Sicilia in macchina

Me corté la melena en una peluquería de Chueca y me fui a Tunez. Tenía que escribir sobre el país, así que me lo recorrí entero, aunque ésa es una historia que dejo para otro momento. Como me sobraban días antes de regresar a Madrid miré el mapa y dije me voy a Sicilia. Y volé 35 minutos sobre el Mediterráneo, de Tunez a Palermo. 

Sabía poco y nada sobre Sicilia. Había leído a varios escritores sicilianos, que no es lo mismo. También había visto pelis. Kaos, de los hermanos Taviani me había causado un enamoramiento de por vida. Lo primero que me impactó de Palermo fueron las mujeres sicilianas, me sentí una esmirriada. Decidí que tenía que engrosar mis caderas y mi pechera. También extrañé mi melena leonina; las cabelleras de las sicilianas eran un portento. Me metí en un albergo en el tercer piso de un palazzo barroco venido a menos y deambulé por Palermo dos días. Me compré una guía, y mientras leía y comía pasta sin parar armé un itinerario alrededor de la isla. Partí a Trapani en colectivo y ahí empezó la aventura. Gianni me empezó a hablar. Iba sentado atrás mío y yo cuando estoy contenta soy un cascabel que habla hasta por los codos, así que a los 5 minutos no sólo Gianni, la gente en el colectivo sabía que era argentina, nieta de un italiano. Estaban emocionados, todos tenían algún familiar que movido por la hambruna había emigrado a América. Así que por ósmosis yo pasé a ser pariente de todos. Empezaron a contarme historias. Algunos derramaron lágrimas, varias mujeres me invitaron a comer a sus casas. Cuando llegamos a Trapani me despedí con abrazos, menos de Gianni, que me acompañó al albergo donde había reservado. Se llamaba Messina, mi cuarto era diminuto. Como el baño era compartido pasaba por la sala y veía a los dueños, él en camiseta y pantuflas y ella en camisón. Eran viejos y hermosos, como todo el albergo, al que no le habían modificado nada desde 1930. Una mañana me tomé el ferry a una de las Islas Egadi y la recorrí en bicicleta. Ya hacía calor, así que cada tanto me daba un chapuzón. Gianni pasó a ser mi consejero: me llevó al Mercato dei Pesce y a comer pizza a Calvino, la mejor pizzería de la ciudad. También consiguió que un amigo me alquilara su auto. Así que me fui. Y si ya estaba enamoraba de mi vida por lo que me estaba regalando, me enamoré más cuando haciendo zigzags entre tierra adentro y el mar fui descubriendo Sicilia. Subía una colina rodeada de trigo ya segado y estaba, sola mi alma, en el impresionante anfiteatro griego de Segesta. Bajaba al mar y navegaba hasta Mozia entre salinas. Y qué decir de Erice, Enna y Caltanissetta encaramados en solitarias cimas, cerca del cielo? En Caltabellotta pasé una noche en la casa de una signora a la que no le entendía nada. No me bañé porque no había agua caliente, y pasé hambre, porque en el pueblo no había restaurante. Y otra vez mi macchina y la música italiana que sonaba en la radio. Y el mar azul, y Selinunte, la increíble ciudad griega en medio de pastizales, custodiada sólo por rebaños. Ay mio dio, cuánta belleza el sol reverberando en los templos de Agrigento. Seguí a Ragusa, no me olvido de esa cúpula azul que sobresalía entre los techos gastados. Y dormí algunas noches en la ciudad vieja de Siracusa. No me quería ir. Iba y venía por las ramblas, miraba lo que traían los barcos de pesca, compraba queso y pan y comía en la terracita de mi habitación, mirando a la gran Piazza. Y todavía quedaban el mar y las villas de Taormina, la catedral de Cefalù sobre la playa y volver a Trapani a devolver la macchina. No sé cuántos días estuve dando vueltas. No hablaba con nadie, sólo con Gianni que me llamaba al cellulare para saber cómo estaba. Cuando volví repetimos Calvino, pero la pizza la comimos sentados en la escollera, al atardecer, como es tradición en Trapani.

Gianni me llevó hasta Palermo y volé a Tunez. Nuevamente las chilabas, las miradas veladas de las mujeres, los cafés llenos de hombres fumando narguiles. Salam Alekum, saludé al conserje del Hotel Doré, Alekum Salam Madame, contestó. Vengo de la hermosa Sicilia, mañana regreso a Madrid, le dije con mi deplorable francés. Creo que el conserje no me entendió nada, aunque sonrió muy amablemente y me dijo Bonne soirée Madame.

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