Chinito, la cuenta cuentos

-Contame un cuento Chinito.

Era la primera vez que me lo pedía, así, de la nada, aunque yo ya le había contado mil cuentos. Yo hablo mucho, así que hablara de lo que fuese, hilaba una cosa con otra y terminaba siempre contándole una historia. Él, que me había estado escuchando mientras hacía alguna cosa, dejaba lo que estaba haciendo y se quedaba quieto. Entonces yo sabía: lo había atrapado, era completamente mío.

De pronto ya no tenía ese cuerpo grandote, no parecía una columna de hierro oxidado, tampoco tenía gusto a sal marina. Porque eso sentía yo cuando lo miraba, o cuando lo besaba. Era un niño ahora, y no lo disimulaba. Los ojos se le ponían transparentes, los labios de hombre recio se le suavizaban, se iba mansamente conmigo. La brisa y su compañía hinchaban la vela del velero que yo era y navegábamos. Íbamos a muchos lados. Yo inventaba con el viento o le narraba historias que había leído. Y si no era una vela de un barco era una ninfa y él nadaba detrás mío. Éramos un mundo submarino.

Durante el tiempo que duraba el viaje él olvidaba sus ganas de hacer el amor. No me tocaba, no se movía, sólo escuchaba. Cuando el cuento terminaba, me decía qué linda historia Chinito, y entonces sí, el sexo explotaba entre nosotros dos. Yo hacía el amor con él, él creía que lo hacía conmigo. Pero sé que él estaba amando a todas las mujeres, a todos los hombres, a todas las historias que desde lugares lejanos yo le había traído.

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