La sed

Conocí a Marco cuando el Retiro florecía y el aire de tan dulce apenas se podía respirar. Yo recuerdo; entré por primera vez al parque por la Puerta de Alcalá una tarde tranquila de un día cualquiera y seguí prolijamente la ruta que me marcaba mi mapa. Bordeé el gran lago, recorrí las anchas avenidas de cemento. Después, buscando apartarme de la alergia que ya me causaba tanta claridad llena polen, dejé el sol y me interné por los senderos sombríos y fue como entrar en otra dimensión. Olía a tierra húmeda, a helechos nuevos y a savia verde, y la mínima luz que cada tanto se filtraba entre la sombra oscura era increíblemente blanca y densa. El lugar parecía desierto. Sólo al prestar atención uno se daba cuenta de que allí, inmóviles sentados en los bancos, o semiocultos entre los matorrales de pasto, había gente, gente sola. Todos parecían hacer nada, tenían la mirada ausente, como si no estuvieran aquí. Pensaba en que estaba perdida y en eso; me decía, he cruzado un umbral y he penetrado en otro tiempo habitado por soledades. Me quedé muy quieta y me puse a escuchar, tuve la sensación de que al lugar, como a un animal vivo, se le sentían acompasados los latidos. Se me ocurrió que permanecer ahí terminaría dándome miedo, sin embargo, tal vez atrapada por una extraña fascinación, no me podía mover. Entonces, como si viniese abriéndose paso entre las copas de los árboles, me llegó el sonido de una guitarra. Vino directo hacia a mí, buscándome desde otro mundo; eso fue lo que sentí. Lo seguí, poco a poco fui saliendo de las sombras hasta llegar a un espacio abierto al sol donde brillaba el Palacio de Cristal. 

Marco tocaba sentado en el banco de siempre, igual a siempre: llevaba puesta su boina y sus anteojos oscuros. No supe qué hacer, de pronto tanta luz me encandiló. Caminé hacia la orilla del estanque, después me acerqué al Palacio y me quedé ahí, sentada en las escalinatas contemplando lo que me rodeaba. Desde allí lo volví a mirar. Las piernas cruzadas, el amplificador a un costado, la caja para que le echaran monedas adelante, la boina tapándole el pelo, los anteojos oscuros. Marco. Por su aspecto supuse que no era español y me distraje inventándole una historia. Él siguió tocando. Y no me miró.

Volví al Retiro una vez, dos veces, tres veces, ya no dejé de venir. No venía al parque, en realidad venía al Palacio. Aquí me quedaba. Estuviera donde estuviese, aunque tuviera que atravesar toda la ciudad, venía. Al principio no supe por qué, después, a medida que fui entendiendo lo que sucedía conmigo, me di cuenta de que aquí, entre tantos árboles, me era más fácil respirar. Venir aquí se convirtió en una necesidad, sí. La sensación era ésa y era urgente: tengo que ir allí, tengo que ir allí, y llegó un momento en que para no sentir que me moriría en el camino evitaba pensar en que ya casi no podía cerrar los ojos, en que el aire seco me estaba lastimando la piel, tal vez los pulmones y el alma. Llegar era un alivio. Era increíble, me recostaba en la barranca de pasto atrás del Palacio y sentía cómo mis poros se abrían a la humedad que emanaban la tierra y los regadores que en algún lado mojaban los helechos. Entonces podía cerrar los ojos sin que me dolieran. Empezaba a respirar sin hacer ruido, ya no me escuchaba sufrir. Así me quedaba, a veces durante horas, de a ratos intentando infructuosamente escribir. Mientras todo esto ocurría –siempre-, escuchaba a Marco tocar. 

A medida que pasaba el tiempo nada parecía variar. Yo iba reconociendo a los que habitaban el parque, distinguía zonas. Había veces en que sin poder evitarlo volvía a internarme en las sombras de los senderos apartados, ésos donde había estado el primer día; entonces me daba cuenta de que las semanas y los meses iban pasando. La gente sola seguía ahí, muda, ausente, ida, sola, sola; yo caminaba lento, los miraba y me miraba, y descubría que no les tenía miedo: de a poco, con un nudo en la garganta, iba sintiéndome una más. Por lo demás, cuando estaba bajo los árboles atrás del Palacio, todo sucedía de la misma manera, la música punteada de Marco siempre sonaba igual. La única diferencia fue cuando el sol empezó a brillar más fuerte y comenzó terrible el calor. Marco cambió de sitio, ahora tocaba desde un banco oscurecido de sombra. 

Hubo otra cosa, además; él también me empezó a mirar. Lo noté a pesar de sus anteojos oscuros: me miraba. 

En el verano hubo días en que creí que realmente podía morir hundida en mí misma, como una fruta deshidratada, como un mar sin líquido, sólo de sal. El aire se secó todavía más, me preguntaba una y otra vez qué había venido a hacer aquí. Por qué estaba aquí. Me miraba la piel escamada, los ojos rojos, los labios hinchados y casi como un juego me desafiaba a sobrevivir. 

Por las noches empecé a soñar con agua. Eran sueños recurrentes, en ellos yo caminaba por una ciudad eternamente empapada, la lluvia me mojaba el pelo, la cara, la piel. También empecé a recordar. Pensaba en el río marrón, lo olía; olía a barro, a sauces chorreando agua, a sudestada. 

El Retiro resistía mudo el agobio de agosto. El pasto estaba ralo, quebradizo, pero bajo los árboles, entre los arbustos tupidos, todavía encontraba un resabio de humedad. Que Marco me mirara y que yo lo mirara se había vuelto una costumbre como el venir y permanecer acá. Al principio lo hacíamos con cuidado, ya después nos mirábamos sin reparo. Yo lo miraba como nunca había mirado en mi vida; tal vez desesperadamente: dejaba el libro que leía y lo miraba, dejaba de escribir y lo miraba, dejaba de hacer nada y lo miraba. Un día en que me estaba yendo pasé a su lado y me detuve. Lo miré de frente, fijo. Él dejó de tocar. Le dije, soy Ana. Me dijo, soy Marco. No dijimos nada más. 

Marco a veces dejaba la guitarra y se sentaba al lado mío bajo los árboles. Nuestras conversaciones eran extrañas; hablábamos, aunque no nos preguntábamos nada. A ninguno de los dos nos intrigaba el pasado del otro y tampoco ninguno necesitaba contar su vida. Es que todo era tan evidente, éramos nuestro pasado manifestado, encarnado; nuestras historias, nuestros quiénes y porqués estaban con trazo grueso escritos en nuestra piel. Con el tiempo lo poco que se interponía entre nosotros dos fue desapareciendo; un día Marco se quitó por primera vez los anteojos oscuros, después dejó de lado el acento italiano y ya no escondió su español castizo. Jamás le pregunté por qué pretendía pasar por extranjero en su propio país. Imaginaba el porqué, y me bastaba. Lo único que sabía de él era que se llamaba Marco, y aunque podía ser que ése no fuera su nombre real, también esto me bastaba. Sí, cuánto menos supiera de él, más profundamente lo conocía. Ésa era la sensación. Él de mí tampoco sabía nada. Por qué había dejado mi país, qué o quién había quedado atrás. Nada parecía importar. Sin embargo yo sentía que con sólo mirarme me desvestía. Y era tan cómodo; delante de él yo no disimulaba, lo miraba con los ojos secos, rojos de alergia y él comprendía que a una parte de mí le estaba costando vivir. Entonces me preguntaba, Ana, ¿te traigo agua? ¿Tienes sed?

Una tarde lo seguí fuera del Retiro. No era algo en lo que había estado pensando; sólo sucedió. Fue un día igual a los de siempre, aunque tal vez hubo algo, sí, tal vez la humedad que subía de la tierra y que brotaba de las plantas no bastó para calmar el dolor inmenso que resquebrajaba mi piel. Puede ser. Estuvimos juntos un rato bajo los árboles, después él volvió a su banco y se puso a tocar. Se hizo tarde, juntó sus cosas y caminó hacia la avenida central del parque. Entonces me puse de pie y fui atrás de él. 

Marco sabía que lo seguía, sin embargo nunca se dio vuelta. Caminó despacio, como para asegurarse de que yo no perdería su rastro, llegó a la puerta que da al Prado, cruzó la calle, cruzó otras, dobló algunas esquinas, trepó al Madrid viejo. En un portal se detuvo. Me esperó. Subimos juntos las escaleras, tres o cuatro pisos, metió la llave en la cerradura, abrió. Adentro estaba oscuro, no prendió la luz, sólo descargó su mochila y apoyó la guitarra en el amplificador. 

Después escuché a mi corazón y a su respiración acercándose, tomó mi cara mojada de lágrimas entre sus manos, me apretó contra la pared, me desvistió rápido, y con una desesperación inaudita, animal, desbocada, sobre el piso hicimos el amor. 

Madrid, 2002

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