Tierra Amazigh

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Ay la maravillosa historia, ese racconto de hechos que sería sólo un cúmulo de datos si no dejara en claro que lo que mueve al ser humano desde el principio de los tiempos es el instinto de supervivencia. De ahí los desplazamientos, de ahí la migrancia, la lucha por el territorio. De ahí las guerras y las conquistas, la imposición o aceptación de religiones, del lenguaje, la fusión de costumbres y tradiciones, de ahí el sincretismo. 

Es a partir de esa palabra, el fascinante sincretismo que encuentro en tantos lados, que me gusta irme hacia atrás en la historia, buscar conexiones, cosas -sean religiosas, culturales, o sociales- que se han entrelazado con otras muy diferentes y han logrado permanecer, a veces abiertamente, otras en secreto, través de los siglos.

Recuerdo el déjà vu que tuve en los antiguos bazares de madera de Srinagar, capital de Kashmir, en el norte de India. De pronto tuve la sensación de que estaba en algún pueblo turco cerca del Mar Negro. Me quedé helada. Casi 5000 km de distancia. Entonces cerré los ojos y pensé en los persas, en las rutas de las especias y de la seda, en el imperio otomano. El mundo me pareció un pañuelo, aunque no lo notemos estamos todos unidos, somos parte de un maravilloso y atemporal telar.

Este divagar mío es sólo para contar que hace alrededor de 1300 años los árabes llegaron al norte de Africa y trajeron con ellos sus costumbres y su religión, el Islam. El Magreb (la inmensa región que incluye a Libia, Túnez, Argelia, Marruecos, Sahara Occidental y Mauritania) estaba habitada desde siempre por los Amazigh, llamados luego Bereberes (probablemente la palabra derive de “bárbaro”, como llamaban los griegos a los pueblos desconocidos y conquistados). 

Los bereberes tenían una lengua (hoy en uso), un hermoso alfabeto, tradiciones ancestrales, practicaban el animismo. Al ser conquistados por los árabes adoptaron muchas de sus costumbres y se convirtieron al Islam. Son musulmanes muy devotos pero al convivir con ellos y observarlos, una puede remontarse 1300 años atrás. O muchos más. 

En el entramado del telar quedan preciosas huellas.

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