Ronda de mujeres

Hace muchos años estudié Narración Oral con Juan Moreno. El maestro, que dictaba sus cursos en el Instituto Suma, en Caballito, no sólo poseía una enorme cultura y narraba de manera sublime, sino que tenía una hipnótica personalidad. Sus clases eran magistrales y además divertidísimas; Juan era tan histriónico que pasaba de una seriedad absoluta a la risa y al segundo parecía que iba a llorar. 

La Narración Oral tiene sus códigos: el cuento no se lee y tampoco se lo recita de memoria. Una puede usar una frase tal cual aparece en el libro si es crucial o hace al clímax de la historia, pero el cuento se relata con las palabras que elige la o el que narra, aunque jamás modificando la trama; prima, ante todo, el respeto total por la historia. La o el cuentacuentos no usa disfraces ni se vale de objetos. Narra con su estilo, claro, pero su voz es su único instrumento. Su voz y su intención son el canal mediante el que apela a la imaginación de la audiencia.

Las clases de Juan pasaron a ser mi prioridad. No faltaba nunca, no se me escapaba ni una de sus palabras o gestos, tampoco la bibliografía que recomendaba. Juan insistía en que había que comenzar a practicar con cuentos maravillosos, esos cuentos populares de tradición oral que existen desde siempre en todas las culturas y que aunque ahora se cuenten a niños, en su momento entretenían a grandes y chicos. Los cuentos recopilados por los hermanos Grimm, los de Las mil y una noches, por ejemplo. Un día tuve que elegir un cuento, practicarlo en casa y narrarlo en el curso. Según Juan estuve bastante bien. Meses después, una conocida que trabajaba como asistenta social me preguntó si podía narrar algunos cuentos a un grupo de mujeres de un barrio carenciado. Se me paró el corazón de los nervios. Se lo comenté a Juan, me dijo que era hora de lanzarme al ruedo, aunque cuando le hablé de los cuentos que pensaba narrar se río a carcajadas y me dijo que era una audaz. A pesar de eso no cambié los cuentos que había elegido y durante semanas me encerré en mi cuarto a practicar.

Recuerdo que era una tarde de invierno lluviosa. Recuerdo las calles de tierra embarradas, el galpón enorme, el olor a kerosene de las estufas, las mujeres sentadas en círculo tomando mate y comiendo torta y galletitas. Eran sus horas de solaz y esparcimiento fuera de sus casas, una vez a la semana. 

Yo estaba muy nerviosa. Noté cuan lejanos estaban nuestros universos y me estremecí. La asistenta social me presentó y se hizo un silencio sepulcral. Entonces respiré profundo, me encomendé a mi ángel y conté La pulsera de cascabeles, de Mujica Lainez. Me aplaudieron, lo recuerdo, me ofrecieron mate para aclarar mi garganta. Después narré Maria dos Placeres, de García Márquez. Ya más segura de mí misma, pude ver la atención con la que seguían la narración, cómo se emocionaban, como movían la cabeza haciendo sí o no, cómo sonreían, cómo celebraban el final feliz. Y con el último cuento, Agueda, de Lugones, me conmoví yo. La historia, de un romanticismo de otra época, es la de un bandido llamado Nazario Lucero que secuestra a la hija del juez de un pueblo cordobés y se la lleva a su guarida en el cerro Champaquí. No contaré el cuento ahora, pero les aseguro que el galpón se había convertido en monte y la tarde en noche oscura. Las mujeres, cada cual a su modo, eran Agueda. Y galopaban por el monte con los ojos vendados asidas por el bandido, le decían que jamás serían suyas aunque él, enamorado, no osara ni acercárseles, y luego, en los momentos finales, cuando Nazario, débil de amor no correspondido estaba a punto de ser muerto por los hombres del juez, se interponían con los brazos abiertos, como lo había hecho Agueda, y gritaban “No le maten!!!…”

Nuestros universos se habían tocado, todas éramos una ronda de mujeres que sin movernos del galpón habíamos viajado.

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