Té en el Sahara

Hace unos años estuve en el desierto de Ouzina, a pocos kilómetros de la frontera entre Marruecos y Argelia, trabajando con un grupo de documentalistas sobre el nomadismo en el norte de Africa. Aunque acostumbrada a la soledad y al silencio del Sahara, el lugar me impactó.

Llegamos en 4×4 por el medio de la nada; el conductor Tuareg me dijo que se guiaba entre las dunas por el sol, pero yo creo que seguía a su instinto. Ouzina es una aldea diminuta construida a la vera de un palmerie, u oasis. Tiene una vieja Kasbah y apenas más allá todo es arena. Ahí hicimos campamento. Y nos fuimos a visitar a una familia de nómades, que a una hora de Ouzina, en pleno desierto, vivía desde hacía unas semanas. Partirían tal vez en unos días, nos dijeron, tal vez en un mes, tal vez nadie lo sabía. En la jaima nos recibió el jefe de la familia. Estaba solo, nunca supimos dónde estaban sus hijos, tampoco su esposa. Quizá buscando agua de un pozo, quizá dónde, si alrededor sólo había arena dorada. El hombre nos saludó con un Salam Aleikum, respondimos Aleikum Salam, intercambió unas pocas palabras con nuestro intérprete, y nunca más habló. Se acuclilló sobre la arena, hizo un fueguito, sacó hierbas secas y un trozo de azúcar de unos frascos de lata y preparó té en una teterita bereber color azul. Todo lo hizo con lentitud. Y su mirada iba del té al desierto, del té al cielo, del té al aire, que estaba quieto.

Cuando el té estuvo listo nos lo ofreció en vasitos de vidrio. El té era amargo y dulce, perfumado y seco, era un té mágico que nunca olvidaré. Tampoco olvidaré la sensualidad del momento aunque no pasaba nada, éramos el silencio, las dunas, el sol, el cielo y el sabor del té.