La mujer de Hassan

Marianne se fue de su ciudad natal francesa con una amiga. Llevaban un bolso cada una, unos francos ahorrados, y como itinerario una idea muy vaga de adónde iban. Tenían dos tickets de avión para volar de París a New York y veintitrés años.

En New York durmieron durante meses en el living de un departamento diminuto de unos conocidos de conocidos en el East Village. Fueron a fiestas, aprendieron algo de inglés, probaron drogas, durmieron días enteros, salieron solo de noche, tuvieron sexo con desconocidos. De New York, en el auto de alguien que tenía auto, cruzaron a la Costa Oeste. No les quedaba ni un franco, así que en San Francisco trabajaron de camareras, de mucamas en un hotel alojamiento, tuvieron sexo a cambio de dinero con desconocidos.

La amiga de Marianne decidió quedarse en Los Ángeles, entonces Marianne siguió sola. Se había aburrido de Estados Unidos, quería algo nuevo, así que se dirigió hacia el sur haciendo dedo. Viajó en autos y camionetas, sobre todo en camiones. Nada le daba miedo y había decidido cruzar a México. En DF consiguió trabajo en un restaurante y durante un tiempo vivió con un mexicano. Con él aprendió a hablar bastante bien el castellano. Un día conoció a un marinero de Montenegro que le llenó la cabeza con historias de puertos, así que, como ayudante de cocina, se embarcó en un carguero que desde Veracruz iba a África.

Ya no sabía adónde iba, qué hacer con su alma.

El carguero atracó en Tánger y ella seguía viva. Pudo volver a hablar en francés, cambió lo que le habían pagado en el carguero por dirhams y se dio cuenta de que tenía bastante dinero. De Tánger fue a Fez, de Fez a Marrakech, de Marrakech a Essaouira. En Le Trou, el bar prohibido de la rue El Ayachi, escuchó hablar de la cordillera del Gran Atlas y del desierto. El desierto. El desierto. Una mañana Marianne tomó un bus con destino a Rissani. Le habían dicho que la ciudad estaba a pocos kilómetros de la frontera con Argelia, al borde del Sahara.

Llegó a Rissani con sus ojos verdes cansados, su pelo ondeado despeinado, sus pómulos enrojecidos de mujer que ha vivido apurada y sobrevivido a un sinfín de cosas. La luz diáfana la cegó. El aire caliente, seco, reverberaba contra los muros amarillentos sin ventanas. Se cruzó con mujeres saharaouis completamente cubiertas con sus saris y, por primera vez en los años desde que había salido de su ciudad natal, se intimidó. Se cubrió la cabeza con un pañuelo y preguntó por un hotel. Le dijeron que allí no había, que debería ir a Merzouga. Entonces entró en un bar donde sólo había hombres fumando y tomando té de menta, se sentó, pidió agua, y sin pensar en nada se puso a esperar.

Hassan le habló. Le preguntó si podía hacer algo por ella. Estaba vestido con una gandora blanca ribeteada en amarillo y llevaba un turbante azul. Ella le dijo que había venido a conocer el desierto, y antes de que él dijera algo más, se enamoró.

Se enamoró perdidamente de Hassan en ese bar de Rissani.

Él era un Tuareg de una aldea llamada Hassilabied, un caserío de adobe y piedras sin calles, construida alrededor de una mezquita humilde, sobre el desierto naranja.

Conocí a Marianne en la pequeña kasbah donde vivía junto a Hassan, en Hassilabied, la primera vez que fui a Marruecos. Alquilaban habitaciones, y en una de ellas me quedé. Ya hacía siete años que Marianne estaba allí. Había aprendido varias frases en bereber, y los viernes al mediodía, como es tradición en las familias musulmanas marroquíes, cocinaba Couscous Royale para ella y Hassan. Cuando salía de su casa se ponía una chilaba y se cubría la cabeza. Trabajaba mucho durante el día, y al atardecer, cuando el desierto naranja brilla como si tuviera partículas de oro, preparaba té de menta para ella, su marido Hassan y sus huéspedes.

Marianne me contó esta historia entre té y té, una tarde que se convirtió en noche y el cielo se llenó de estrellas.

(Marrakech, 2012)