La primera vez que fui a Egipto

Es viernes al mediodía, llueve y por primera vez escribiré sobre Egipto. “Escribir sobre Egipto” suena a escribir sobre una galaxia entera, muy ambiguo y pretencioso; mas bien tendría que decir escribir sobre El Cairo, sobre el Nilo, sobre Nubia, sobre las pirámides, sobre la golondrinita que en vez de volar a Egipto con sus compañeras cuando se acercaba el invierno, se quedó con el Principe Feliz. Qué chiflada, yo no hubiera hecho eso.

Oscar Wilde es el responsable de que desde niñita haya deseado ir a Egipto. Me imaginaba el Nilo tal cual la golondrinita se lo describía al Príncipe Feliz. La verdad es que no recuerdo exactamente qué le decía, pero sí recuerdo qué imaginaba yo.

Sentía el agua correr. El agua era marrón. Desde el cielo miraban Isis, Osiris y Ra, que brillaba más fuerte que el sol. Había cocodrilos medio sumergidos y en las orillas, hasta que comenzaba el desierto, un montón de palitos verdes, que eran sembradíos de arroz. También papiros. Papiros cuyas hojas, remojadas y prensadas, servían para escribir, me decía mamá. Porque los egipcios escribían cuando en el mundo nadie escribía, eran muy avanzados. No usaban letras, usaban jeroglíficos. Los jeroglíficos siempre me parecieron lo más alucinante que jamás vi en mi vida. A los 5, antes de ir al cole, yo sabía leer y escribir. Era genial, aunque bastante normal. Pero leer los jeroglíficos, eso sí que era una aventura. Mi abuelo italiano, tan viajero, le había traído de Alejandría (él decía Alessandria) a su hija (mamá) un gran libro lleno de fotos de tumbas, pirámides y jeroglíficos. Yo los miraba e inventaba historias. Hilaba y tejía tortugas, escarabajos, cocodrilos, serpientes, gatos, hipopótamos, brazos, alas, orejas, bocas, juncos, patos y leía una novela. Claro que tenía que estar muy atenta: los jeroglíficos son intensos y se prestan a cualquier interpretación.

Así fue como conocí Egipto, a los 5 ó 6 años. Sabía de todo. Y lo que sabía, aunque fuera completamente inventado, se lo contaba en verano a mis tíos en traje de baño -mis largas piernas flacas como las de los egipcios-, parada arriba de una mesa, de sobre mesa.

Siempre lo que te lleva de viaje es un libro. O un jeroglífico.

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