Laberintos

La primera vez que entré en un souk me di cuenta de que un poco más allá me perdería en un laberinto y me dio miedo. Entonces caminé sólo unos metros por distintos callejones atenta a las marcas que me permitirían volver atrás sana y salva hasta la bab (gran puerta) por la que había accedido. Un souk es un mercado, y esa primera vez fue hace muchos años, cuando yo era una pichona de viajera, en Marrakech. Recuerdo que el corazón me latía rápido, un universo desconocido se desplegaba ante mí. Todo diferente, todo intenso, los olores, los sonidos, los colores, la gente. El estímulo sensorial fue tal, que aunque eran las 2 de la tarde volví al hotel y me quedé dormida.
Yo creo que viajar es sobre todo estar en contacto permanente con la maravillosa posibilidad de aprender, pero para eso se requiere cierta audacia. No sirve “mirar desde la puerta”, hay que entrar. No sé si soy audaz, pero mi curiosidad me empuja y me guía. Así que volví una, diez, cien veces. A ese souk y luego a muchos otros, en todo Marruecos. Aprendí que es perdiéndose que una aprehende lo cotidiano y lo sorprendente, descubrí también que estar perdida no está nada mal.
Los souks son sobre todo mundos de hombres. Son mercados, pero también son muchísimo más. Como si una viajara al medioevo, todavía tienen enorme peso las cofradías, la de los curtidores, la de los ebanistas, hilanderos, ceramistas, tejedores, por sólo nombrar a algunos. Ver cómo funciona cada cofradía es entender la esencia de los gremios del mundo occidental. Un souk puede ser cerrado y tener zonas techadas, aunque también puede funcionar en una plaza. Para un extranjero siempre resultan mundos caóticos, sin embargo tienen un orden y una lógica contundente. En los confines del souk se hallan las curtiembres, los corrales, los herreros, todo lo que genera mal olor, suciedad y ruido. Adentrándose aparecen los puestos de carne y verduras, luego las especias y las patisseries, más adentro las cerámicas, las tiendas de alfombras, las de telas. El corazón del souk está reservado para lo más refinado: los sastres de kaftanes de terciopelo y seda, y la espectacular joyería bereber.

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