fue tan hermoso todo. Escucharlo hablar en croata cuando se cruzó con algún amigo, acompañarlo a comprarse las zapatillas Adidas con las que soñaba desde hacía semanas en uno de los pocos negocios cool de Zagreb donde -no me olvido- sonaba fuertísimo “Fever” de Madonna. Caminamos la ciudad arriba y abajo, me llevó por atajos medievales, visitamos iglesias y lo vi santiguarse arrodillado cada vez que entraba en ellas. Era domingo, y la religiosidad de los croatas -fueran ancianas vestidas de negro con la cabeza cubierta, madres y padres jóvenes, niños, adolescentes, hombres adultos- me conmovió profundamente.

Karlo hablaba sin parar, encadenando un tema a otro. Me hacía reír a carcajadas con sus cuentos de la universidad, me contaba viejas historias de la ciudad, me hacía comentarios sobre la música que le gustaba, me daba detalles de cómo estaba conformada su familia, de cuánto amaba a su único hermano. Y fue durante el almuerzo en una popular cantina subterránea donde se comían platos típicos y se tomaba la mejor y más barata cerveza destilada en Zagreb que me contó sobre la guerra.

Como el resto de los países que integraron la ex Yugoslavia, Croacia vivió largas décadas de conflictos bélicos y penurias, que marcaron a fuego el carácter de los croatas. La última guerra, la más cruenta, la llamada guerra de Bosnia, había comenzado en abril de 1992, cuando Karlo todavía era un adolescente. Como su ciudad estaba muy cerca de los límites con Serbia y con Bosnia y Herzegovina, tenía amigos e incluso familiares al otro lado de las dos fronteras. El conflicto estalló y la línea de fuego separó a amigos y los convirtió en enemigos. Los bombardeos eran constantes y unos minutos antes, cuando sonaba la alarma, había que correr al refugio subterráneo. Karlo contaba sin dramatizar mientras disfrutaba del pescado frito con salsa tártara. Yo escuchaba y preguntaba y Karlo no recordaba haber tenido que acostumbrarse a nada. Tal vez los primeros meses, pero para él la vida durante esos largos 3 años había sido simplemente la vida. Por más que lo intentara, tampoco podía separar la vida en su casa de la vida en el refugio. Estar en su casa y sin peligros era mil veces mejor, pero todo era la vida. De alguna manera, lo que sucedía “arriba”, se replicaba “abajo”, en el refugio. En el refugio pasaba todo, María. Se festejaban cumpleaños, las mujeres parían, los chicos jugaban, se estudiaba, se moría, se dormía. La gente se peleaba, lloraba, contraía matrimonio, se reía, se emborrachaba, se enamoraba. La gente hacía el amor. Karlo había hecho el amor por primera vez allí. No recordaba en qué lugar del refugio (tal vez debajo de una mesa, dijo) porque lo había hecho otras muchas veces, pero sin contarme casi nada supe que lo recordaba todo, se notaba por su sonrisa.

Karlo tenía la vida por delante y la cerveza no le había causado ni el más mínimo efecto. A mí sí, y mi tren salía pronto. Corrimos hasta la estación, retiré mi mochila de la consigna. Vimos mi tren llegar, le dije cómo retribuirte el regalo que me has hecho. Él me tomó la mano, sólo eso, y me dijo, hacé lo mismo que hice yo con alguien desconocido que te guste mucho.

Mi tren se detuvo y se abrieron las puertas. No intercambiamos nuestros mails, ni nuestros números de teléfono, ni nuestras direcciones. Tampoco nos preguntamos nuestros apellidos. Lo saludé haciendo adiós desde mi ventana, me acomodé en mi asiento, el tren dejó Zagreb. Fue más o menos a los 5 ó 10 minutos que me di cuenta de lo que había pasado. Y me puse a llorar a mares, como se llora cuando una está entre desconocidos. Lloré y una señora vestida enteramente de negro me habló en croata, me acarició el pelo y me ofreció un pañuelo. No pude explicarle que no estaba triste, que lloraba porque la vida es mágica, porque las estrellas en su andar por el cielo se rozan, porque en todas partes hay gente hermosa, y porque Karlo, lleno de luz y alegría, a pesar de la larga y cruenta guerra, no sentía que había perdido ni un sólo día de su vida.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Mono dice:

    Segunda vez que lo leo, que linda historia, solo es posible si te animas y confias en tu propio instinto,

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    1. Graciasss monus ❤️

      Me gusta

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