Aisha, Fátima y yo

A la aldea no se podía subir en auto, así que trepé a pie. Me crucé con una mujer mayor con la cara tatuada que acarreaba ramas sobre su espalda. Vejer, le dije, Labess, le dije, saludando en bereber. Ella respondió algo incompresible y me hizo un gesto para que la siguiera. Fui tras ella y me metí en la aldea construida de barro, palos y piedras. Cerca de la gran kasbah escuché que de algún lado me llamaban. Por un ventanita en lo alto de una casa un hombre grandote me hacía señas. Entendí que me estaba invitando a su casa. En territorio bereber esto es usual: la ceremonia del té para el que llega, para charlar o estar silencio, para ver el amanecer, pasar las horas o mirar las estrellas. Desde el techo de la casa, una mujer joven con chilaba rosa y velo morado me miraba. Pensé que tendría 16 años, después supe, gracias a un vecino que hizo de intérprete, que tenía 24 y tres hijos. Con los viajes he aprendido que aunque una no se entienda con el otro, la sonrisa es una forma de lenguaje. Y abre puertas, derrumba muros. Pasé por los pesebres, salteé el maiz esparcido en el suelo, subí. Por señas entendieron que me llamaba María, entonces la mujer joven con la chilaba rosa dijo Aicha, el hombre grandote que era su marido, Mohamed, su cuñada, Fátima, la madre muy viejita de Mohamed, Latifa. Una gran habitación, piso de tierra, ventanitas diminutas. Todos nos descalzamos, nos sentamos sobre varias alfombras. Yo recordé que por ser mujer no debía sentarme con las piernas cruzadas, sino de costado.

La casa no tiene electricidad ni gas. Aisha calienta el agua sobre un diminuto brasero y pone un manojo de menta fresca en una teterita bereber. Mohamed enjuaga los vasitos sobre una bandeja y sirve el té. Una ronda y todos en silencio, aunque mirándonos con una sonrisa. Otra ronda y Aisha trae agua en una palangana de latón y uno por uno nos lavamos las manos. Entonces traen una mesita baja donde apoyan un gran pan horneado en la casa y un cuenco con aceite de oliva. Comemos, los hijitos de Aicha se me acercan y hacen monerías. Les digo con señas que estoy muy agradecida, que debo irme. Besalama, digo diciendo adiós en bereber. Y cuando Mohamed baja con el vecino y me quedo sola con las chicas, mediante señas me piden una selfie.

Aicha, Fátima y yo y nuestra selfie contra la pared.

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