Hanisha y yo

Hanisha sólo habla bereber pero nos entendemos a la perfección. Cuando me presenté me señalé a mí misma tocándome el pecho exageradamente y dije María, después la señalé y puse cara de interrogación. Dijo entonces Hanisha, y nos hicimos amigas. 

Me abrazó con todo su cuerpazo, me dio 7 besos, 2 repetidos de cada lado y luego tres seguidos en una sola mejilla. Jamás entenderé el ritual de los besos entre las mujeres marroquíes, sé que tiene que ver con el grado de intimidad, familiaridad, respeto y también con el cariño. Pero cómo saber en qué categoría entro yo? Hace años me rendí a lo que ellas decidieran hacer conmigo, así que me entrego encantada al besuqueo, a las mejillas rosadas y calientes, a las manos macizas, al abrazo y a la risa. 

Hanisha anda de un lado al otro desde la oración del alba hasta bastante más tarde de la última oración, ya cuando la noche está bien oscura. Usa una túnica verde y un pañuelo amarillo a modo de hiyab que le cubre la cabeza, las orejas y el cuello. Debajo de la túnica lleva un pijama – jogging medio ajustado con florcitas de colores. Hanisha tiene tres hijos, el mayor de unos 12 años. Qué edad habrá tenido cuando se casó y se fue a vivir a la casa de la familia de su marido? Tal vez 17, quizá 16.

Ahora Hanisha tiene casa y familia propias y mucho trabajo. Pero está siempre contenta y no se cansa nunca. La leña, la huerta, el fuego, el té, el pan, el burro, la cabra, las gallinas, la cocina. Y desde que llegué yo está divertida porque entendió que María es Meriem en árabe y eso le llama mucho la atención. Así que cada vez que Hanisha pasa a mi lado me toma de la mano o me acaricia la cabeza, dice Meriem y nos reímos las dos.

La miro ir y venir atravesando el patio con un canasto de verduras, con una bolsa de harina, con la ropa recién lavada, con una tijera de podar en una mano y en la otra un gran ramo de menta fresca. Después la sigo a la cocina, la observo y ella canta bajito como si yo no estuviera. Por señas le he explicado que me gusta cocinar, así que cuando se acuerda de que estoy mirando me da a probar especias y hierbas con una cucharita de madera. 

Hoy a la tarde me buscó y me dijo algo que me fue imposible entender. Así que me tomó de la mano, atravesamos el patio y me mostró el fuego encendido del hamman. Abrió una puerta, salió un nube blanca de vapor caliente y me indicó Meriem hamman. Uaha, dije, y se río al escucharme contestar en bereber. Digamos que Hanisha me mandó a bañar. Después del hamman quedé tan relajada que me recosté en mi cama a leer. Al rato escuché que me llamaba. Meriem, y entendí que era la hora de cenar. Hanisha preparó harira (esa sopa típica que me gusta tanto) y cuscus. Y mientras yo cenaba bajo el alero de la entrada de la cocina, la tarde se iba, cantaban los pájaros, y ella, con los brazos en jarra, me miraba comer con una sonrisa de satisfacción.

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