Musas

Son cinco mujeres. Una lleva tres críos, otra cuatro patos, otra un costal de semillas, la más vieja un atado de machanes (las hojas con las que se hacen los tamales), la más joven una guagua en el regazo. Salidas de algún rancho perdido en el vacío inmenso de los Cuchumatanes, suben a la combi repleta en un cruce de caminos entre Nebaj y Cunen y se acomodan como pueden, alrededor mío. Sonríen porque siempre sonríen, no me hablan porque son de pocas palabras; no me hablan, tampoco, porque quizá hablan sólo quiché y muy poco castellano.
Las observo todo el tiempo. Se me van los ojos atrás de sus movimientos dóciles y de sus preciosos atuendos. Las miro en los mercados, en los chicken buses, trabajando al sol y a mano en las huertas, vendiendo sus habilidades en las calles, llevando flores a la iglesia, encendiendo una vela a un santo, cocinando tortillas y guisos sobre braseros. Con sus largas trenzas azabache siempre prolijas, sus manos de uñas cortas sin una mácula de tierra, sus huipiles como recién estrenados, sus cortes (polleras) sin una arruga, crían con la misma dedicación hijos, pollos y cerdos, y cuidan a un marido que aunque sacrificado y trabajador, se emborracha de tanto en tanto para ahogar las penas. Pequeñitas, con su andar de pasos cortos y silenciosos van y vienen por los campos ondulados y las calles empedradas y me pregunto si alguna vez descansarán. Sin agua corriente en sus casas y sin embargo la ropa limpia, el fuego siempre encendido, sin dinero y sin embargo siempre un plato de comida. Pisos de tierra apisonada, sandalias aunque haga frío, niños que deben ir a la escuela, el sueño atrasado, madres de sus hijos y de los hijos de sus hijos, de sus padres y hasta de sus maridos. Mujeres. Hacedoras de vida, sostienen el mundo, lo reinventan cuando ha perdido la poesía y cuando parece que se detiene, con su perseverancia y sabiduría lo vuelven a hacer girar.

Chichicastenango, al encuentro de la Guatemala profunda

Hacía frío y chorreaba una llovizna finita. No había viento, sin embargo las nubes corrían apuradas y cada tanto y por un rato desnudaban un pedacito de cielo. Entonces el sol se reflejaba en los charcos, en las paredes mojadas, en las cintas de colores de los tocados de las mujeres quichés.
Chichicastenango está metido en un hueco entre cerros verdes. Es grande, pero de tan apretado parece pequeño. Entre calles adoquinadas y muros blancos la gente se arracima en un enorme mercado. Los domingos y jueves llegan de los alrededores campesinos a surtirse de lo que necesitan y a vender sus productos, gente de otros pueblos y muchos viajeros, pero lo cierto es que Chichi tiene alma de mercado todos los días de la semana.

Antigua y sus comodidades turísticas quedaron atrás, lo supe ni bien entré en la posada donde había reservado: mi habitación estaba helada y olía a humedad. Bienvenida al verdadero viaje, me dije, y salí a caminar las calles con guantes y gorro de lana. De Chichi se podría decir que es sucia y pobre, que es un enorme comedero, que huele a sopa y cilantro, a carne y pollo fritos, que el aire está continuamente enturbiado por las cenizas del palo santo que se quema en la plaza, que los perros famélicos hurgan las bolsas de basura, que jamás en mi vida vi viejos tan viejos, que los niños andan desgreñados y tienen los piececitos pegoteados de barro. Todo esto es cierto y sin embargo falso. Nada es sólo lo que se ve, si no más bien lo que se siente.

Nuevamente me siento en los escalones de la iglesia a pesar de que decidí irme porque el humo del palo santo me hace arder los ojos y tengo frío. Basta ya, me digo, sin embargo me quedo y me entrego hipnotizada a lo que veo. La plaza y la blanca iglesia de Santo Tomás adornadas con banderitas de colores porque llega la Navidad, los fogones de los comedores populares donde espuman grandes cacerolas de latón turquesa, las mujeres con precioso atuendo quiché haciendo tortillas alrededor de los braseros, las vendedoras de flores ocupando la escalinata de la iglesia, los innumerables puestos de ponchos y huipiles, los pasadizos oscuros donde se venden parvas de maní, habas, trigo, maíz, chiles, frijoles, pasas y frutos secos.

Me voy y vuelvo, todo el día ando perdida en un radio de tres o cuatro cuadras. Me alejo un poco, llego hasta el cementerio con lápidas pintadas de colores estridentes y a la vuelta paso por una esquina donde huele a gallinero. Varias mujeres –cada una con una gallina, un pollo joven, o un gallo amarrado de las patas o dentro de un canasto- esperan a que un comprador se fije en sus bien alimentados tesoros.  Nuevamente en la plaza me siento en un comedor y tomo un caldo de verduras con hueso de res. Las mujeres mayas uniformadas con telas bordadas color añil, sólo permitiéndose diferenciarse una de la otra por su calzado, los hombres con sombreros de ala ancha, camisa rayada, pantalones de colores y anchas fajas sentados a mi alrededor. Seño yo speak english, Seño cómpreme, Seño de qué país es, Seño así que le gusta Chichi, Seño cómo es que usted parece gringa si no lo es… 

Chichi se prepara para Navidad pero además, desde hace tres días y hasta mañana conmemora sus fiestas patronales. El dueño de la posada me ve regresar y aunque le digo que tengo frío y estoy muy cansada me manda nuevamente a la plaza. Seño se perderá los bailes, la misa, los cohetes. Así que me abrigo más y me vuelvo a ir. En una esquina baila al son de una marimba un grupo de enmascarados. Están emplumados imitando al quetzal, sin embargo llevan máscaras de cortesanos, con bucles y rizados bigotes empolvados. Las luces de la plaza ya se han encendido, aunque el ritmo continúa febril como si fuera de día. En la escalinata de la iglesia conviven las floristas con familias, borrachos y mendigos. Un par de humildes indígenas balancean sahumerios de palo santo arrodillados frente a la puerta. Dentro resuena la música. Por un segundo dudo: aunque la letra es religiosa el ritmo es de un chachachá. Así es, la iglesia es una fiesta. Globos de colores cuelgan en racimos del techo, los santos están vestidos con sus mejores ropajes, una gran orquesta hace sonar marimbas y trompetas. Los fieles, vestidos con esmero, han rebalsado los bancos y hay sillas de plástico azul por todos lados. Por momentos la música cesa, se hace silencio, el cura habla y la gente aplaude. Después nuevamente el chachachá, con letra que habla de amor y esperanza, resuena en Chichicastenango.