Un día más

Me gustaba todo en Kochi, las viejas redes chinas subiendo y bajando sin cesar, los baldes llenos de peces y langostas, la piel lustrosa de los pescadores, los saris leves de las mujeres, los cantos gregorianos que se escapaban de las iglesias, el aroma a coco y cardamomo, el olor de la tierra dulce fundiéndose con el olor del mar. Me gustaba todo en Kochi, las madrugadas, las mañanas y las siestas. Pero no había nada como cuando caía la tarde y las viejas redes chinas descansaban. Entonces caminaba por la orilla hasta que el mar se ponía oscuro e infinito y el viento dejaba de soplar. Otra noche en Kochi, pensaba, creo que me quedaré un día más.

Entre tantas cosas, una historia de amor

Ensimismada, atrapada por sensaciones sobre las que quería escribir y no podía, desde Alleppey, a través de un mar de palmeras, cafetales y bananeros, viajé en un sleeper train a Varkala. Apenas iluminados por débiles luces de neón, los compartimentos tenían las ventanas empañadas y estaban repletos de pasajeros que venían de Mumbai. Llevaban en el tren más de 30 horas, sin embargo se movían al compás del suave traqueteo con total parsimonia, sin demostrar cansancio. Después el cielo se puso violeta y diluvió aunque el monzón ya terminó, después –siempre mi ropa, mi piel y mi pelo húmedos-, caminé bajo el sol otra vez ardiente y velado por la bruma a lo largo de los impresionantes acantilados de Varkala. Pero nada de eso me conmovió, porque yo sólo pensaba en cómo escribir sobre el amor en la lentitud de los trópicos.

Iba perdida, iba a deriva.

Siempre bordeando el mar Arábigo hacia el sur llegué a Trivandrum, la capital de Kerala. El tuc-tuc que me llevaba dio muchas vueltas hasta encontrar “Varikatt”, la guest house donde había reservado. Rodeada por un jardín antiguo lleno de flores, aunque extrañamente enclaustrada entre altos edificios modernos, la vieja casa tenía un aura de lejanía y misterio, como si perteneciera a otro mundo. Al otro lado del portón me esperaba Mr Roy, un coronel retirado que guerreó en la frontera entre Kashmir y Pakistán y fue herido en Bangladesh. Siempre secundado por su fiel asistente Anil, ex soldado nacido en Haryana, me mostró mi habitación y los salones de la casa, intactos a pesar de sus 150 años. Cuando le dije que Varikatt era una joya, Mr Roy me invitó con una taza de té y comenzó a contarme una historia de amor.

El tiempo súbitamente detenido en la galería sombreada por esteras, los ventiladores arrullando la mañana, los cuervos, el ruido de la calle más allá del portón de madera. Y la voz melodiosa de Mr Roy, su inglés perfecto y ese encanto innato, irresistible, de los buenos cuentacuentos: “La historia de Varikatt comienza en 1850 en Inglaterra, cuando Miss Bluncket escucha en el Yorkshire Club los relatos de Mr Brown, un tea planter recién llegado de India. Aunque no tiene la oportunidad de cruzar con él ni una sola palabra, Miss Bluncket se enamora perdidamente, así que cuando se entera de que Mr Brown ha emprendido el regreso a su plantación de té en las colinas de Kerala, decide seguirlo. Entonces compra un pasaje en un barco a vapor cuyo destino final era Kochi y desde allí continúa por tierra hacia los trópicos. Su viaje demora seis meses. Era su primera vez fuera de Inglaterra, y así como se había enamorado del tea planter, se enamora perdidamente de India. Miss Bluncket construyó Varikatt, donde durante años recibió frecuentes visitas de Mr Brown, y vivió aquí hasta su muerte”. 

La historia de Miss Bluncket se encadenó con otras historias. Las noches heladas pasadas en un hoyo cavado en la nieve en la frontera de Ladakh y China, la terrible avanzada de los pakistaníes sobre Kargil, las huellas de gran un tigre en las selvas de Bengal. Sentada en una vieja silla de ratán, mis codos apoyados sobre la mesa de la galería, yo escuchaba a Mr Roy embelesada, sabiendo al fin que mi deambular de viajera me había llevado al lugar correcto, que a veces el viaje no es un paisaje, ni una ciudad, o un pueblo. A veces el viaje es una persona.

En Kochi

Los cuervos me despiertan a la mañana; los cuervos, el aroma a café y una tenue brisa que viene del mar. Duermo como una niña en el bungalow de Mr Walton. Mi cuarto parece el camarote antiguo de un barco que desde hace un siglo surca mares, será porque tiene las paredes y el piso de anchos listones de madera muy gastados, como si los hubiera percudido la sal. Cuando a la noche comienzo a dormirme, cansada por el calor húmedo del día y mecida por el silencio y el run-run de las aspas del ventilador, ya sé que voy a soñar hasta que me despierten los cuervos, ya sé que hasta que no escuche sus graznidos estaré viajando por tierras aún más lejanas de las que estoy.

Kochi está sobre el Mar Arábigo, en el estado de Kerala, en el extremo sudeste de India. Como el resto de los estados del sur de India, Kerala parece otra India, muy diferente a la que yo conozco. Aquí no se habla hindi sino malayalam; el cristianismo sirio – ortodoxo está tan o más presente que el hinduismo y el islam, y el aire no huele a curry, cosa curiosa, sino a vainilla y cardamomo verde, a pimienta negra y canela, a coco, jengibre y clavo de olor. Kochi es pequeñito y dueño de una fabulosa historia colonialista. Durante siglos, mercaderes chinos, judíos, holandeses, portugueses e ingleses dejaron huellas en la arquitectura y en las costumbres de la gente. Sombreadas por enormes palmeras y árboles de tamaño extraordinario, las calles son angostas y tranquilas. Las casas tienen tejas portuguesas y están pintadas de colores estridentes. Hay iglesias por doquier -Santa Cruz, St. Francis, St. Xavier-, palacios de estilo holandés, grandes mansiones inglesas, y antiguos cementerios de distintos credos mirando al mar. Unas enormes redes chinas, que se bajan y se levantan manualmente mediante un sistema antiquísimo de poleas, todavía son usadas por los pescadores al amanecer y al atardecer. Los hombres –incluso los sacerdotes cristianos- usan longhis que aquí se llaman mundus; las mujeres, aunque vayan a la iglesia, usan saris con el vientre al descubierto.

India que no es India pero es tan India, India que era tan mía y ahora se me agranda corriéndome las fronteras…

Sueño toda la noche hasta que graznan los cuervos. Durante el día siento. Todo lo que veo, todo lo que escucho, todo lo que saboreo, todo lo que huelo, aunque esté por enésima vez en India todo es nuevo.